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Entre la izquierda viable y la izquierda necesaria

Edgar Celada Q.
eceladaq@gmail.com

En el vecindario derecho de nuestro provinciano, rudimentario y árido espectro ideológico-político hay fiesta. Festejan, según se ve, el presunto regreso del péndulo en Sudamérica.

La algarabía mayor se produjo ayer lunes, por el resultado de las elecciones legislativas del domingo en Venezuela. Dos semanas antes habían expresado su regocijo por la victoria de Mauricio Macri en la elección presidencial del 22 de noviembre en Argentina, y a los poquitos días no ocultaban su gozo por la posibilidad de un juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff, en Brasil.

“Cabal”, decimos con mucha frecuencia en Guatemala: a primera vista y a juzgar por los acontecimientos en esos tres países, en el sur del continente americano el péndulo político parece empezar a moverse desde la izquierda hacia la derecha.

Edgar Celada

Pero, ¡cuidado! Puede que el festejo se esté anticipando más allá de lo prudente y, sobre todo, que se adelanten conclusiones triunfalistas-fatalistas, por parte de quienes se creen, a pie juntillas, eso de los movimientos pendulares en la historia.

Desde este lado del vecindario, el izquierdo, no cabe para nada el ninguneo de la significación política que, para los proyectos progresistas, tienen los remezones observados en aquellos tres países. Cada uno de ellos tiene un simbolismo propio, un peso específico en la geopolítica sudamericana, así como particularidades de sus propios proyectos posneoliberales.

Si bien hay un trasfondo económico que aparece como denominador común en los tres casos, la naturaleza económica, social y política de las crisis allí detonadas debe mucho a la propia historia de los partidos y movimientos que impulsaron esos proyectos posneoliberales, a los cuales inercialmente se los encuadra en la izquierda, borrando o pasando por alto, muchas veces, las diferencias entre ellos.

En efecto, entre el Partido de los Trabajadores de Brasil; la izquierda del Partido Justicialista en Argentina, y el Partido Socialista Unificado de Venezuela, hay no solamente historias políticas particulares, tanto de sus formaciones orgánicas como de sus líderes, sino también diferencias por el origen social de sus bases, las tácticas de lucha y los objetivos estratégicos de cada uno de estos partidos.

De manera que resulta precipitado, por decir lo menos, deducir de sus derrotas electorales y parlamentarias la formación de una corriente de alcance continental, o tal vez sudamericana. Sí es evidente, en cambio, el inicio de un nuevo período de intensificación de la lucha de clases, en esos y otros países sudamericanos, porque desde el campo opuesto, el de las transnacionales, las oligarquías autóctonas y los poderes imperiales, puede leerse esto como victorias de la restauración.

¿Hasta dónde pueden dar marcha atrás los procesos económicos, sociales y políticos en esos tres países? Dependerá de la capacidad de las fuerzas progresistas de cada uno de ellos de leer autocríticamente su experiencia, recordar que el adversario no duerme y replantear sus objetivos estratégicos.

Acaso la respuesta se encuentre en la idea planteada hace pocos días por el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera: “El continente está ante una disyuntiva: o profundizar los procesos revolucionarios desde adentro o el regreso de la derecha, solo hay dos caminos”.

Pero, ¿qué hacer en países como Guatemala, donde el péndulo sigue sin volver por más de 60 años, donde la derecha ha tenido habilidad para recomponerse y “caer parada”, aun después de una crisis tan grave como la vivida en 2015?
En Sudamérica, la cuestión se resolvió en términos de una izquierda viable y de una izquierda posible, nacida de las particularidades de cada país, donde hubo una lectura apropiada de las demandas de la sociedad en cada nación, las correspondientes propuestas programáticas y, decisivo, la construcción de estructuras orgánicas, de partidos y movimientos, capaces de convertir la propuesta estratégica en voluntad popular mayoritaria.

En Guatemala tuvimos, durante 2015, la prueba viviente de la energía social acumulada y de la voluntad de cambio de una gran parte de la sociedad. Sigue haciendo falta, es verdad, la propuesta programática nacional-popular y, sobre todo, siguen ausentes las expresiones organizativas de las clases y las capas sociales que forman el pueblo guatemalteco. En primer lugar, el partido de las y los trabajadores, cuya construcción (o si gusta, reconstrucción) sigue siendo una tarea pendiente.

Si en Sudamérica la cuestión se planteó en términos de izquierdas viables y posibles, en Guatemala la tarea es construir la izquierda necesaria.

Hay camino andado y hay desafíos inaplazables. De lo contrario, habremos de conformarnos con contar que aquí, alguna vez hubo una primavera violentada, y después tuvimos una primavera secuestrada.

Edgar Celada Q.
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