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Francisco Morales Santos

Isabel a los 37 años, me recuerda los versos del poeta mexicano Amado Nervo: «Era bella como el Avemaría, / quien la vio no la pudo / ya jamás olvidar».

Desde el tiempo en que Isabel preparaba su primera exposición, la cual se realizó en octubre de 1968 y que consistió en un conjunto de acuarelas con el paisaje como tema, ya manifestaba su inclinación por los colores fuertes, colores que no había que buscar en los maestros europeos, sino en la floración del paisaje guatemalteco, en la sinuosidad de las montañas y en los trajes que engalanan a los habitantes originarios por dondequiera que se les vea. Así mismo, su inclinación por “escribir” la historia paralela que, al final, es la que prevalece frente a la historia oficial.

Su primera exposición fue para ella un acontecimiento extraordinario. No le importaba saber si había gente conocedora de arte. Le entusiasmaba el momento, pensaba que era un paso definitivo hacia algo de lo que le ocuparía su vida de ahí en adelante. Como solía repetirlo, en aquel momento pensó que se casaba con el arte y por eso se puso vestido, medias y zapatos blancos.

El maestro Roberto Cabrera, quien era su principal mentor y a quien siempre admiró porque, más que orientarla hacia el trazo y al color, la indujo a la lectura, escribió en el catálogo: “Su trabajo paisajístico viene impregnado de relumbrantes formaciones que se estiran y retuercen entre coloraciones eruptivas. Contraste de rojos y verdes, violetas amarillos y azules naranjas que designan árboles y tierras efervescentes. Anatomía de viejos troncos y piedras en el fuego aguas y cielos incendiados que se levantan y conmueven. Estallido del follaje teñido de soledad y cólera. Captación subjetiva de trópicos perpetuantes.”

Cabrera avizoraba el futuro artístico de Isabel al concluir: “Esta primera muestra personal es indicativa del futuro desarrollo. Su emoción es fuerte en la concepción de una razón impregnada de expresionismo, como fórmula de una época en constante ebullición y tragicismo. El tiempo redundará sus cualidades cuando estos paisajes se empiecen a poblar de morfologías humanas, como ya se presiente en algunas formas del dibujo…”

Aquella exposición era el resultado de su compenetración, de su deseo de hacer algo muy particular y de la mejor manera. Así se lo había propuesto desde el primer día en que llegó a la Universidad creada por Miguel Ángel Asturias, David Vela y Porfirio Barba-Jacob, entre otros. He podido verlo en una “Libreta de apuntes de Ma. Isabel Ruiz R.”. Esta es una libreta de 11 centímetros de ancho por 16 de alto, con 44 páginas. En la primera anota su residencia, su lugar de estudios y su lugar de trabajo. En la tercera página inicia con “Indicaciones de la línea”; enseguida los materiales que necesitará para la clase, y el nombre del maestro, ¡nada menos que Oscar González Goyri!, un señor afable, entrado en edad. Todo anotado con la letra de quien ha hecho caligrafía, una letra menuda pero clara. En la página 5 aparece un párrafo escrito en rojo donde se lee: “Arte es la variedad infinita de la expresión humana y toda creación artística es hija de su tiempo y muchas veces madre de nuestros sentimientos.” Imagino que lo habrá dictado el maestro Goiry. Luego siguen los conceptos de línea, medida de ondas, anatomía artística…; algunas de las anotaciones van acompañadas de dibujos incipientes pero que anuncian el poder que más tarde tendrá su mano.

¿Pero cual es la trascendencia de esto? Pues que alrededor de los 12 años, Isabel ya trabajaba expendiendo mercadería (sábanas, colchas, toallas y otros productos) en el almacén que originalmente tuvo su papá, en donde no solo se necesitaba disposición física para atender a los compradores (a veces llevando la mercadería desde el estante hasta el mostrador), sino agilidad para hacer cuentas, siendo aún una patoja.

En su primera exposición estuvo presente su familia: su abuela, sus papás y sus hermanos. Probablemente ninguno externó opinión alguna sobre la exposición pero una cosa es cierta: por primera vez se dieron cuenta de la enorme simpatía que había en torno de Isabel. En su mayoría, el público asistente era “la gente sencilla de mi pueblo”, como escribió Otto René Castillo.

Las acuarelas que presentó en aquella ocasión eran el producto de su dedicación dominical a “paisajear”, una vez en un pueblo, otra vez en otro. Cuando medio mundo se dedica a pasear o a descansar, ella salía temprano de su casa para aprovechar mejor la luz, nos reuníamos en algún lugar y emprendíamos viajes a lugares cercanos con mucho regocijo. Varias veces fuimos a San Pedro y San Juan Sacatepéquez, a San José Pinula… son los lugares que más recuerdo.

