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Félix, el lustrador y cortador de café

Él solo espera que llegue su próximo cliente, para comprarse unas tortillas y unos Tor-Trix.

Marcela Gereda

Lo conocí el otro día en una esquina del parque de La Antigua. Venía desde Huehuetenango para cortar café en una de las fincas en las faldas del volcán por las mañanas. Ya en las tardes Félix de nueve años, iba con su hermano a ofrecer lustre a los zapatos de turistas y otros transeúntes despistados. Después de un rato de conversar, me contó que su papá estaba en el Maryland y que su hermana de quince años tenía un hijo de dos.

Escuchándolo reconozco una sociedad y unas políticas que viven de espalda a Félix y los millones de niños como él. Aquí cada día más de diez niñas menores de catorce años dan a luz, y cada día nacen más de mil niños, y además tenemos la tasa de fecundidad más alta de América Latina.

¿Qué futuro real para ejercer la libertad y la creatividad hay aquí para Félix y los niños y jóvenes condenados a hacer aquel y este oficio. Ganarse los centavos entre la caña, el cardamomo, el café. Llevando la leña o lustrando zapatos? ¿Cómo puede ser la vida digna para quienes han nacido marcados y atravesados por el hambre y la falta de oportunidades, cosechando, tirando fuego por la boca, picando piedra, ofreciendo la nada en los semáforos?

¿Cómo es que seguimos reproduciendo un modelo económico en el que los adultos no consiguen trabajo y los niños tienen que trabajar? Esa y otras preguntas me las recuerda Félix. Y otros niños que veo trabajando o con su peso de leña sobre la espalda.

Félix es un niño, que, como muchos en el mundo de hoy no puede ser niño. Está determinado por las tareas cotidianas. Marcado por una piel de niño soportando cargas de adulto. En su ardua rutina que empieza antes de que el sol aclare, desgranando el café y colocarlo en una canasta atada a su diminuta cintura y más tarde preguntar una y otra vez: “shushain amigo”, “lustre don”, “lustre señito” hasta que caiga el sol, ¿cómo puede caber esa noción tan arraigada en nuestras ilustradas élites que una y otra vez se cuentan el cuento de que los “indios son una partida de huevones”.

Al lado de ese mismo parque donde Félix pasa hambre y sueño, los turistas van y vienen entrando y saliendo, se debaten entre tomar cervezas artesanales claras u oscuras, entre pedir una limonada con soda o con agua. A solo unas cuadras de ahí, otros niños más blanquitos y canches juegan a hacer berrinches porque además de la bicicleta quieren el triciclo. Su posición en la sociedad, su educación y su salud está asegurada. Y mientras a solo unos metros de distancia, el pegamento para calmar el hambre sigue siendo alternativa para los valientes portadores de las “cajitas de lustre”. Mientras unos niños se pelean por el Ipad, otros se comparten el pegamento.

Aquí la mayoría de niños casi no tienen derecho a ser niños; poder jugar, soñar, imaginar, inventar, ser y estar, porque ello solo es posible en una economía democrática (incompatible con el oligopolio) capaz de incorporar a las mayorías a condiciones de vida, educación y trabajo dignas. Y esto solo se puede sembrar en familias con medios afectivos y materiales para posibilitarles a los niños crecer en una sociedad en paz y democracia en la que no haya esta salvaje e inhumana desigualdad.

Cuando Félix me dice que su papa está en Maryland y que su ilusión es un día alcanzarlo, Félix no parece saber estar al tanto del muro, ni de un loco a la cabeza del país más poderoso. Él solo espera que llegue su próximo cliente, para comprarse unas tortillas y unos Tor-Trix.

¿Qué pasará con el padre de Félix y con la vida de todos nuestros paisanos que siguen creyendo en una vida mejor?, ¿cómo se le puede escupir así a la esperanza de millones de personas?, ¿desde qué miope óptica puede ser toda esta salvajada defendible?, ¿cuántas muertes más sumarán esta barrera que solo generará más odio, más violencia y más división?, ¿cómo se puede defender (sin padecer las consecuencias) esta política caprichosa e infantil del patético Trump, sin ver que así como las especies, las vidas y las economías también son interdependientes?

Muchas de las miradas de quienes mañana serán adultos en estas tierras están manchadas de shinola negra, surcadas por el sol, agrietadas por el frío y el cansancio.

Hambrientos y harapientos, trabajando de sol a sol, buscándose la vida por aquí y por allá, con la esperanza rota, sobreviviendo, mal viviendo, así seguirán latiendo miles de pequeñas vidas al borde del precipicio.

¿Qué pasará con el padre de Félix y con la vida de todos nuestros paisanos que siguen creyendo en una vida mejor?, ¿cómo se le puede escupir así a la esperanza de millones de personas?

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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