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Interpretaciones de la posverdad

Hagamos como si no nos diéramos cuenta que seguimos secuestrados

No tenemos un Estado fallido, tenemos una sociedad secuestrada. Y lo peor es que, como en el síndrome de Estocolmo, la mayoría se han enamorado de sus secuestradores.

Ignacio Laclériga

La discusión pública a través de los nuevos espacios mediáticos está lejos de ser un inocente ejercicio de democracia participativa. Se trata una herramienta concentración de voluntades que genera tendencias más o menos espontáneas en las que hay que saber leer entre líneas. Dos años he estado al margen de esta discusión. Fui de los primeros en poner en tela de juicio el movimiento social que se dio a partir de abril del 2015. Me atreví a señalar que la aparente revolución era más fruto de una convocatoria de portadores de smartphones que una real propuesta de cambio del modelo socio-político que nos había llevado a ser gobernados por una pandilla de delincuentes (https://nomada.gt/yo-no-fui-a-la-revolucion-desfrijolizada-e-hice-bien/).  Entonces, consideré oportuno no seguir exponiéndome tan personalmente a los juicios inquisidores de un determinado público. Ahora, frente a los cada vez menos sutiles discursos de opresión y odio que se imponen por doquier, el silencio otorga y defender el criterio propio es una resistencia necesaria.

Poco tiempo después, ya otros dudaban que la revolución fuera tan genuina y espontánea como aparentaba. El sociólogo, doctor por la universidad de Pittsburgh y premio nacional de literatura, Mario Roberto Morales empezó a sacar a la luz la pertenencia del movimiento guatemalteco a una estrategia de intervención estadounidense ya practicada con anterioridad en otros países y denominada con el sobrenombre de “revolución de colores”. Esta estrategia recoge las insatisfacciones políticas de un determinado país y las agudiza a través de las redes sociales, para provocar manifestaciones públicas en contra del gobierno existente (http://www.narrativayensayoguatemaltecos.com/ensayos/ensayos-sociales/una-alegre-revolucion-de-colores-mario-roberto-morales/).

Más recientemente, otro prestigioso sociólogo, Virgilio Álvarez, con su libro La Revolución que Nunca Fue (https://www.sophosenlinea.com/libro/la-revolucion-que-nunca-fue_218799), o dos periodistas del periódico más reconocido del país, Juan Carlos Móvil y Antonio Barrios, con su obra El Patio Trasero (https://www.plazapublica.com.gt/content/el-patio-trasero), exponen con claridad el planteamiento de que detrás de todo el proceso anti-corrupción existían intereses ocultos que capitalizaron las protestas en favor de su propia agenda. A mí no me queda ninguna duda de la intervención estadounidense. No hay que sumar dos más dos para entender el importante papel que la manipulación de las redes sociales y la aportación de información por parte de la inteligencia de los Estados Unidos a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) jugaron en la llamada revolución.

El desprestigio de la vicepresidenta en las redes sociales poco antes de que empezaran todas las manifestaciones. La coincidencia de sacar un caso de corrupción semanalmente para alentar las movilizaciones populares en la plaza. La viralización del hashtag de Notetocabaldizón para lograr que, aun siendo Manuel Baldizón el candidato presidencial preferido en las encuestas un mes antes del proceso cívico-político, no alcanzara ni pasar a la segunda vuelta de las elecciones. El fulgurante crecimiento de un candidato de fuera de la política hasta entonces, Jimmy Morales, cuya campaña fue casi exclusivamente alentada en las redes sociales. Entre otras muchas cosas, son claros indicios de una estrategia bien orquestada.

Y la verdad, si quieren que les diga, a mí me importa bien poco quien está detrás de todo esto. Siempre ha habido apoyos, más o menos solapados, en cada revolución. Si no eran los franceses napoleónicos era el imperio inglés, sino los soviéticos o la alianza americana. Por supuesto, no creo que los que se sumaron a las protestas, ya fueran de la sociedad progresista más organizada, ya de la élite conservadora con sus tanques de pensamiento, estuvieran al tanto de dicha confabulación. Simplemente unos creyeron que su ansiada primavera estaba por llegar, los otros se subieron al bote antes de hundirse con su propio barco.

Lo que me parece más triste es pensar que para que se pusieran en marcha todos los avances que se dieron a partir de ese momento no hubo que buscar a cientos de miles de profesionales nuevos. Han sido los propios funcionarios del Ministerio Público, del sector justicia, de presidios, de la policía, de todos los ámbitos laborales vinculados de una u otra forma a esta depuración nacional; los que han sido capaces de impresionantes logros. Es decir, que ya estaban ahí, que son más o menos los mismos que trabajaban durante el gobierno Patriota y los anteriores gobiernos. Que no hacía falta contratar a nuevos ni capacitarlos, que ellos mismos podían detener a políticos y jueces, procesar a presidentes y proponer reformas constitucionales.

Lo único que cambio, lo único que ha cambiado fue la voluntad. La caprichosa, antojadiza y escurridiza voluntad de hacerlo. El propósito categórico y firme de apoyar, por todos los medios al alcance, que se tomaran las decisiones necesarias. Y se hizo, con guatemaltecos todos, con los mismos que ya había. Lo que supone que contamos con instituciones realmente capaces de funcionar, pero, que tal y como dice Rigoberto Quemé en una su excelente columna, funcionan para otros intereses (https://www.plazapublica.com.gt/content/estado-fuerte-y-fracasado). Es decir, que no tenemos un Estado fallido, tenemos una sociedad secuestrada. Y lo peor es que, como en el síndrome de Estocolmo, la mayoría se han enamorado de sus secuestradores. Han adoptado para sí sus doctrinas evangelizadoras y sus baratos discursos aspiracionales. Un conservadurismo trasnochado y obsoleto que va desde simpatizar con tiranos del pasado, hasta sentirse gente bien porque se está en contra de la educación sexual y los derechos indígenas o a favor de la pena de muerte. Lo que finalmente se traduce en buscar que te represente el mismo de siempre, que defienden políticas que, por tratar de beneficiar a bien pocos, perjudican a todos.
Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Ignacio Laclériga

Mi nombre es Ignacio Laclériga y observo la realidad desde mi punto de vista como periodista, consultor en comunicación estratégica y académico. Esta serie de ensayos se llama Interpretaciones de la posverdad y con ella intento descifrar nuestra sociedad más allá de las primeras lecturas convencionales.

Como periodista he escrito en Prensa Libre, Plaza Pública o Nómada. He sido catedrático en la Universidad Rafael Landívar por más de quince años.
Ignacio Laclériga
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