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Hacia un cine nacional, regional y “glocal” en Centroamérica

Alfredo Guevara no escribió su ensayo en estas circunstancias. Pero los cineastas centroamericanos hacen su cine nadando en un mar de consumo de imágenes que fortalecen el poder de la lógica del capital y, por ende, de las estéticas del consumismo. Y a menudo lo hacen luchando contra la corriente, intentando forjar su expresión sin caer en el lenguaje facilón del cine puramente comercial, ni en la tiesa retórica de izquierda, y menos aun en la lamentable “corrección política” primermundista. Se proponen simplemente, al igual que Guevara, hacer un cine artístico, nacional, inconformista, barato, comercial y técnicamente terminado. A todo lo cual le agregan una clara intencionalidad “glocal” que a menudo echa mano de los recursos del videoclip y el comercial de televisión, pero resignificando sus estéticas con el fin de expresar contenidos nacionales, inconformistas y críticos.

A pesar de la supuesta desideologización que ―para desligarse de las bipolaridades de la guerra fría― algunos cineastas locales pregonan como parte de su ética fílmica, lo que se proponen no es muy diferente de lo que se proponía Guevara hace 50 años. Esto se halla por encima de su voluntad, pues se debe a que el problema del cine guatemalteco y centroamericano es muy parecido al del cubano entonces, ya que el conflicto nuestro de la nación inacabada en lo cultural e ideológico es el mismo que el de la Cuba pre-revolucionaria. Si Cuba fue el último país en independizarse de España, hasta 1898, para luego pasar a ser un protectorado de Estados Unidos, ha sido el primero en forjar una conciencia nacional latinoamericanista por medio de su pintura, su música, su literatura y su cine. El colapso actual de su economía es un problema que no ha debilitado la argamasa ideológica nacional que sus cultores han sabido forjar, porque lo han hecho desde la comprensión de su historia en el contexto de la región y el mundo, y yendo críticamente a la raíz de los problemas nacionales. No ha sido ese el caso de nuestros países, demasiado influidos por la cultura de masas fabricada en serie en los centros hegemónicos para uniformizar los gustos de las periferias subalternas. Por esto mismo, la generalización de los consumos culturales globalizados determina que, en nuestro caso, la búsqueda de una expresión nacional esté teñida de múltiples elementos foráneos ya imposibles de desligar de “lo propio”. En el caso de Cuba, lo “glocal” se alcanza por adición crítica y yuxtaposición deliberada como parte de su camino cultural hacia el fin del bloqueo estadunidense. Nosotros, lo alcanzamos por ósmosis e hibridación constantes.

El cine guatemalteco tiene una histórica impronta generacional que, como toda marca de este tipo, gira en torno a un ensimismamiento y una fascinación respecto de cierto narcisismo auto-contemplativo. Esto es inevitable y es una fase necesaria de transcurrir. No se puede sin embargo generalizar en cuanto a esto, porque hay cineastas de mayor edad que los más jóvenes en el medio, que han abordado problemáticas históricas desde perspectivas intergeneracionales. La comunicación y, sobre todo, la colaboración entre todos ellos, será clave para un desarrollo plural y no programático de lo que habrá de ser un cine nacional y regional, capaz de dejarse ver globalmente. No olvidemos que lo específicamente generacional se acaba siempre tan pronto como llegamos a comprender que no somos el centro de ningún universo.

Los referentes cinematográficos que existen ahora son muchos más que los que menciona Guevara en su ensayo. Y, por lo mismo, los peligros también lo son. Por ejemplo, el peligro de caer en concesiones excesivas a la ética y a la estética del mercado para obtener financiamientos o premios internacionales, muchos de los cuales forman parte de las técnicas de mercadeo y publicidad cinematográficas. Se trata en realidad de jugar con estos referentes y no de rechazarlos en nombre de una u otra ideología. Se trata de negociar con Dios y con el Diablo y no de venderle el alma a ninguno de los dos, pues ya se sabe que ambos compiten en un juego en que nosotros somos el balón, mientras lo único que queremos es expresarnos y expresar un país, una región, una historia común o personal, unos sueños y unas frustraciones. Nada más. Y nada menos.

