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Entré al mundo de los libros de la mano de mi padre

Literalmente, mi entrada al mundo de los libros fue de la mano de mi padre. Recuerdo acompañarlo de chico a sus ‘diligencias’ en Santiago de Chile y Ciudad de México, que generalmente comenzaban por una visita a la oficina central de correos. Mi padre mantuvo una gran actividad epistolar hasta sus últimos días, y la dinámica del intercambio con colegas intelectuales y políticos, amigos y familiares, marcaba de forma importante la rutina de sus días.

Bernardo Arévalo

El encanto de las viejas librerías se mantiene intacto. FOTO: FLICKR, ÁLVARO IBÁÑEZ

El encanto de las viejas librerías se mantiene intacto.
FOTO: FLICKR, ÁLVARO IBÁÑEZ

Estas salidas incluían –sin falta– un lustre de zapatos en la Plaza de Armas o en La Alameda, y un té con limón en algún café de los alrededores. Pero era la última estación de este recorrido lo que más me motivaba a acompañarlo en sus andanzas. Bibliófilo, mi padre acudía regularmente a las grandes librerías a revisar las novedades editoriales, o a buscar en las librerías de segunda mano algún título que necesitara para sus escritos. Pasillos, anaqueles y mesas repletas de libros son parte del amueblado de mis recuerdos de infancia, en los que las grandes librerías se confunden con las ventas de libro viejo. Imágenes de la estructura de vidrio de la Librería de Cristal en La Alameda mexicana se entremezclan con las de los estrechos pasillos de las librerías de viejo de la santiaguina calle de San Diego.

Cruzábamos el umbral de unas y de otras de la mano, padre e hijo, para luego dirigirse cada uno a sumergirse en su propio mundo de papel. El suyo estaba construido de volúmenes de política, historia o pedagogía; el mío, de cuentos, aventuras y novelas cuya porción ilustrada iba bajando con los años. No sé cuánto tiempo pasábamos adentro; a esa edad el tiempo es un elástico que se encoge y estira de acuerdo al ánimo. Página a página yo me iba sumergiendo en ese mundo hasta que, sin sentirlo y siempre prematuramente, llegaba la hora de retirarnos. Pero el trauma del retorno a la realidad era aliviado con el libro que invariablemente me llevaba bajo el brazo.

La relación de mi padre con su biblioteca era de leyenda. Parte inevitable de su exilio, que era el nuestro, fue la migración periódica al encuentro del próximo trabajo: de Montevideo a Caracas, de Caracas a México, de México a Santiago, de Santiago a México… vida trashumante en que la única certeza familiar era que la biblioteca de mi padre –la que hoy está en una sala de la Biblioteca Nacional– iría por delante. Recuerdo, ya de regreso en Guatemala, los recuentos que mi madre hacía, entre resignada y orgullosa, de los distintos artículos del menaje familiar –medallas de su sacrificio– que se habían quedado regalados en el camino: el tocadiscos y la colección de tangos en Montevideo; alguna vajilla y sus cuadros en Caracas; el piano donde mi hermana recibía lecciones en Santiago. El dinero alcanzaba para viajar con lo imprescindible, y dentro de esa categoría sólo entraban la ropa y su biblioteca.
Todavía recuerdo las jornadas de cuidadoso empaque de libros que mi padre hacía personalmente, y en las que me concedía el privilegio de ayudarlo: agrupados en rimeros de diez centímetros de altura, registrados uno por uno en una lista, envueltos en hojas de papel periódico primero y después en folios de papel manila en los que, con plumón grueso, se anotaba el número con que quedaba registrado en el inventario, para terminar amarrándolo con doble vuelta de cáñamo y nudo zapatero también doble. Con el tiempo también algunos de mis libros se ganaron un espacio en el traslado, en paquetes cuya preparación quedaba a mi cuidado. Los títulos que yo tenía era lo de menos; se podrían haber comprado en cualquier lado y probablemente saldría más barato que pagar por su traslado. Pero mi padre fomentaba y recompensaba mi amor por la lectura y los libros respetando la importancia que yo le daba a mi pequeña biblioteca infantil, algunos de cuyos volúmenes amarillos y desportillados, sobrevivientes de sucesivas migraciones, siguen guardando polvo en los anaqueles de la casa de mi madre.

