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Sobre religión, leyes y animales rastreros.

El temible moralista satírico irlandés Jonathan Swift, decía que “Tenemos bastante religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos”. Rotunda sentencia que se puede espetar a todas las buenas conciencias y biempensantes del mundo, sobre todo cuando santifican su credo como verdadero y satanizan el del vecino como falso, dándole gracias a su dios por haberlos escogido a ellos para la salvación eterna y a sus enemigos para la perpetua condenación.

Esta es la lógica de los dioses sectarios, esos que han creado –a su imagen y semejanza– pueblos escogidos (por originarios o por cualquier otro atributo) y destinos manifiestos para sus criaturas preferidas, las cuales –por lo general– pertenecen a una raza, etnia o geografía específica que se postula como buena en razón de la maldad de sus contrapartes inmediatas. Y es también la lógica de los caritativos y los benefactores, en especial de aquellos cuya filantropía es deducible de impuestos, es decir, de los fariseos de todas las denominaciones cristianas.

Por lo general, la beneficencia y la caridad están unidas al poder económico que resulta de la lógica de ampliar márgenes de lucro sin que importen las consecuencias humanas de tal ampliación. Esto explica por qué –en el esquema religioso biempensante– la limosna constituye un bálsamo para esa emoción corrosiva que amarga la sexualidad y el placer de la “gente de bien” y que se conoce como culpa. Por eso, si la filantropía es deducible de impuestos, la expiación mediante la caridad y la beneficencia resulta doblemente gratificante por rentable.

De esta “filosofía” es que brotan campañas publicitarias “de concientización” que culminan pidiéndole al ciudadano de a pie que deposite lo que pueda en cuentas bancarias con nombres melodramáticos, alusivos a la tragedia del “otro”, ese desfavorecido de los dioses que por razones oscuras sufre el fatal destino de haber nacido pobre e ignorante.

Pero como hasta las buenas conciencias han aceptado ya que la caridad y la beneficencia no pueden sustituir a la justicia social (o igualdad de oportunidades, no de reparto de bienes), eso ha dado origen a subterfugios como el de la “responsabilidad social empresarial” y la reforma a las leyes que rigen países en los que la desigualdad que resulta de la lógica y la ética del lucro es tan escandalosa, que se hace necesario justificarla con los argumentos de la religiosidad exclusivista de las buenas conciencias.

Esto, a pesar de que ya Swift advertía que “Las leyes son como las telarañas que cogen a las pobres moscas y dejan pasar avispas y abejorros”. Es decir, se hacen para que cuadren con los intereses de las preferenciales criaturas de los dioses “verdaderos” y perjudiquen a quienes tuvieron la mala fortuna de nacer bajo la égida de deidades de segunda mano y, por ello, condenadas a sufrir en esta y la otra vida.

¿Qué le queda a quien no se resigna a morir bajo un destino manifiesto adverso pero tampoco está dispuesto a derrocar a quienes causan su desgracia, sino la adulación y la servidumbre hacia ellos, y la disposición a ascender al poder como animal rastrero? Bien lo decía nuestro autor: “La ambición suele llevar a los hombres a ejecutar los menesteres más viles: por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”. Faltaría agregar que todos los buenos han alcanzado su cumbre de la misma manera.

Mario Roberto Morales
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