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LA PRÓXIMA SEMANA

(1997-2002)

 

Cada semana trascendía esa alegría, esa casi interminable alegría de los aplausos, entregándose en aquel sitio que a veces me parecía lejano [cuando la algarabía era para mí algo que debería tener su hogar en el pasado], en el lejano pasado. Imagínate, como los muertos, o algo así. Pero inevitablemente todo revivía cada semana por el transcurso de la noche, el viernes, el sábado, incluso hasta el domingo. En fin, para que después todo ese fandango exagerado de la fiesta se volviera una tumba que había sido colocada por las mismas personas que en ella se había extasiado de placer hilarante. Ahora comienzo a sentir verdadera admiración por todas esas cosas de la naturaleza, que viven en ella, que son parte de ella, que son ella misma, y que se contraponen y como una sin la otra, no son lo que son.

De pronto se abrió la puerta de entrada, las personas salían casi atropellando a las demás personas que iban delante de ellos. Todos salían con la misma expresión en el rostro, como si salieran de una máquina innovadora inventada para hacer que la diversidad de todas aquellas figuras humanas se parecieran en la medida de lo posible. A veces salían con gestos de alegría, de satisfacción, incluso muy complacidos. En otras ocasiones en cambio, salían con el rostro perdido por el suelo, buscando algo, o quién sabe qué en realidad. Tal vez buscaban una lágrima que habrían perdido al entrar y ahora necesitaban con urgencia para no perder ese remoto equilibrio que tenía sus vidas.

Apareció una pareja, casi separados, sus expresiones y su caricia mientras seguían tomados de la mano, no parecía que fuera un gesto de mutua pertenencia, sino de encadenamiento involuntario por ambos lados, pero que parecía casi sin solución. Se movían desorientadamente hacia el corredor, no tenían la apariencia de que les hubiera gustado la función, más bien era una expresión de estar totalmente vulnerables a lo que después del regreso a sus vidas podrías esperarles al despertarse frente a frente, sin más tiempo para dejar pasar toda su vida por sus ojos.

 

Todo eso para mí no era en realidad muy importante. La próxima semana vendrían de nuevo, tal vez no hayan solucionado nada para entonces, pero vendrían igual, y quizá en esta ocasión salgan derramando carcajadas, que hoy dejaron en otro lugar, o ya las malgastaron. La gente seguía pasando. Siempre que la gente salía de la función, por la costumbre de mirarlas salir, había acostumbrado a mis sentidos a verlos casi infinitamente. Y aún después de que hay había sido el último de ellos, mis mojos jugaban haciéndome creer que esa fila nunca terminaba, espejismo hasta que mi compañero me tocaba el hombro.

Pasaban y pasaban. En ocasiones me tomo a mano limpia un cigarrillo antes de que todas las personas salgan de la función, cinco o diez minutos antes del final de la función, pero todo depende del día y del humor de los actores, después de la tercer representación del día, se ponen bien quisquillosos.

Como no era permitido fumar en los pasillos del teatro, me metía en el camerino de algún actor, y ahí, mientras pretendía, poseer mi trasero el sello de un apellido reconocido en el mundo del teatro, y pretenciosamente me digería el cigarrillo, sentado en silencio. Encendía los focos que acostumbraban iluminar todo el perímetro del espejo, frente al cual se maquillaban los actores antes de la función. Apagué la luz de la habitación y dejé solo la del espejo, y el humo que salía del cigarrillo contrastaba reflejado en el espejo y por la luz parecía una estela esmerilada y delicada, aunque la luz era escasa porque algunos de los bombillos del espejo se habían quemado. Y así el humo parecía arrebatar sombras de una inestable penumbra sobre mi rostro y mis labios. Por momentos me parecía algo tétrico verme en ese espejo, pero no creía que esto fuera tan real. Esa imagen me parecía sólo una ilusión temporal. Igual a las que corrían en las noches por mis sueños.

Y no pasaron más de cinco minutos en lo que fumé el cigarrillo, sin entender el asunto vi como un actor entraba en el camerino.

-¿Qué haces aquí? –Pregunta, tenía el aspecto demacrado como los muertos antes de embalsamarse-.