La relación de mi padre con su biblioteca era de leyenda. Parte inevitable de su exilio, que era el nuestro, fue la migración periódica al encuentro del próximo trabajo: de Montevideo a Caracas, de Caracas a México, de México a Santiago, de Santiago a México… vida trashumante en que la única certeza familiar era que la biblioteca de mi padre…

La de mi padre era una gran biblioteca, que cubría los campos del conocimiento en los que él se movía: filosofía, pedagogía, historia, ciencias sociales y –un amor de adolescencia al que nunca renunció completamente– literatura. Para mi padre y su generación –y todavía la mía, hasta hace algunos años– las dudas de orden intelectual sólo podían resolverse acudiendo a los libros. Construirse una biblioteca personal era requisito básico para quien se ocupaba en menesteres intelectuales, tanto por necesidad profesional como por inquietud personal. En mi padre fueron ambas: maestro, profesor universitario, consultor de organismos internacionales en temas pedagógicos, escritor y lector empedernido, su biblioteca era fuente de conocimiento en la que abrevaba recurrentemente, y que se expandía a medida que su curiosidad y su acuciosidad lo llevaban a seguir investigando. No era la suya una biblioteca de adorno, con anaqueles repletos de volúmenes decorativos ordenados por el tamaño del libro y el color de su lomo. Tampoco era la de un coleccionista dedicado a acumular libros antiguos, primeras ediciones o curiosidades editoriales. Se trataba de una biblioteca de trabajo, que ocupaba las paredes de una pieza en cuyo centro colocaba su escritorio, a la que no tenían acceso más que los miembros de la familia. En ella se refugiaba disciplinadamente durante largas jornadas de trabajo en las que se levantaba de su máquina de escribir –en la que repicaba a dos dedos cartas, memorias, conferencias– para recorrer sus anaqueles y leer sus libros corroborando un dato, verificando una fecha, saliendo de una duda.

La biblioteca de mi padre marcó, además, la dinámica de las reuniones familiares. De regreso en Guatemala para mi adolescencia, y como mis hermanos mayores ya estaban estudiando afuera, la familia se lograba reunir en pleno únicamente durante las fiestas navideñas. Temporada de almuerzos y cenas con sobremesas interminables, animadas discusiones sobre mil y más temas –cualquiera era buena excusa– en los que cada uno de nosotros argumentaba con pasión y datos que terminábamos por corroborar en alguno de los libros de la biblioteca: desde el inefable diccionario de la Real Academia –siempre en el lugar privilegiado del escritorio de mi padre–, pasando por los volúmenes de alguna enciclopedia, hasta un libro relevante para el tema que se estaba discutiendo y que había que saber escoger para salir victorioso del fraterno concurso.

No era la suya una biblioteca de adorno, con anaqueles repletos de volúmenes decorativos ordenados por el tamaño del libro y el color de su lomo. Tampoco era la de un coleccionista dedicado a acumular libros antiguos, primeras ediciones o curiosidades editoriales. Se trataba de una biblioteca de trabajo, que ocupaba las paredes de una pieza en cuyo centro colocaba su escritorio, a la que no tenían acceso más que los miembros de la familia.

Hace poco, mi hermano mayor comentaba con amargura fingida sólo a medias que, ahora que todo se puede consultar por internet sin levantarse de la mesa gracias a los teléfonos celulares, las reuniones familiares han perdido buena parte de su gracia. De hecho, la función de las bibliotecas se ha ido transformando gracias a internet. Lo que antes había que resolver mediante búsquedas que a veces podían tomar varios días o semanas en la biblioteca familiar, visitando alguna biblioteca pública o universitaria, o tratando de encontrar el título adecuado en una librería, hoy se puede resolver en minutos. No me refiero a la información no siempre confiable de las enciclopedias en línea –como la Wikipedia–, sino a la disponibilidad de bibliotecas digitalizadas enteras, y colecciones de revistas académicas y publicaciones en línea en cualquiera de las ramas del conocimiento humano. Buscadores como Google Scholar o SciELO, y programas como Academia o Questia, permiten acceder a información más variada y más rápidamente de lo que nos era posible imaginar hace veinte o treinta años.

Durante mis estudios de licenciatura y de maestría, mis investigaciones académicas requirieron largas horas invertidas en los pasillos silenciosos de las bibliotecas universitarias, sentado en el piso al pie de los anaqueles revisando libro tras libro, buscando cuidadosamente las referencias bibliográficas que luego había que ir a localizar en las pequeñas tarjetas del fichero, esperando que lo tuvieran disponible en alguna de las bibliotecas de mi universidad o de las bibliotecas de las otras universidades conectadas a la red inter-universitaria, que me podían hacer llegar al término de algunos días.