Cuando trabajó como maestra de paisaje de la UP, en sustitución de Roberto Cabrera, también inculcó en sus alumnos el interés por acercarse a la gente, apreciar y conocer de cerca sus costumbres, adentrarse en los mercados y comer en ellos al finalizar las clases. Asimismo, solía llevarlos a las áreas marginales, para que vieran cómo hay otras personas en peores condiciones que buscaron la ciudad para mejorar su situación económica, sin importarles dónde tuvieran que vivir.

Isabel acostumbraba llevar lápices, crayones y papel para dárselos a cuanto niño se acercara y así integrarlos a la clase. Al final de la jornada, lo dibujado o pintado por sus alumnos y los niños se exponía en el lugar.

La escritora Isabel de los Ángeles Ruano supo de esta actividad y como en ese tiempo hacía periodismo, escribió un artículo en el que destacaba lo siguiente: “De una enorme proyección cultural y social han sido las exposiciones que en áreas marginales han organizado alumnos de la Universidad Popular, dirigidos por la pintora guatemalteca Isabel Ruiz, ya que de esta manera se está proporcionando un acercamiento entre los artistas y el público, en este caso el de diversas zonas de la ciudad, que han sido inspiración para múltiples artistas.” El texto se ampliaba en otra página del medio.

Después de haber expuesto por vez primera, preparó una exposición de tintas, 38 en total. Para lograr el efecto que deseaba, derramaba tinta sobre el papel, que luego manejaba a su voluntad hasta lograr una figura, en la que predominaba el negro que combinaba con rojo o amarillo o morado. Ella contaba que la mayoría de estas obras las realizaba en horas de la noche, cuando todo el mundo estaba dormido, para no importunarlos. Esperaba ese momento para sacar los papeles a medio proceso, los que guardaba debajo de su cama. Muchas veces su aliado en este proceso fue su hermano Carlos. En ese tiempo, debido a la precariedad económica, Isabel empleaba papel bond, por lo que lamentablemente aquella serie de tintas se perdió.

El pintor Marco Augusto Quiroa saludó esta exposición con un texto titulado Isabel Ruiz: pintura vital. Texto elocuente que entre otras cosas, decía: “La primera impresión al ‘ver’ los dibujos a color de Isabel Ruiz es de una humanidad palpitante, un afán de decir, de expresar, y a la vez de rebeldía, de franca inconformidad con todo lo que sea moldes y conceptos preestablecidos. Hay algo que desgarra y estremece en estos dibujos coloreados en una forma agresiva y además patética. El punto de partida es casi siempre el mismo: la figura humana, para decirlo mejor el hombre.”

Más adelante decía: «Los dibujos de Isabel no son expresión de “señorita comodona” enamorada de floreros coquetos y paisajes de color azucarado.»

Por último, el maestro Quiroa cerraba así el texto: “Al darle nuestro aliento de fe en su trabajo, sabemos que ha puesto el oído sobre la tierra para escuchar las voces ancestrales que vienen retumbando de centuria en centuria, cargadas de las esencias vitales que nos darán un día, un arte joven, auténtico, honesto, anidado en el rincón más cálido del corazón del pueblo.

“Isabel: el camino del arte, a pesar de ser tan transitado, siempre es nuevo. El pasado empezó hace un minuto, un segundo. Sacuda el polvo de sus zapatos y… ‘Adelante…”

La muestra llamó la atención del público. Luz Méndez de la Vega escribió un texto extenso, en el que resalta lo siguiente: “El colorido mismo de sus tintas (bicolor en su mayoría) rojo y negro predominantes con escasos amarillos; o violetas, nos trae el color de la violencia, de la sangre, del fuego, de la pasión, de la tortura y de la muerte. Por todo esto, podríamos decir que las tintas de Isabel Ruiz caben dentro de la corriente que por su contacto con su mundo y por ser expresión concordante con él y al mismo tiempo, auténticamente sentidas por la artista, corresponden, a lo que se llama «realismo social».

Isabel siempre tuvo una claridad meridiana para cada acción que se proponía. Todo lo que hacía estaba presidido por lecturas e investigaciones que iban de la sociología a la sicología, la historia, la filosofía, la arqueología, o la literatura. De los años por la Universidad Popular es la lectura meticulosa que hizo de Mulata de tal en edición de Losada, a juzgar por los múltiples subrayados y anotaciones que hizo. Isabel contaba que, entre sus lecturas tempranas estuvo las de la revista Life, que fue de lo mejor de la cultura norteamericana en los años 50. Para su trabajo de maestra, Paulo Freire fue su mentor a distancia, con sus libros La pedagogía del oprimido y La educación como práctica de la libertad. Su ansia de conocimiento era tal que no se perdía los simposios de arqueología o los congresos sobre Salud, entre otros, como consta en diplomas otorgados a los asistentes. Siempre estuvo al tanto de los descubrimientos del mundo maya. Es inenarrable su emoción cuando se descubrieron los tesoros arqueológicos que hay bajo la selva de Petén mediante la tecnología LIDAR. También le fascinaba escuchar al astrofísico Stephen Hawking.

