La entrevista que presentamos a continuación tiene un valor simbólico e histórico por el testimonio que ofrece Ana Borghini, viuda de Manuel Colom Argueta. A lo largo de los años, ella ha sido injustamente invisibilizada. Su nombre suele aparecer apenas como una nota al pie, diluido entre las grandes gestas y las tragedias que marcaron la vida y el asesinato de su esposo. Sin embargo, detrás de esa discreción ha estado siempre una intelectual rigurosa, una jurista formada en la Italia de la posguerra, una mujer que contribuyó tanto a la vida política del país como a la del propio Colom. Borghini fue parte activa del Frente Unido de la Revolución (FUR), donde impulsó especialmente la participación de las mujeres en un tiempo y un país aún más marcados por el patriarcado y el machismo conservador.
Jaime Barrios Carrillo
Esta conversación busca ofrecer una mirada distinta, más humana e íntima, de Manuel Colom Argueta, alejada de los estereotipos que lo reducen a mártir o caudillo. Ana Borghini nos revela aspectos poco conocidos: su complicidad intelectual, las tensiones políticas, las batallas privadas. Borghini fue catedrática de Derecho en la Universidad de San Carlos, elaboró materiales pedagógicos para alertar sobre los peligros del fascismo —cuando hacerlo implicaba vigilancia y hostigamiento—, y debatió abiertamente con su esposo y con los hombres del FUR, quienes, a pesar de sus credenciales socialistas, seguían arrastrando prácticas patriarcales y excluyentes hacia las mujeres.
Gracias a Lorena Colom Borghini, hija de ambos, quien brindó generosa ayuda para hacer posible esta conversación, ha sido posible recuperar parte de esa memoria familiar y política. Lorena recuerda que la relación de sus padres fue profundamente intelectual; que su madre fue tan rigurosa y preparada como su padre; y que detrás de muchos discursos y documentos firmados por Manuel Colom estaba a menudo la mirada crítica y la mano cuidadosa de Ana Borghini.
Esta entrevista es también una forma de honrar la memoria de tantas mujeres que sostuvieron, acompañaron y construyeron, muchas veces en silencio, proyectos políticos que rara vez son reconocidos en la historia oficial. En Ana Borghini encontramos no solo a la compañera de un líder asesinado, sino a una mujer que resistió, a su modo, en medio de las violencias y las injusticias de su tiempo.
¿Cómo conoció a Manuel Colom Argueta? ¿Qué recuerda de aquellos primeros encuentros en Florencia, ciudad que marcó el inicio de su historia juntos?
Conocí a Manuel el 3 septiembre 1958, a la edad de 17 años. Ese año no habíamos todavía ido al mar con mis papás, como todos los anteriores veranos, porque mi papá había tenido un problema en el trabajo. Para entretenerme, yo salía mucho por Florencia, especialmente a ver los museos, porque todos mis compañeros de colegio ya se habían ido de vacaciones. Saliendo de los museos me ponía hablar con los desconocidos sin nunca decir mi nombre real. Ese 3 de septiembre iba por el centro de Florencia con mi bicicleta, cuando pasando por la Plaza de la República, en frente de un quiosco, que existe todavía hoy, noté a este tipo extraño, vestido de una manera rara y diferente a como se vestían los chicos de mi escuela.
Él se me acercó y me dijo: «Ciao, ¿parli? (hola, ¿hablas?)», y yo le contesté: «Certo non sono mica muta (Claro, yo no soy muda)». Manuel, en ese entonces, llevaba sólo tres días de haber llegado a Italia, pasando antes por Roma. Después de este intercambio de palabras empezamos a pasear por el centro de Florencia, y yo no me había presentado con mi nombre real, porque sabía que en unos pocos días me habría ido de vacaciones al mar con mi familia y nunca lo iba a volver a ver. Por mis adentros pensé «fue un gusto conocerte y gracias por el tiempo que paseamos». Además, no quería que un desconocido me conociera, sin contar que en mi casa mis papás me hubieran “matado”. Entonces caminamos y paseamos por el centro. Lo llevé a Santa Croce, al piazzale Michelangelo y otros lugares de Florencia. Ese día que lo conocí yo llevaba tacones y tenía medias y demostraba muchos más años.
