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Foto: Patricia Goudvis
Por: Manolo Vela Castañeda
manolo.vela@ibero.mx

Sindicalistas contra el terror, empieza con la pesadilla de Marco Tulio Loza, conductor de un camión repartidor de la Coca Cola: “Voy manejando por la ciudad y en cada esquina el diablo me está esperando. Tiene cuernos y su cuerpo es nudoso y ensangrentado, y en cada esquina acelero y sigo, pero siempre está en la siguiente esquina, esperando. Por último, decido parar y enfrentármele. Entonces me despierto.” (xv) Aquel era mayo y junio de 1980.

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Sindicalistas contra el terror retrata con maestría uno de esos momentos estelares en la larga historia de la resistencia en Guatemala: la lucha de los trabajadores de Coca Cola y su organización, el STECSA, el Sindicato de Trabajadores de Embotelladora Central S. A.

El libro de Deborah Levenson es un estudio completo que nos muestra los complejos procesos en los cuales se construye la conciencia de clase, cómo los hombres viven su masculinidad, las relaciones interétnicas, y las luchas de las mujeres en las organizaciones sindicales; es un libro que nos presenta la Ciudad de Guatemala, la industrialización, las migraciones del campo a la ciudad, los cambios en la teología católica, y las coyunturas políticas, a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte.

Es una investigación que entreteje documentos de archivo con las voces de los protagonistas. Levenson hace perfiles de hombres ordinarios que fueron parte de una gesta extraordinaria: “En 1969 Marco Tulio Loza, que entonces tenía ocho años, empezó a ayudar a su padre a fabricar ladrillos en su patio de la zona 7. Luego que su padre se fuera con otra mujer, Loza se hizo aprendiz de un tío zapatero, a fin de darle dinero a su madre, que lavaba ropa para complementar lo que él ganaba. Luego de dejar a su tío tras una disputa sobre su paga, Loza empezó a fabricar marimbitas de madera que vendía a los turistas en la Terminal de Buses. Esto le representaba tan poca ganancia que trató de migrar a Estados Unidos para contribuir mejor a la economía familiar, pero fue capturado y encarcelado en Oaxaca. Tras su regreso, otro tío le encontró trabajo en Coca Cola, que le dio un ingreso constante a su madre y sus seis hermanos”. (75)

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La escena, captada en la fotografía de Patricia Goudvis, sintetiza uno de los grandes triunfos de los trabajadores de América Latina.

Tomada el 2 de marzo de 1985, la fotografía capta el instante en que, para celebrar su victoria, los trabajadores se suben a la terraza de una de las salas de embotellado. El azul del cielo sirve de fondo para el primer plano, donde se hallan los trabajadores que, jubilosos, con el puño izquierdo en alto, cantan el himno del sindicato. En la parte izquierda, un tanque, con el rótulo “Disfrute Coca Cola”, nos recuerda el lugar.

Días antes, representantes de los trabajadores y de los dueños, celebraron el acuerdo para la reapertura de la planta. Así concluyó una lucha de más de un año, en que los trabajadores, ante el cierre de la planta por parte de la patronal, decidieron –para proteger sus derechos– tomarla.

El caso gana luminosidad cuando tomamos conciencia que, en 1984, la Ciudad de Guatemala se parecía mucho a un cementerio. La serie de gobiernos militares pensaban que ya todo se había acabado, que ya nadie se atrevería a protestar. Y en eso, que se aparecen estos trabajadores. No fueron suficientes las ejecuciones de tres secretarios generales del sindicato, Pedro Quevedo, Manuel López Balam, y Marlon Mendizábal; y de varios otros integrantes, Ricardo García Ayfán, Arnulfo Gómez Segura, René Reyes, Ismael Vásquez y Florentino Gómez.

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Este domingo, en el Congreso de LASA, la Asociación de Estudios Latinoamericanos, tendrá lugar una sesión que está dedicada a celebrar los 25 años de esta gran obra. Allí participarán: Clara Arenas, directora del Instituto AVANCSO; Greg Grandin, profesor de la Universidad de Nueva York; Juan Carlos Mazariegos, guatemalteco y doctor en antropología por la Universidad de Columbia; Bárbara Weinstein, también profesora en la Universidad de Nueva York; y la autora, Deborah Levenson.

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Regresando al sueño de Marco Tulio: ahora, en 2019, todo parece apuntar a que el diablo sigue aquí, con nosotros. Como si al levantarse, a Marco Tulio se le apareciera, allí mismo, en medio de su cuarto, de pie, y con una taza de café humeante en la mano derecha, diciéndole: –¿qué pasó? ¿pensaste que era un sueño?

Una de las grandes lecciones que Sindicalistas contra el terror nos deja, es la capacidad de los de abajo para resistir, y, juntos, lanzarse a hacer cosas. Cuando ello ocurre, a los poderosos no les queda más que replegarse. Deborah Levenson, al retratar la lucha de estos, que, teniendo todo en contra, se lanzaron a hacer algo, nos recuerda que sí se puede, que siempre queda un pequeño espacio, una rendija, para la esperanza de que las cosas pueden cambiar. Y eso es algo que, en Guatemala, necesitamos tanto en estos tiempos tan desalentadores.

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Sindicalistas contra el terror está a la venta en librería Casa del Libro, interior de la Casa de Cervantes, ubicada en la 5a. calle 5-18, zona 1.

El caso gana luminosidad cuando tomamos conciencia que, en 1984, la Ciudad de Guatemala se parecía mucho a un cementerio. La serie de gobiernos militares pensaban que ya todo se había acabado, que ya nadie se atrevería a protestar.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Manolo E. Vela Castañeda
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