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Anahí Barrett

Capitalizo hoy el mejor regalo que se me haya hecho. El último de mis amantes elegidos es el portador de esta piadosa gema. Un álbum completo de canciones. Folk Rock es la etiqueta. Desnudó ese corazón blando, esa humanidad que, intuyo, lo define. “Yo aceleraba mis pasos, me embriagaba un manto de felicidad, ella sonríe radiante y como es mi ángel me invita a pensar, ¡juro que te anhelo, pero sé que puedo…! ¡hoy sentir que estás aquí! ¡Juro que te quiero, juro que este encuentro…! ¡vivirá dentro de mi vida, vida, vida aquí estoy, ¡la vida, vida es hoy!”. Versos de la canción que nos hizo intuirnos… que nos alzó como un ser híbrido que se conectó décadas después. Versos que despertaron bríos adormecidos en mi. Una desterrada voluntad que me retuvo como una mujer…aún viva.

Nos encontramos en una oscura calle que nos resulta históricamente familiar. No conocía sus ojos color miel con matices de verde mar transformados en mi talismán. Años de verlo, mas nunca notarlo. Al compás de una luna acariciante, su cálida mirada se me instaló en el vientre. Y a partir de allí resurgió una versión de mí que había enmascarado.

Volví a creer en eso que los otros llaman amor. Tres días después, se había apoderado por completo de mis pulsaciones, de mi respiración… de mi psique. Nunca llegué a enamorarme, pero sí a sentir un fresco, auténtico amor por aquel giovane magro. Evoqué la frase de mi psicoterapeuta. Una oración hecha estigma. “¿Crees que un chico de pelo largo, tatuado, rockero puede ser capaz de involucrarse, de comprometerse afectivamente? ¿No sería posible que nuevamente estés decidiendo vincularte a alguien que te drene emocionalmente?

Me sorprendí encontrando respuestas. Alessandro cumplía a la perfección con el perfil fenotípico de un desalmado. Evoqué su frenético cuerpo balanceando su cabellera rojiza mientras las ondas sonoras de Antrax penetraban aquel espacio que compartía con mi crianza. Inmediatamente la luz en mi mirada se tradujo en una pequeña ansia corporal. Un tiempo después, Sandro, Camilo Sesto y Alberto Cortez le hicieron llorar la presencia en ausencia de su madre.

El sol nos descubrió con su puberto pecho posado sobre mis senos. Y nos volvimos a encontrar como la primera vez… despojados del estigma que limita la existencia de lo posible.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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