El día siguiente, habíamos quedado de juntarnos, me presenté con trenzas y calcetas y Manuel me vio y me dijo: «¿Cuántos años tienes?» Contesté: «17, ¿por qué cabrón?, ¿qué querías hacer conmigo?» «No, no nada», me dijo. Después de aclararnos, empezamos a pasear, sin que yo todavía le dijera mi nombre real, porque yo sabía que una semana después me iba de vacaciones y no pensaba volverlo a ver nunca más: «Arrivederci e grazie (Hasta luego y gracias)».
Algunos días después, con algunos amigos, estábamos caminando y riendo por el paseo marítimo de Viareggio (lugar de mar de Toscana), cuando de repente, ¿a quién veo? Manuel con un amigo venezolano. Me le acerqué y le dije: «Pero, ¿qué haces aquí?» «Ah, son tres días que te estoy buscado», me dijo. Y, le dije, «creías que Viareggio es como el puerto San José en Guatemala. Viareggio es un lugar muy grande y lleno de gente». En ese encuentro le dije mi verdadero nombre, que me llamaba Anna Borghini y que con mi familia estamos pasando las vacaciones en el mar.
Al día siguiente, de nuestro encuentro, lo llevé a la playa y nos subimos en un patino (bote de playa), él estaba todo vestido y con zapatos. Mientras yo nadaba en el mar. Mientras remaba, miraba alrededor con ansia y me decía «tiburón, tiburón» y yo le preguntaba: «¿qué es tiburón?», hasta al fin entendí y le dije: «aquí en el Tirreno no hay tiburones», entonces se sonrió. Desesperado, porque él no se metía al mar porque estaba convencido que había tiburones. Y esta fue la primera palabra que aprendí en español
.¿Qué intereses y lecturas compartían usted y Manuel en esos años? ¿Leían autores como Gramsci o Togliatti?
En los primeros años no compartíamos lecturas. Yo, era una patoja, que cuando conocí a Manuel estudiaba el Liceo Clásico, y en Italia ese tipo de Liceo es considerado lo máximo de la educación, lo mejor y más difícil (tipo de liceo que estudia latín, griego, filosofía, historia, italiano). Yo desde niña leí muchísimo, tanto, que para las Navidades yo siempre pedía que me regalaran libros. Nosotros en el Liceo aprendimos y discutíamos de política, ciencia, de filosofía y yo siempre fui muy curiosa y quería saber más. En el Liceo, Gramsci fue uno de nuestros autores preferidos. Con Manuel empezamos compartiendo lecturas después de que nos casamos. Durante su periodo en Italia, no leí mucho de política, sino más de historia y de urbanística. Muchos de los programas que implementó durante su alcaldía se inspiran a los libros leídos y estudiados en Italia.
Cuando yo lo conocí en 1958, vino a Florencia gracias a una beca de la embajada italiana, para estudiar derecho laboral.
Durante nuestros viajes en los años 60 a Italia, Manuel leyó mucho de derecho administrativo y de urbanística, gracias al amigo de familia el abogado Paolo Barile (gran abogado constitucionalista italiano, ministro, presidente del instituto nacional de urbanística). Esos estudios le sirvieron cuando estuvo en exilio en El Salvador (1965) dando clases de urbanística y fueron la base para los planteamientos en la época de su alcaldía.
