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Jaulas

Gerardo Guinea Diez
gguinea10@gmail.com

Hoy tenemos unos saberes fragmentados que impiden atar cabos que expliquen lo que sucede en tanto reflejo pernicioso de generalizar y enredar la parte con el todo. Como sea, vivimos bajo el signo de la perplejidad, la quiebra de los valores públicos y la implosión de las referencias colectivas. En pocas palabras, la confusión de lo privado y lo público. Los últimos treinta años experimentamos una creciente sensación de desamparo que ha disuelto la continuidad de nuestras biografías y de las instituciones, dejándonos en la orilla de la fragilidad del presente.

En los últimos tres meses, la ciudadanía salió a las calles a averiguar sobre el devenir del mundo, su mundo, el cotidiano, hecho de pequeños y dramáticos calvarios. El problema está en que al reapropiarse de la realidad solamente encuentra a políticos tal cual fueran unos inmóviles lagartos al sol. Porque los partidos se mueven en la lógica del más listo.

Nadie puede negar las evidencias, la principal, el mal funcionamiento de la democracia, acosada por males de origen variopinto. Además, ante la nula o escasa respuesta del sistema político a las demandas, da la sensación de que carecemos de propósitos de largo plazo. De pronto, hastiados de tanta retórica legal y la ausencia de salidas sensatas a esta crisis, pensamos que todo irá mejor y que no haya tanto calor, porque este invierno perdido por la canícula calienta los ánimos y creemos que el país es un lugar donde ocurre absolutamente nada, como si algo no terminara de marchar.

Se hace cuesta arriba comprender este enredo. Es tan complejo como pretender descubrir la “teoría del todo” en este lío sin fin. Porque no se trata de alcanzar las matrices de nuestra existencia, así, en abstracto, sino de articular una visión global que dé sustento a esa andadura ciudadana que aspira a refundar no solo la democracia, sino el pacto de convivencia de los guatemaltecos.

Siguiendo a Roger Bartra, nos movemos entre el inmediatismo y las acciones precipitadas, para salvar algo que no tiene compostura. El clientelismo, la corrupción y la falta de legitimidad son las señas de identidad de ese desarreglo. David Runciman, citado por Bartra, refiriéndose a los males de la democracia, afirma que no “estamos condenados, estamos encerrados”. Es decir, metidos en jaulas de dogmas jurídicos, los cuales hacen que pendamos de un hilo, donde el Ancien régime aún estimula el ilusionismo democrático a través del bloqueo en el Congreso a las reformas exigidas por diversos sectores.

Carentes de contenido programático, los partidos políticos sustituyeron el debate por el marketing electoral, como sostenía Walter Benjamin. Durante décadas sofocamos la crítica, lo que implicó prescindir de una interpretación consistente del rumbo a tomar. De esa cuenta, seguiremos entre la excitación y la inercia de los acontecimientos. Lo único cierto es que el invierno dejó de ser una estación; ahora pasa por las plazas y por la esperanza que pronto una luz se inaugurará para el resto de nuestras vidas.

Gerardo Guinea Diez
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