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Este es un homenaje tardío a Héctor Rosada.

Irmalicia Velásquez Nimatuj

Conocí a Héctor Rosada, en los inicios de mis veintes, yo trabajaba como reportera en Prensa Libre y asistí a la sede de Asíes en donde él expuso la situación del Estado. Nunca olvido lo impactada que quedé por su análisis expedito y directo, su agudeza analítica y manejo de hechos históricos de manera coherente, sin más ayuda que la de su cerebro.

Héctor Rosada me asombró tanto como Carlos Guzmán Böckler -aunque no compartiera todo- siempre los consideré dos ejemplos de intelectuales asertivos y responsables frente al momento que vivían, porque ponían al servicio de causas concretas sus largos años de estudio y su capacidad reflexiva.

Posteriormente, tuve el privilegio de tenerlo cerca en la maestría de antropología y etnología de la Universidad de París VIII que nunca concluí.  Luego, en el 2002, a partir de que la seguridad privada del Tarro Dorado me echara de una de las cervecerías de los Castillo, por ser una india que se atrevía a ingresar al establecimiento de la zona 13, iniciamos con un colectivo de organizaciones indígenas la primera denuncia por racismo. Allí volvimos a encontrarnos porque apoyó el esfuerzo por tipificar como delito la discriminación racial. Seguidamente me invitó a apoyar los esfuerzos de reforma al sistema de justicia en donde su experiencia y conocimiento empujaban una línea de trabajo, años antes que se creara la CICIG.

Volví a encontrarlo en algunos juicios por justicia transicional y allí en cada uno de ellos Héctor dio a los tribunales, acusados, defensa y al país cátedras sobre la historia nacional y su traslape con la continental, sobre las redes, alianzas, planes, estrategias y formas de operación del ejército antes, durante y después del conflicto armado interno (1960-1996). Ejemplificó cómo la “democracia” en el país se reduce a una transferencia de mando pero nunca de poder a los presidentes civiles; indicó con casos cómo durante el Siglo XX hasta el presente, los militares han tomado decisiones políticas que no les corresponden y el impacto que han tenido en la gobernabilidad; enseñó cómo opera la dialéctica del ejercicio del poder entre las instituciones estatales; ilustró sobre la “asociación perversa” entre las demandas populares y el marco de la guerra, y como esto detonó en el o los genocidios, en asesinatos selectivos y crímenes contra la humanidad porque convirtió a comunidades en objetivos a eliminar; también enseñó que el Plan de Campaña Firmeza 83 concluyó lo que material e ideológicamente no hizo el Plan Campaña Victoria 82.

Este es un homenaje tardío a Héctor Rosada, otro intelectual que se adelanta en momentos en que urge claridad de pensamiento y estrategia política, para enfrentar los desafíos que abrazan al mundo, mientras se evidencia la absoluta carencia de negociadores nacionales y mundiales.

Fuente: [elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj
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