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La banalidad del mal

Gerardo Guinea Diez
gguinea10@gmail.com

El último día de julio circuló por diversos medios un video aterrador por el simbolismo que porta y porque retrata los niveles de enfermedad mental que padece Guatemala. En pocas palabras, un soldado agredió con brutalidad extrema a un joven indefenso. Hecho que no sorprendería si vemos las páginas de nota roja y la gravedad de cientos de ataques, asesinatos o la crueldad contra mujeres. Grabado en tiempo real, la víctima quedó reducida a un muñeco fantasmal. Pero, hay dos momentos que hacen la diferencia: cuando el soldado golpea con las palmas de sus manos el rostro del joven y cuando lo remata con una patada. El agredido, por lo que se observa en las imágenes, nunca opuso resistencia, no estaba armado ni representaba un peligro a la integridad del agresor. Esos dos actos sintetizan una insania en el ejercicio del poder, un deseo de destruir y humillar al otro.

Hanna Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén, acuñó el concepto de la banalidad del mal, como una especie de perversidad más allá de los patrones con los que solemos entender dicho fenómeno. Y Arendt abundó sobre esa vileza humana, mucho más allá de la “mala voluntad pervertida” de la que hablaba Kant. Arendt ahondó en el tema y afirmó que el mal nunca puede ser radical, sino extremo. Y en esa línea llega a fundar una verdad terrible: la banalidad del mal no posee profundidad ni tampoco una dimensión demoniaca. Desafía el pensamiento, argumenta la filósofa y sostiene que “no podemos ir a la raíz, porque no hay nada. Solo el bien tiene profundidad”.

Al ver las violentas escenas, vienen de inmediato a la mente esa categorización sobre el mal. La agresión del soldado es fruto de una sociedad que durante décadas sufrió los peores atropellos y estuvo en el filo de la catástrofe civilizatoria. En ese ataque no hay ideología, sino patología pura, donde, paradójicamente el agresor también es una víctima. Es evidente que concurren todos los elementos para tipificar varios delitos, pero el que no se puede es aquel que proviene fruto de patologías sociales y la interiorización de la violencia como una construcción social y cultural.

Desde hace un par de décadas, varios psiquiatras advirtieron de la peligrosa presencia de algunas patologías, entre ellas el trastorno de la personalidad antisocial; es decir, la comisión de actos criminales sin el asomo del menor remordimiento. Asimismo, el trastorno de estrés postraumático. Esas anomalías o desórdenes permiten establecer el grado de marginalización de miles de individuos frente a normas y valores. Y lo más condenable es la poca interiorización de la norma de quienes simbolizan la ley.

Lo más trágico es que no hay raíz en este hecho, no hay nada, más que el reflejo de credos fundados en la ira y el odio, casi como principios ontológicos, donde esas monstruosidades son la regla y el precepto. Porque, finalmente, el soldado no estaba poseído por algún demonio, más que los que le alimentaron a lo largo de su existencia.

 

Gerardo Guinea Diez
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