– Nada –Fue lo que respondí. Mientras machucaba la colilla del cigarrillo que había dejado caer un segundo antes de que el actor entrara. Restregaba con la suela del zapato el sitio donde había caído la colilla, el actor, se quedó mirándome con un semblante peor que el de un sargento enojado y me recriminó “tú no tienes derecho de estar aquí, que yo sepa tú no eres parte del reparto, así que te largas en este momento, antes de que me queje y les diga que me estabas robando”.

-Yo… ¿robándole? –Le dije con más asombro, del que me había causado su aspecto cuando me iba a sorprender fumando-.

-Claro que sí, ¿qué te crees? Que voy a permitir que estés aquí, dejándote entrar a donde se te antoje, o te dé la gana. A todos les debes respeto, porque sabes que si le doy la noticia de lo que pasó al dueño, te despiden de inmediato.

No le contesté. Le di un último restregón con la suela del zapato a la colilla, y apagué la luz del espejito-espejito. El actor estaba de pie justo en el umbral de la puerta, por lo que me era casi imposible pasar sin encontrarme de nuevo con su mirada frente a frente [ojos negros que parecían llorar sangre], cuando estuve frente a él, levanté la mirada y vi esa leve sonrisita en sus labios demostrándome su desprecio, y que bien habría merecido un puñetazo.

-Con su permiso… agregué, para no complicar más el asunto. Se hizo a un lado de la puerta y me permitió pasar, no sin antes decirme justo cuando pasaba a su frente, en el oído derecho “te conviene que me hagás caso…”-. Volteé mi rostro había el corredor y seguí caminando indiferente a las palabras que había dicho. Miré mi reloj, eran ya las nueve con cuarenta y cinco minutos, era justo el momento cuando la función llegaba a su fin. El susto que me dio el actor, según supe, fue porque el tercer acto se adelantó unos minutos por cuestiones que según creían algunos de mis amigos, eran por compromisos de los actores con otros espectáculos, aunque en realidad tenía que ver con un anónimo, de esos que llegaron desde el estreno de la obra.

Cuando llegué al vestíbulo, casi ya todas las personas habían salido de la sala y sólo unos cuantos cuchicheaban alguna broma acerca de la obra, cerca de la entrada. No parecían ni muy bien ni muy mal, seguramente la representación estuvo regular. Hace tiempo que no hacen algo decente en el teatro.

-Muy buenas noches caballero. –Me dijo un hombre vestido elegantemente, al pasar frente a mí rumbo a la salida al parqueo-.

-Muy buenas noches, que le vaya bien- -Le respondí, pero al parecer, más que por cortesía, me lo había dicho por costumbre suya; porque noté que a los demás les hablaba de igual manera, y con el mismo don de elegancia, pero no esperaba a que la respuesta del saludo llegara a sus oídos, seguía su camino casi indiferente como si no hubiese saludado a nadie, o quizá…

No sentí mayor preocupación por el asunto de ese señor que saludaba de forma rara, la verdad estaba más extraviado por el problema con el actor, para quien el respeto que yo podía sentir por las personas, según él no existía. Pero mientras lo sucedido se repetía continuamente en forma instantánea por mi cabeza, mira que acusarme de robarle…, de robarle ¿qué? Porquerías de cosas que tienen. ¿Qué de bueno pueden tener ahí? Nada. Y mientras continuaba mi pensamiento entrelazando la palabra “robar” con las que primero se cruzaban, no me daba cuenta de que ya casi todas las personas se habían marchado, y mientras seguía inconsciente casi besando la pared mientras permanecía en los devaneos de mi cabeza, hechizado; todo un alelado, me dijo un amigo después de verme en ese instante. Todos mis compañeros y amigos realizaron la limpieza de la sala y recogieron cuanta cosa se podía haber caído a las personas que hoy asistieron a la función. Mis amigos, condescendientes conmigo, no me perturbaron en ese instante, y me llamaron la atención hasta que ellos ya habían terminado con la limpieza. Al darme cuenta de eso, no tuve otro remedio que seguir mi camino a nuestra “oficina”. La “oficina” en realidad era el cuarto del fondo del pasillo donde mientras era una bodega de utilería y otras cosas, también servía para que nosotros, es decir, mis amigos y yo, nos sirviera de vestidor. Y casualmente nuestra oficina estaba a cinco metros del camerino que usaba el actorcito. Lo malo de esta noche apenas comenzaba porque justamente cuando me quitaba el uniforme, para ponerme mi ropa de diario, uno de mis amigos me reclamó la razón por la que no había hecho la limpieza de la sala junto a ellos. Y cabal cuando tenía los pantalones a medio camino, instantes después de que mi amigo había terminado su reclamo, entró sin avisar el actorcito, y al notar a mi amigo con el calzoncillo al viento, disimuló muy bien como en el momento de hallarme casi in fraganti en su camerino. Mi amigo no sabía cómo salir del bochorno en el que se sentía encerrado, sin alcanzar a subirse el pantalón porque sufría un temporal congelamiento de los mecanismos de defensa ante el ridículo, porque era algo muy singular ver a un actor entrando en nuestra oficina, que sinceramente carecía de mucho espacio.

