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Entre la razón y el abismo

Gerardo Guinea Diez
gguinea10@gmail.com

Nació en Guadalajara, México, en 1962, productor y locutor de radio en sus inicios, ahora es uno de los escritores más reverenciados de la novela de terror. Interesado en el lado oscuro del alma humana, Bernardo Esquinca tiene algunas raíces en Puerto San José, en Escuintla, Guatemala.

—Según Wikipedia, algunos teóricos distinguen entre el horror y el terror. El primero provoca sensaciones físicas, y el segundo, ideas y especulaciones. ¿No te parece que esta definición, en sí misma, ya de por sí produce estremecimientos?
Yo tenía entendido que el horror se refiere a lo “real” (asesinos, acosadores, etc.) y el terror tiene que ver con lo sobrenatural (vampiros, hombres lobo, zombies). Pero me parece que ambas palabras se refieren a lo mismo: a esa sensación que nos paraliza ante la amenaza.

—Lovecraft afirma: “El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo desconocido”. ¿En tu libro Demonia qué hay, miedo, misterio, horror a lo desconocido?
Todo eso junto, supongo. En el libro prevalece una idea central: la de que el miedo es un virus que se contagia. Y también la de que la locura es el más grande enemigo de la mente del hombre contemporáneo, siempre pisando el umbral entre la razón y el abismo de lo inexplicable.

—Existen monstruos arquetípicos, Frankenstein, el Conde Drácula y Dr. Jekyll y Mr. Hyde. ¿Cuáles serían los tuyos?
El Gran Dios Pan, de Arthur Machen, que se esconde en los bosques, entre las ruinas romanas, para recordarnos el poderoso lado oscuro del folklore.

—¿Dónde está la frontera entre Edgar Allan Poe y Stephen King?
Poe fue el creador del cuento moderno. Hay un antes y un después con él. Todos los que han hecho terror desde entonces vienen de allí. De Lovecraft a King, pasando por Richard Matheson y Clive Barker. No se puede entender a todos ellos sin las bases que Poe creó.

—¿Bram Stoker o Mary Shelley?
Ambos fueron gigantes y crearon monstruos inmortales que nos siguen hechizando más de 100 años después. Y no solo eso, sino que también crearon artefactos narrativos muy interesantes para su época. Me quedo con los dos.

—¿Por qué ese regusto por lo macabro y lo gótico en muchos lectores?, ¿no es suficiente con la realidad de América Latina?
Yo diría que “precisamente” por la realidad. No se trata de escapar de ella, sino de refugiarnos en la cueva de la literatura sobrenatural, para ahí lamer nuestras heridas, y salir fortalecidos a enfrentar el verdadero horror de la vida cotidiana.

—Entre los autores contemporáneos, ¿cuáles son los que han logrado tener voz propia y aportar nuevas miradas sobre el terror?
La rusa Anna Starobinets, el sueco John Ajvide Lindqvist, el inglés Adam Nevill, el japonés Koji Suzuki y el estadounidense Thomas Ligotti. Con ellos, las pesadillas gozan de muy buena salud.

—“Cada época tiene su canon de belleza: el canon que rige ahora es el matrimonio del bisturí con la carne; incluso en los medios de comunicación existen programas y Reality Shows en los cuales la gente se opera y se ve todo el proceso de su intervención”, afirmaste en una vieja entrevista a propósito de tu novela Belleza roja. Una definición con atmósfera siniestra, muy cerca, como dices, a la prospección apocalíptica. ¿Por qué?
Cuando escribí la novela en 2002, estaba muy interesado en esos fenómenos extremos, como la modificación corporal, que por supuesto es algo que ocurre desde la antigüedad o en las tribus aborígenes, pero que hoy en día es un síntoma característico de las sociedades contemporáneas, tan voyeristas como autodestructivas, y que en la metáfora de la novela sirve para señalar un posible apocalipsis del cuerpo.

—“Mis más grande miedo es a la locura”, afirmaste a Milenio en noviembre pasado. ¿Tus miedos alimentan tu obra?
Todo el tiempo. Por ejemplo, los insectos, que aparecen constantemente en mi obra. Lo interesante es que he descubierto que esos miedos no son individuales, sino que son compartidos por mis lectores. Se ven reflejados en ellos, que es uno de los propósitos de la literatura de terror: ser el espejo oscuro en el que podemos mirarnos.

—“Las enfermedades mentales son una adaptación darwiniana a lo que viene”, agregas en esa misma entrevista. ¿Qué viene, Bernardo?
Es una frase de J.G. Ballard, mi autor favorito. No lo sé, pero espero que se esté reflejando de alguna manera en mi literatura.

—¿Qué libros deberían leerse un día de Hallowen?
Textos que nos conecten con los ritos y las presencias ancestrales. Halloween tiene su origen en una antigua celebración celta de la cosecha, en la que se borraba la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos, pero ahora todo se resume en fiestas de disfraces y niños exigiendo dulces. Pienso en Los sauces, relato de Algernon Blackwood o en el ensayo La diosa blanca, de Robert Graves.

—¿Qué películas?
The Wicker Man, que habla justo de lo que menciono en la respuesta anterior: cómo el mundo pagano toma revancha de los que han dejado de creer en él.

Gerardo Guinea Diez
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