Le importaba ser antes que parecer, de manera que nunca buscó entrar en competencia con otros artistas, eso sí, cultivó la amistad franca con aquellos que también andaban en la búsqueda de una expresión artística sustentable y que, como ella, necesitaban de medios económicos pero a eso anteponían la calidad de su quehacer artístico. Fue así como se fueron dando esos encuentros con Moisés Barrios, Luis González Palma, Pablo Swezey, puntales de Imaginaria.

Siempre considero a Moisés Barrios como una figura esencial en la evolución de su obra y lo respetó como artista. Lo conocimos en Costa Rica junto con su hermano César, y cuando volvió a Guatemala se encuentran, se identifican y comienza para ella una actividad alucinante: la del grabado. No dejaba de asombrarse de que a su regreso de Madrid, Moisés volviera a Guatemala trayendo un tórculo pesadísimo que puso a la orden de aquellos que estuvieran trabajando grabado. Ella fue una de las primeras. En varias ocasiones la acompañé y pude notar su entusiasmo ante el traspaso de la imagen de la plancha al papel, ya fuera una obra suya o bien de Moisés o de Rudy Cotton.

Grabar vino a ser para ella un desafío que enfrentó con seriedad y talento. En el taller de Moisés todo era libertad, invención, ruptura… Así, un día Isabel toma un barreno para abrirle hoyos a la placa de zinc, de modo que el grabado tendrá otra dimensión.

Un día, estos afanes tienen su recompensa: a Moisés y a ella les llegan invitaciones para exposiciones colectivas, dos veces en Taipéi, una en San Juan Puerto Rico y varias veces al Mini Print Internacional de Cadaqués.

Un día, en una entrevista dijo: “…el grabado nos enseñó a ver en la oscuridad y por eso creo que los jicareros de Rabinal fueron mis primeros maestros de grabado.”

Por aquella época, surgió en España un grupo de pintores con propuestas novedosas frente a todo lo que hasta entonces se consideraba arte: Antoni Tapies, Modest Cuixart, Rafael Canogar, Antonio Saura, entre otros. La obra de estos estos la deslumbraron. Más tarde, como maestra de Contexto, en El Pueblito, Santa Catarina Pinula, tomó la obra de Tapies como modelo para trabajar con los niños. El tiempo que trabajó en la Fundación Contexto, creada por su amiga Belia de Vico para brindar educación a niños en riesgo, la afanó intensamente pero la llenó de satisfacción. “Yo no vengo con ustedes a hacer obras de arte —les decía—, no me interesa. Solo quiero hacer hombres y mujeres creativos ante la vida.”

Sin embargo, siempre tuvo una admiración sin límites por Francisco de Goya y Lucientes, sobre todo por Los desastres de la guerra, Disparates y las Pinturas negras. En un recorrido que hicimos al Soho de Nueva York, encontramos una exposición del artista alemán Arnulf Rainer ante la cual se deslumbró, pero aún faltaban muchas cosas mas que la llenarían de emoción, una de estas fue una exposición de acuarelas de Akira Kurosawa.

Años más tarde, una vez más de la mano de Moisés Barrios conoce la obra de Francisco Toledo que la maravilla en gran manera.

En cierto modo, dio sus primeros pasos en el ámbito artístico de la mano del Grupo Vértebra, primero porque —independiente de que fuera su maestro— Roberto Cabrera la presentó en su primera exposición, luego porque el pintor Marco Augusto Quiroa escribió en el catálogo de la exposición de tintas que Isabel exhibió en la galería de la Escuela Nacional de Artes Plásticas; y por último porque formó parte de una exposición colectiva en la Galería Vértebra.

Siempre que fue necesario, puso a prueba su valor, a veces de manera espontánea sin pensar en las consecuencias, como cuando inauguró la exposición de tintas en la antigua Escuela de Artes Plásticas. En esa ocasión pidió públicamente que fuera entregado el cuerpo de Roberto Obregón, de quien se sabía que el Ejército salvadoreño le había dado muerte en la Chinamas. ¿Por qué dicho ejército? Porque entonces existía la Confederación de Ejércitos Centroamericanos (CONDECA).

Isabel acostumbraba llevar lápices, crayones y papel para dárselos a cuanto niño se acercara y así integrarlos a la clase. Al final de la jornada, lo dibujado o pintado por sus alumnos y los niños se exponía en el lugar.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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