-¿Qué desea? –Le pregunté al actor, apresurando la vergüenza que se iba acumulando sobre los pómulos de la cara de mi amigo. El actor tardó un poco en reconocerme lejos del alcance del pálido bombillo que nos iluminaba todas las noches.

-Ah, ahí está, podría hablar con usted, afuera en el pasillo… -Dijo el actor sin detenerse a esperar a que le respondiera, y concluyendo así el lapsus de congelamiento que sufría mi amigo.

Pero antes de salir, me cambié muy lentamente de ropa, obligando al actor a esperar lo suficiente como para desesperarlo. Y antes de que yo saliera, salió mi amigo, no sin dejar de recordarme de que en la próxima función yo me encargaría de hacer la limpieza sin la ayuda de ellos. Nada asombrado de la orden porque era una orden y no una oferta, la acepté casi indulgente. Y seguramente mientras yo estuviera limpiando la sala, ellos estarían aquí en la oficina tomándose unas cervezas.

Mis dos amigos frente al actorcito, dando las respetuosas buenas noches y no sin antes esperar la respuesta, porque ellos son de los que creen todavía de que lo que das, debes recibir. Cuando el actor respondió su saludo y despedida al mismo tiempo, siguieran cada uno su camino al descanso. Al salir de la oficina cerré con llave, y la guardé en mi bolsillo, mientras el actor me observaba impávido de la espera.

-Mire, solo quiero decir que no era mi intención ofenderle, pero sólo puedo reconocer que usted no estaba robando nada, es que en la presentación un conocido mío armó un escándalo que me puso los nervios de punta. Y ya ve, cancelamos la función, no se devolvieron los boletos porque casi estábamos al final, y no sé al verlo a usted en el camerino. Ya lo vio usted. –Dijo secamente. Sin perder la expresión de seriedad de su rostro, casi forzando la mirada hasta un punto de furia estable-. Pero quiero aclararle, que tampoco es de lo más correcto que usted entre en los camerinos. Porque pueden pasar muchas cosas y usted menos que nadie debe estar en algún entredicho en estos momentos. Así que muy buenas noches y con su permiso.-El actor caminó rápidamente hasta su camerino para terminar de quitarse el maquillaje-.

Ni siquiera me dio tiempo para responderle nada más que “buenas noches”.

No me preocupó averiguar si me había escuchado responderle, y seguí por el pasillo hacia la salida del teatro, me despedí de quienes esperaban en el vestíbulo, algunos de ellos, actores, tomando nota de lo que había sucedido y aclarando sus molestias, además del ayudante de la tienda y el boletero, y por último, como centro de la reunión informal, el director de la obra, también actor Morien. Cuando me dijo que iba de salida, me detuvo con una señal de su mano para que regresara a donde tenían su reunión. Me acerqué a donde él se encontraba y sólo lo había hecho para aclararme que me necesitaba temprano el día de mañana. Porque quería que le ayudara a corregir ciertas cosas en el decorado del escenario, que casi estaban por caerse. Afirmé a su solicitud con rapidez, “estaré temprano, no se preocupe…”, incluso una hora y media antes de la hora acordada, y me despedí.

Al cruzar la puerta del teatro, hacia la calle, escuché el silbido débil que me anunciaba el clima frío y borrascoso de la noche. En ese preciso instante sentí dentro una duda, una duda incomprensible, sin causa verdadera, sin relación alguna con algo que fuera realmente importante para mí, ¿porqué aquel actor está en este teatro? No me parecía alguien nuevo. ¿No es muy conocido? Su nombre, ni siquiera había sido mencionado por el director como alguien de verse bien, además, ¿cuál era el nombre de ese actor? Pensé regresar con el director a preguntarle, seguramente todavía no se había ido, y aún me encontraba parado en la calle frente a la puerta del teatro. Pero preferí evitar complicaciones, no fuera que el director le mencionase mis dudas al actor, y éste ofendido por mi supuesta ignorancia de su trayectoria y fama en el “medio”, le contase lo sucedido en el camerino. Era mejor no volver a ese camerino cuando sintiera ganas de fumar, la oficina será lo mejor para seguir mis inevitables costumbres.