Otro peligro es el de que nuestro cine se estanque demasiado tiempo en el narcisismo juvenilista que se solaza chupándose el dedo de su hedonismo auto-contemplativo. Así como es ridículo que muchos viejos consideren que un joven es más tonto que ellos sólo porque tiene 30 años menos de edad, lo es igualmente que algunos jóvenes piensen que una persona ya no sirve para nada ni tiene nada que aportar sólo por tener 30 años más que ellos. Pensar así es el camino más expedito para el estancamiento, por un lado, y para descubrir una y otra vez el agua caliente, por el otro. Esto es lo que les ha ocurrido a algunos escritores mecánicamente rupturistas que, por no leer lo que se había escrito antes de que ellos fueran víctimas del flechazo de su musa literaria, se desbarrancaron en una estridente cuanto vacía repetición neo-vanguardista. En el caso de nuestros cineastas, ellos no tienen muchos referentes locales con los cuales alternar ni una tradición fílmica con la cual romper, pero como están inmersos en una realidad “glocal”, corren el riesgo de caer en las modas cinematográficas al uso y en los livianos enredos inexpresivos, auto-gratificantes y bien vistos por el establishment cinematográfico transnacional, cuya lógica no es otra que la misma del capital, a saber, la de ampliar márgenes de lucro, esta vez por medio de la comercialización masiva de imágenes en movimiento.

Si quisiéramos, como Guevara, forjar un sistema de referencias éticas y estéticas que guíen la consolidación de nuestro cine, podríamos ―sin el menor ánimo de ser exhaustivos ni programáticos― ponerle atención al Costa Gavras de Z, La confesión y Estado de sitio, al Almodóvar de Kika y La ley del deseo, al Gus van Sant de Elefante, al Michael Heneke de Funny games, al González Iñárritu de Amores perros, y a tantos cineastas brasileños que han sabido transmitir una versión de lo popular latinoamericano sin idealizaciones ni melodrama. Por ejemplo, Mário Peixoto, Nelson Pereira Dos Santos, Glauber Rocha, Héctor Babenco, Bruno Barreto y Walter Salles, entre otros.

La preocupación nacional es, hoy en día, local, global y “glocal”. Y los retos del arte consisten en darle un sentido nuestro a los instrumentos foráneos con los que debemos librar nuestras batallas expresivas. Así como un fusil adquiere sentido ético según en manos de quién esté y la dirección en que dispare, así una cámara de cine forja en una u otra dirección la ética y la estética de una producción cinematográfica.

El significado y el sentido de la imagen equivalen al uso que dentro de la estructura del lenguaje audiovisual le demos a sus posibilidades expresivas. Este uso produce significados en uno u otro sentido. Este sentido es el que hace que una obra de arte se coloque del lado de éste o de aquél poder político. El arte es producción ideológica porque es producción de sentido. La neutralidad política no es posible para un creador de significados. Y la libertad de creación se mueve en esta encrucijada. Es claro entonces que queda a nuestro albedrío construir el destino que habrá de tener nuestra obra artística. En este caso, nuestro cine.

Un arte nacional no existe sin una crítica, una teoría y una historia que lo interprete. Para esto se necesita de un estamento intelectual integrado por conocedores del arte que analizan. Es por ello estimulante constatar que ya existe una crítica de cine en nuestro medio, la cual no es complaciente con los autores. Por el contrario, es radical: va a la raíz de la expresión estética y reconoce sus aciertos igual que denuncia sus fallas. En esto, y a pesar de su corta edad y sus pocas piezas de análisis, supera a la crítica literaria local, siempre enredada en la maraña de las amistades (y enemistades) entrañables.

He llegado al final de estas líneas sin haber mencionado nombres de cineastas locales. Más que a un afán de complacencia, esto se debe a que, como vivimos en un medio que arrastra las bipolaridades de la guerra fría, unidas a los narcisismos propios del “aldeano vanidoso” que “cree que su aldea es el mundo” (de que hablaba Martí), he considerado conveniente guardar ciertos silencios para facilitar un diálogo entre cineastas, escritores e intelectuales interesados en forjar un cine nacional, regional y “glocal”, quizá con los rasgos actualizados que hace 50 años apuntaba Alfredo Guevara, los cuales siguen siendo válidos como referentes generales, según mi particular criterio, el cual ―así lo entiendo― es solamente uno entre muchos otros.

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