Desde que conocí a Manuel, me habló mucho de los problemas políticos, sociales y económicos de Guatemala y yo le hablaba de los problemas que enfrentaba Italia en esa época. Los problemas que nosotros como estudiantes conocíamos como podía ser la independencia de Argelia. En ese mismo periodo estudió y conoció mucho sobre el socialismo europeo. Discutíamos mucho sobre los temas políticos. Me contaba que Guatemala era muy dependiente de los Estados Unidos y que la había invadido en el 54 y eso había destruido el sistema democrático guatemalteco, mientras yo le contaba que estaba enfrentando la Italia de la postguerra.
¿Qué la llevó a tomar la decisión de mudarse a Guatemala con él? ¿Cómo fue su proceso de adaptación al país y a su contexto político y social?
Cuatro años después de que conocí a Manuel, regresó él a Italia para casarse conmigo, mis papás se habían opuesto al matrimonio desde el principio, no pudieron hacer mucho porque yo ya era mayor de edad. Así que nos casamos el 27 de junio de 1962 en la Iglesia de San Miniato en Florencia. Mi papá todavía, mientras me llevaba al altar, me dijo: «Anna, si te arrepientes, no importa, nos damos la vuelta y te llevo a la casa.» Después de la ceremonia mi padre en la casa se me acercó y me dio un dinero y me dijo, «esto es para que compres un boleto aéreo en caso no te adaptes a Guatemala».
Yo soy parte de una generación de mujeres muy independientes y revolucionarias, una feminista, aventurera, anti-reglas. Yo venía de un Liceo y de una universidad europea, con una mentalidad muy abierta, me interesaba conocer nuevos países y personas. Era muy curiosa de conocer sobre Guatemala y de lo que pasaba en ese país. Cuando, en 1962, me mudé a Guatemala fue un shock cultural muy fuerte por la miseria y pobreza. En los primeros tiempos acompañé mucho a Manuel por el país, para mí ver a los niños con las panzas hinchadas, era impresionante, porque la guerra en Europa ya se había acabado y pasado. Yo pertenecía a una familia que no era pobre, de clase media y que estábamos muy bien, yo no estaba acostumbrada a ver tanta pobreza, la miseria, sobre todo en los niños que jugaban por la calle sin zapatos. El choque cultural fue muy fuerte, yo no estaba acostumbrada a «controlarme» cuando expresaba mi opinión, yo hablaba libremente como estaba acostumbrada en Florencia. Cuando me invitaban a las cenas, las señoras «bien» de Guatemala siempre me preguntaban: «¿Cómo te parece Guatemala?» Les contestaba: «bellísimo, pero que lástima que haya tanta miseria, con tantos niños desnutridos y enfermos, y que coman siempre las mismas cosas». Me respondían: «No comen carne ni verduras, porque no les gusta, no están acostumbrados, ellos comen sólo frijoles y tortillas». Ingenuamente les decía: «ah, es como la reina María Antonieta de Francia que le decía a su pueblo: si no tienen pan que coman el brioche, y por eso fue guillotinada». Las señoras, me recuerdo muy bien, se ponían a chismear entre ellas y me definían comunista. Yo en realidad vengo de una familia liberal, mi papá era un liberal, no había sido ni fascista ni comunista, un empresario (constructor) que empezó a trabajar a muy temprana edad y que no tenía mayores estudios. Yo, en esa época, me podría haber definido como una democristiana de izquierda, porque había sido educada en una familia católica, pero con mucha libertad. Mis amigos eran de la izquierda universitaria (Italia) pero yo no me definía comunista, más bien una liberal socialista. Pero en Guatemala siempre me consideraron una comunista.
Cuando me invitaban a las cenas, las señoras «bien» de Guatemala siempre me preguntaban: «¿Cómo te parece Guatemala?» Les contestaba: «bellísimo, pero que lástima que haya tanta miseria, con tantos niños desnutridos y enfermos, y que coman siempre las mismas cosas». Me respondían: «No comen carne ni verduras, porque no les gusta, no están acostumbrados, ellos comen sólo frijoles y tortillas».
