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Mi nombre era Carlos y tenía 11 años.  Decían que apenas empezaba a vivir.  Yo siento que ya había vivido demasiado para mi edad.

Mi madre se fue hace dos años de la casa dejándome a mí y a mis dos hermanos sin su cuidado.  No hubo explicación, no hubo reflexión, no hubo ni un adiós.

Gracias a ello tuve que trasladarme a otro lugar llamado Tojocaz en el Departamento de Huehuetenango, Guatemala.  Mi familia, que era numerosa, alquiló dos habitaciones para poder vivir.  Ahí vivíamos mis hermanos, mi padre, mi tía, mis primos y yo.  Éramos de la clase pobre pero trabajadora.

Mi padre estaba trabajando todo el día y mis hermanos y yo estábamos bajo el cuidado de mi tía.

Diariamente me maltrataban, no solo una, sino varias personas.   Yo lo único que quería era ser comprendido, valorado y amado.   Me sentía muy solo, abandonado e infeliz.

Yo quería salir de donde estaba, no quería más maltratos, no quería más abandono.  Por eso prefería ir a trabajar al pinchazo con mi primo que ir a la escuela.  Sentía que en la escuela no hacia nada.  En cambio en el taller me sentía útil y así podía ganar unos mis lenes.

Yo buscaba la aceptación de la gente mayor, en especial la de mi primo.  Quería sentirme protegido y querido, aunque fuera por muy poco.

Mi primo de 15 años constantemente me molestaba pero yo sentía que realmente me apreciaba. El siempre andaba con su amigo de 17 años y hacían bromas a mis expensas.  Yo creía que era común entre primos. Pero me equivoqué.

El sábado 25 de febrero mi primo me dijo que me tenía un regalo.  Yo muy entusiasmado acudí al pinchazo.  Creí que era un regalo hermoso, algo que yo había soñado aunque no tenía la menor idea de qué se trataba.  Cuando entré no se quién de los dos, si mi primo o su amigo, me agarró de las manos mientras que el otro me bajo los pantalones y me introdujo una manguera de compresión por el recto.  Me inflaron los intestinos con aire hasta hacerlos explotar. Se perforaron todas mis vísceras.

El dolor fue insoportable pero la sorpresa de la situación me golpeó más.  Nunca pensé que mi primo fuera capaz de hacerme una cosa como esta.

Me llevaron al hospital y yo tenía mucho miedo.  Temía morir por que los doctores no me dieron muchas esperanzas.  Además estaba muy confundido ¿Qué hice yo para merecerme este trato?

Vinieron fiscales del Ministerio Público a tomar mi declaración.  Yo no quería meter en problemas a mi primo pero al mismo tiempo sentía mucho dolor y mucha rabia.

Estuve ocho días en el hospital hasta que me sometieron a una cirugía para reconstruir mis intestinos. Mi cuerpo no soportó la operación y fallecí.  Así terminó mi vida.

Me enteré que mi primo y su amigo voluntariamente se entregaron a declarar.  También me enteré de que por ser ellos menores de edad, solo irán a un correccional de menores y no a la cárcel.

A raíz de mi muerte ahora está de moda llamar a ese tipo de trato “Bullying” y resulta que es más común de lo que se piensa entre la niñez guatemalteca y la del mundo.

Sólo espero que mi muerte sirva de antecedente para que se eviten este tipo de trato a otros niños inocentes que como yo solo buscan el amor, el cariño y la aceptación de los mayores.

Descansa en paz Carlos Benedicto Sosa Pérez

Silvia Titus

Escritora por aficción, amante de la literatura, viajera empedernida, amiga entrañable y alguien quien ama profundamente a Guatemala aunque viva a miles de kilómetros de distancia.

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