Inicié a dar los pasos que lentamente dejaban de un lado esa rotonda donde la historia se había consagrado como un monumento, y metros más adelante, aquella iglesia tricentenaria donde la magnitud de Dios es toda una realidad arquitectónica. Esta iglesia por las noches me parecía un castillo en miniatura donde vivía una princesa virgen, casi inimaginable, que vagaba por la pequeña capilla de oración donde todos sus pensamientos se transformaban en imágenes de una luz transparente, que acariciaban lentamente todas las formas de la madera tallada, el retablo y los santos casi desconocidos de esa eternidad. Imágenes que en la oscuridad de la capilla subían hasta el cielo, descansaban en la cúpula principal y después descendían sobre el cristo crucificado que permanecía protegido por el fuego, la luz aceite de los enormes cirios. Todas las noches que pasaba frente a la iglesia, siempre me detenía por unos segundos para admirarla, y siempre me provocó la misma impresión, la ocridad de ese color tulipán en su fachada, me hacía sentir bien, por las noches ver esa iglesia era algo maravilloso, único. Pero cuando Franco, el nuevo actor, pasó a mi lado con su auto, sonando la bocina, me desconcentró y me dieron ganas de maldecirlo. No sólo la función se había arruinado por que precisamente un su amigo armó un escándalo durante el tercer acto, sino que después me llega con la queja de que Arnaldo se anda metiendo en su camerino, ni que fuera eso cosa del otro mundo, como si no supiera que el otro tiene que limpiarle todas sus suciedades a diario. Como no podía dejar pasar de largo esta situación, le ofrecí que hablaría con Arnaldo sobre el asunto, pero no lo haré, porque aquel tiene mucho tiempo trabajando con nosotros, y este Franco apenas va a cumplir un mes de acompañarnos en escena. Aún no conoce cómo funcionan las cosas. Arnaldo no es mal tipo, es bastante inteligente, por eso me ayuda con el decorado, porque es creativo, y lo que me resulta más grandioso de este asunto es de que Arnaldo ni papas de estudios sobre lo que es este rollo del teatro, todo se lo aprende de ver cómo se hace, y no sólo lo hace bien, sino que lo mejora, lo que es peor para los demás porque los hace, corrijo, nos hace quedar en ridículo. Pero es bueno eso de vez en cuando, para que no se le suban los humos a nadie. Porque siempre les digo que somos un equipo y que sino actuamos como equipo vamos a arruinar todo el trabajo por nada. Y arruinarlo en teatro es la desgracia asegurada. Pero siempre hay alguno que se sube al animal y ni siquiera se quiere bajar para darle de comer y eso tampoco es así, porque el único que puede hacer eso soy yo, porque soy el director, pero ni siquiera yo lo hago. En fin, estaba tan bien admirando la iglesia que no sé porqué razón comencé a pensar en la rutina del teatro, sería porque no puede uno sacarse el trabajo de la cabeza así como así. Seguramente es por eso, porque el teatro me gusta, pero no soy tan tan capaz de ahogarme por éste. De alguna forma siempre hacía algo que se pudiera vender para no sufrir demasiadas pérdidas como las que tenían otros directores montando obras de esas que la gente mira sólo una ocasión al año para no sentirse muy agobiadas, por esa extraña catarsis de su conciencia real en el mundo. Arnaldo no entiende muy bien estos asuntos, igual cuando se los intento explicar, el trata de hacerse el que comprende, al final siempre me dice que esos temas y el de los números no fueron hechos para él, lo suyo es la decoración, la dimensión de las formas en el espacio, bueno, no lo decía precisamente con esas palabras, pero se daba a entender, que al final de cuentas era lo más importante. Para mí lo mejor de cada día era este momento, cuando nadie interrumpía la contemplación nocturna de aquel espacio de centenaria soledad.

 

UTRILLO (Mauricio Estanislao López Castellanos)

cinetopia@hotmail.com

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