La ignorancia sobre definiciones de ideologías políticas no ha cambiado mucho porque en la Guatemala de esa época como la de hoy te siguen tildando de comunista, cuando en realidad no lo eres.
A su llegada, decidió estudiar Derecho en la Universidad de San Carlos. ¿Cómo fue esa experiencia académica y qué la motivó a seguir una carrera jurídica en un país distinto al suyo?
En 1962, cuando me mudé a Guatemala, yo había cursado un año de derecho en la universidad de Florencia. Cuando terminé el Liceo, escogí derecho, porque era una facultad prácticamente solo de hombres, con muy pocas mujeres. Era la época en que las mujeres luchaban para entrar a las facultades de los hombres y tener los trabajos masculinos, para demostrar que eran tan capaces o más que los hombres. Yo, principalmente, por eso escogí derecho, quería demostrar mi capacidad intelectual y que era tan capaz como un hombre. Quería ser juez, pero solo después de varios años, pude serlo en Italia. Yo nunca pensé dejar mis estudios, por mis convicciones y porque se lo prometí a mi papá. Mi papa no quería que me casara, no sólo porque mi novio era guatemalteco y me iba a vivir lejos, sino también porque él quería que fuera una mujer moderna, una mujer con un título y una profesión. Le prometí que el matrimonio no iba ser un impedimento para mis estudios y mi profesión. Así que seguí estudiando derecho en la San Carlos.
Me adapté muy bien al ambiente universitario de la San Carlos, hice muchos amigos, conocí mucha gente inteligente, simpática, cariñosa y estudiaba con ellos. Fue uno de los mejores periodos y experiencias de mi vida en Guatemala. Escogí la San Carlos porque era publica, y no creo que en esa época hubiera otra universidad con la facultad de derecho. Tuve excelentes profesores, la carrera estaba muy bien organizada y programada. Éramos un grupo muy unido. Me gustaba que las clases fueran en la tarde. Conocí mucha gente de izquierda y extrema izquierda. Grandes intelectuales y muy progresistas, que lamentablemente muchos de ellos ya no están, porque fueron asesinados en el periodo de la represión. Cuando llegué a Guatemala yo no hablaba español, pero en tres meses lo aprendí.
Yo no tenía muchos amigos afuera de la universidad. En ese periodo puedo decir que mis amigos fuera de la universidad eran principalmente dos, Ruth de Villagrán (primera esposa de Francisco Villagrán) y Clotilde de Mijangos (esposa de Fito Mijangos). Ruth era mayor que yo, Clotilde era de origen español y francés, daba clases en la Alianza Francesa. Las dos se volvieron mis amigas porque eran parte del círculo intelectual y político de Manuel, en la época del URD.
Conocí mucha gente de izquierda y extrema izquierda. Grandes intelectuales y muy progresistas, que lamentablemente muchos de ellos ya no están, porque fueron asesinados en el periodo de la represión. Cuando llegué a Guatemala yo no hablaba español, pero en tres meses lo aprendí.
Al volver a Italia, tuvo que convalidar sus estudios casi por completo. ¿Qué significó para usted volver a estudiar Derecho y llegar a ejercer como jueza en su país de origen?
Yo regresé a Italia después de la muerte de Manuel en 1979. Al regresar empecé a trabajar en la empresa de la familia, una constructora, pero al mismo tiempo, volví a empezar a estudiar derecho en la universidad de Florencia, porque yo quería hacer las equivalencias de mi título guatemalteco, para poder al fin llegar a ser jueza. Por eso me volví a graduar, después de haber hecho muchos exámenes, porque no me reconocieron las clases que había aprobado en Guatemala. Tuve que volver a preparar las clases más importantes como derecho civil, penal, trabajo, etc., Después me gradué con Paolo Barile, y me preparé para aplicar al concurso de juez, que logré pasar y así poder ejercer la profesión de juez de paz y hacer el trabajo que siempre quise hacer, desde que me había inscrito a la facultad de derecho en 1960.
