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La crisis que viene (I)

Gerardo Guinea Diez
gguinea10@gmail.com

Preocupados por quién ganará las elecciones en segunda vuelta, nuestra conversación pública es ajena a la crisis de la aldea global, de la cual formamos parte en todo sentido y dirección. El ex rector de la UNAM, el académico Pablo González Casanova afirmó: “Es un momento histórico para la humanidad en el que la crisis será muy seria, muy profunda e inesperada”, refiriéndose que ésta vendrá por el lado del colapso de las ciudades. La tragedia en Cambray II es un anticipo. Según algunas estimaciones, en Guatemala, entre 500 y 900 mil personas habitan en 497 asentamientos precarios, los cuales corren un riesgo similar.

Italo Calvino publicó en 1972 el libro Ciudades invisibles, ahí aseveró que “estas son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque …no son sólo de mercancías, son también de palabras, de deseos, de recuerdos”. Lo que no pudo preveer es lo que son ahora. Y ya, en esa lejana fecha, advertía sobre las megalópolis y sus graves implicaciones para la civilización. Hoy, existen 25 ciudades donde viven unos 350 millones de personas y se estima que en 2030 esa cifra ascenderá a 675 millones. Para ese mismo año, el FMI calcula que el número de mega ciudades ascenderá a 40. Asimismo, unas 600 ciudades en el mundo generan el 60 por ciento del PIB mundial. En otras palabras, el 53 por ciento de la humanidad vive en áreas urbanas, donde se genera más riqueza y oportunidades, pero también, es el foco de las mayores amenazas para la civilización.

Pero, más allá del dato duro, está una realidad que se antoja escalofriante, ante los desafíos que representa la contaminación del agua, los desechos, la contaminación, y el hambre. En 2014, la ONU realizó un diagnóstico por medio de 60 científicos y representantes de 100 países. En el mismo, señala las amenazas contra la civilización: cambio climático; menor supervivencia de especies animales y vegetales; descenso de los rendimientos agrícolas; aumento de enfermedades y la posibilidad de un desplazamiento de grandes masas de población. Indica que en la medida que se encarezca la comida, surgirán “puntos calientes” de hambre en las ciudades. A su vez, por cada grado centígrado de calentamiento, el agua potable disminuirá un 20 por ciento, es decir, más de 500 millones de personas no tendrá agua y concluye que las enormes desigualdades económicas sentarán las bases de un posible colapso de la civilización, supuesto que adelanta González Casanova: “El mundo tendrá que ser reinventado desde sus cenizas”.

Las cifras enuncian una verdad: la idea del progreso es inviable e insostenible. El consumo desenfrenado y el desperdicio han puesto a la humanidad al borde del abismo. El sabio José Luis Sampedro creía que es necesario cambiar los conceptos de competitividad por el de cooperación y el de productividad por el de vitalidad, y lo decía con paciencia: “No es una cuestión de esperanza, sino de creer en la vida, de asombrar a la vida”.

Como sea, Guatemala no escapa a esa realidad. En una escala mucho menor, es cierto, pero la vulnerabilidad es un hecho que nos pone frente al comienzo de aquello que no deseamos ver.

 

Gerardo Guinea Diez
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