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El miércoles santo el molino se abría hasta las 11 de la noche. Era un día extraño porque me dejaban fuera de la cama hasta que me aburría de oír el ruido del molino y las historias de las señoras que venían a moler su maíz para los tamalitos de manteca porque esos días santos no se torteaba.

-Si se tortea es como aplaudir y el viernes santo no hay que apludir- recuerdo que me dijo una señora envuelta en una enagua tan grande que parecía un rancho; iba descalza, la señorona.

Casi todas tortilleras iban descalzas en ese tiempo cuando el motor se apagaba el miércoles a las 23 horas y no volvía a rugir sino hasta el lunes de pascua.

El jueves santo la familia se dedicaba a preparar los tamalitos, el curtido y, como delincuentes escondidos, un gallo en chicha para el viernes santo, Es pecado comer carne, pero el pescado salado es muy caro, me explicó mi papá para consolarme porque me puse a llorar cuando ahorcó al gallo que me miraba dar la vueltas al patio con mi triciclo.

Y llegó viernes santo. El gallo ya no cantó. Mi mamá dijo que la sentencia ya se oía y que iba a pasar por la esquina de la casa y que me apurara porque los judios iban rápido y que no íbamos a ver los caballos y que viernes santo no se corre porque es como ir persiguiendo a Jesús, tampoco se tiran piedras, ni se escupe, ni se grita, ni se pega, ni se regaña;

-Entonces apurate, pues!

Y cuando llegamos a la esquina ya la sentencia había pasado.

Autor: Jorge Guerra

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