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La letra «G»

Divertimento sobre la arbitrariedad de las genealogías y el desuso de la generosidad.

Para aquellos desdichados que sentirían que no valen nada sin un árbol genealógico que sustente su mérito y que le otorgue sentido a su existencia, cae al pelo la definición que en su Diccionario del diablo ofrece Ambrose Bierce de Genealogía, a saber: “Estudio de nuestra filiación hasta llegar a un antepasado que no tuvo interés en averiguar la suya”.

Resulta útil porque ubica de tajo frente a su propio absurdo a quienes extraen su valor vital de una parentela muerta, ya que les hace ver que los orígenes de lo que mitifican no es más que la casualidad y el voluntarismo. Porque si nos preguntamos en dónde empieza la nobleza de lo noble o la tradición de lo tradicional, la Historia sólo nos pondrá a la vista momentos y hechos en los que rigió la arbitrariedad.

Las nociones de refinamiento, exclusividad, elegancia y sofisticación tienen sus orígenes en las noblezas y las aristocracias pre-modernas, es decir, anteriores al capitalismo, a su expresión política –la democracia representativa– y a su convicción filosófica –el individualismo como virtud encarnada en los burgueses y endilgada a quienes, despojados de sus lazos comunitarios y de la tierra, no tenían más posesión que su fuerza de trabajo, la cual eran compelidos a vender “libremente” a los burgueses a cambio de salarios de hambre. Las burguesías –esas chusmas de mercachifles que en buena hora fundaron la modernidad– adoptaron aquellas costumbres excluyentes de quienes los despreciaban por no tener más que dinero y carecer de pedigrí genealógico, de “sangre” noble, de orígenes divinos y exquisitez. Desde la perspectiva aristocrática, los burgueses eran la encarnación de la vulgaridad, pues se asumieron como los grandes advenedizos en un decadente mundo de opulencia derivada de las rentas y el tributo. Los burgueses fueron entonces los primeros nuevos ricos de la modernidad, los primigenios wannabes. Y el ejemplo patético del clasemedierismo posterior.

En los países latinoamericanos de mayorías indígenas y oligarquías criollas o acriolladas (con infección de nuevos ricos ladinos), el superiorismo derivado del dinero (burgués y, antes, aristocrático) viene acompañado de un orgulloso sentido de pedigrí colonial, de ligazón aristocrática y de genealogías legitimadoras, aunque lo que haya venido de España a América en el siglo XVI haya sido la escoria de un país en formación y lo que siguió viniendo fueran las pobrerías famélicas de las crisis del 98, el 36-45 y el 2008 (entre otras crisis). Pero el superiorismo excluyente surge también de un inseguro sentido de blancura europea, la cual se legitima y asienta con apellidos que no son ibéricos, como es el caso de los germanos, belgas, italianos y otros de inmigrantes que se ubican en los círculos concéntricos del poder oligárquico.

Si nos atenemos a la historia genética de la humanidad, a ninguno de los adeptos a validar su existencia mediante ascendencias le conviene sacudir demasiado su árbol genealógico porque, a la primera, caerá un soldado español y una india “conquistada”, y a la segunda, de seguro azotará la tierra un bravo y corpulento negro.

La modernidad burguesa vulgarizó las exclusividades aristocráticas. Por ello, Bierce dice del vocablo Generoso que “Originariamente significaba noble por nacimiento y se aplicaba a una gran cantidad de personas. Ahora significa noble por naturaleza y va cayendo en desuso”.

Si nos atenemos a la historia genética de la humanidad, a ninguno de los adeptos a validar su existencia mediante ascendencias le conviene sacudir demasiado su árbol genealógico porque, a la primera, caerá un soldado español y una india “conquistada”, y a la segunda, de seguro azotará la tierra un bravo y corpulento negro.

Mario Roberto Morales

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