¿Cómo vivió el asesinato de Manuel Colom Argueta en 1979? ¿Qué impacto tuvo no solo en su vida personal, sino en su comprensión de la violencia política en Guatemala?
El asesinato me abrumó de dolor. Decidí que mis hijos se fueran a Italia y por lo tanto regresarme pronto a vivir a mi país. Esta decisión también la tomé porque el obispo de Guatemala, después de la muerte de Manuel, me fue a ver a la casa y me dijo: «Usted es muy joven y puede volver hacer su vida. Muchas señoras me han venido a ver y me dijeron que usted es comunista y que el pobre Manuel se dejó llevar por sus locas ideas, por lo tanto, es un bien que se regresé a Italia, porque aquí va a vivir en mundo peligroso y arriesgando su vida».
Yo sabía desde hace mucho tiempo que iban a matar a Manuel, tuve esta premonición, visión. El domingo antes de que lo asesinaron (fue un jueves) estábamos en el balneario Likin, regresando de un paseo por la playa con una amiga italiana, vi a Manuel muerto en la hamaca en vez de verlo dormido como en realidad estaba en ese momento. Lo desperté, yo estaba muy preocupada e impresionada, y le dije «Manuel te van a matar». Él no entendía que es lo que le estaba diciendo, solo me decía «¿por qué me despertaste?», y yo le insistía «porque te vi muerto».
El día que mataron Manuel me lo dijeron en la panadería de Vista Hermosa, donde pasábamos a comprar el pan todos los días. Una señora, que estaba allí, se me acercó y me dijo: «señora usted no sabe que su marido está muerto». Por lo tanto, para mí fue un choque terrible, el mundo se me vino abajo. Llegué a mi casa y ahí ya todos lo sabían.
Me quedé en Guatemala unos meses más después de su muerte, empaqué y mandé a Italia muchas cosas de mi casa, alquilé la casa, organizando todo lo necesario para mi regreso a Italia. Los primeros tiempos en Italia tuve una gran depresión, empecé a trabajar en la empresa de familia. Poco a poco fui recobrándome.
¿Qué hizo usted después del asesinato? ¿Qué caminos siguió para reconstruir su vida y mantener viva la memoria y el legado de su esposo?
Después de la muerte de Manuel, me dediqué por varios años, en Italia y en Europa, a dar conferencias, presentaciones sobre lo que estaba pasando en Guatemala, las ideas políticas de Manuel y lo que había sido mi vida con él. Participé activamente con varias asociaciones italianas, con Amestoy International, el partido social demócrata internacional.
¿Cuáles son sus intereses culturales y literarios personales? ¿Ha seguido escribiendo, leyendo o reflexionando sobre política, derecho o arte a lo largo de los años?
Sigo siendo una gran lectora, como lo he sido toda la vida. Amo la literatura italiana. Leo en promedio 3 o 4 libros por semana, de por lo menos 400 páginas. Mi género literario preferido son los thrillers, me encantan los escritores nórdicos, especialmente los suecos, me he leído todos los libros que han escrito. Otros intereses a mi edad no tengo, no me interesa nada más, quiero vivir en paz, y no reflexionar sobre lo que está pasando en el mundo. Ya viví suficientes tragedias en mi vida e hice muchos sacrificios. Lo que pasa en la actualidad en el mundo sólo me pone de mal humor.
Me quedé en Guatemala unos meses más después de su muerte, empaqué y mandé a Italia muchas cosas de mi casa, alquilé la casa, organizando todo lo necesario para mi regreso a Italia. Los primeros tiempos en Italia tuve una gran depresión, empecé a trabajar en la empresa de familia. Poco a poco fui recobrándome.
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Fuente: [Entrevista a Ana Borghini, memoria viva de Manuel Colom Argueta – eP Investiga]
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