Ya para el doctorado la rutina era diferente: el paseo por los pasillos de las bibliotecas fue sustituido por largas horas enfrente de la pantalla de una computadora, conectado a alguno de los buscadores mencionados y seleccionando artículos de revistas especializadas en una variedad muchísimo mayor que la que existía en las bibliotecas de mi muy bien surtida alma mater. Si había un libro que resultaba imprescindible y no existía digitalmente, lo encargaba a Amazon o alguna de las otras librerías en línea. De hecho, gracias a este sistema pude acceder a libros que se encontraban fuera de circulación desde hacía rato, y que habían ido a parar a alguna de las librerías de segunda mano de alguna ciudad europea o norteamericana, ahora ya casi todas articuladas a las redes globales de comercio. Lo único que necesitaba era mi código de acceso universitario, llave que abría bóveda tras bóveda virtual de publicaciones digitalizadas. Nunca ha habido librería más grande en la historia que la que reposa en esos anaqueles de existencia intangible.

Recuerdo que hace una década aproximadamente, cuando se comenzó a difundir comercialmente el libro electrónico, muchos se apresuraron a pronunciar oraciones fúnebres y escribirle epitafios a libros físicos, librerías y editoriales. Parecía que los libros de papel, impresos con tinta, cosidos con hilo o pegados con goma y empastados en cartón, cuero o tela, desaparecerían para dejar paso a volúmenes virtuales de tintas electrónicas e lustraciones digitales que uno podría llevar consigo a cualquier lado –bibliotecas completas– dentro de las discretas dimensiones de una ‘tableta’ electrónica.

Un sueño, sin duda, pero imperfecto al menos para quienes –como yo– todavía disfrutamos de la sensualidad de tomar un libro entre las manos, sentir su peso al abrirlo, juzgar la calidad de su papel o la belleza discreta de su diagramado. O todavía gozamos con el paréntesis de tiempo que se abre cuando recorremos los pasillos de una librería, buscando títulos un poco al azar, acariciando sus páginas una tras otra para ver si nos ‘convencen’, dejándonos seducir por sus contenidos, sus colores y sus formas…

Enamorado del libro físico, y maravillado con el acceso a material en-línea, he terminado con dos bibliotecas: una, muy modesta, de libros físicos que han sido imprescindibles para mis trabajos –académicos y profesionales– y otra, más grande, compuesta de volúmenes electrónicos –libros, artículos académicos y de prensa, blogs, declaraciones, etc.– que he ido acumulando con el tiempo. Trabajo con ambas: disfruto el poder consultar un libro o un artículo impreso y hacer las anotaciones con lápiz en los márgenes o subrayar sus mejores líneas. Y me encanta la agilidad y la rapidez del trabajo de investigación con material virtual; esa posibilidad de recorrer en segundos la distancia entre bibliotecas y librerías que antes podía tomar días o semanas. Uso las dos; no renuncio a ninguna.

Tal vez ese es el futuro: la existencia del libro en formatos múltiples, con posibilidades distintas y complementarias. De la misma manera como la fotografía no terminó con la pintura, ni el cine con la novela escrita, ni internet con la televisión o la televisión con la radio, el libro crece, se reproduce y se multiplica de distintas maneras hoy en día. No sólo permitiendo la opción de darle formato digital a obras escritas en tecnologías tradicionales, sino también convirtiendo en libros físicos obras que ya son escritas con formato digital, como los famosos ‘blogs’ que comienzan a competir con los ensayos, y los ‘keitai shosetsu’ japoneses –‘novelas de teléfono celular’, literalmente– que son escritas como brevísimas entregas literarias emitidas desde teléfonos celulares que luego terminan reunidas en un volumen.

En cinco décadas que tengo de lector, las formas y las rutinas alrededor del libro han ido cambiando. Ha sido un privilegio comenzar el camino por los pasillos físicos de la sección infantil de las librerías santiaguinas o mexicanas, y poder continuarlo hoy alternando entre los depósitos físicos y los depósitos virtuales de un conocimiento global capturado en una tecnología que, en esencia, sigue siendo la misma. Porque la tecnología verdaderamente revolucionaria en realidad no se encuentra en la prensa de Gutemberg que desplazó a los escribas medioevales, o en los formatos electrónicos que complementan a los libros de papel y tinta impresa. La verdadera tecnología genial es la de un objeto que tiene la capacidad de capturar en forma tangible, portable y duradera lo que no tiene existencia física real: las ideas, las impresiones, los sentimientos, el conocimiento… es decir, el libro en sí, más allá del medio físico o virtual en que se reproduce. Una tecnología –y un mundo– que fue regalo de mi padre, de cuya mano continúo recorriendo bibliotecas y librerías.

Fuente: [https://nomada.gt/entre-al-mundo-de-los-libros-de-la-mano-de-mi-padre/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Bernardo Arévalo de León
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