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Ser mamá es volver a ser niña y volver a reaprender el mundo. También es reinventar nuestra relación con nosotros mismos, con los otros y con el mundo.

Marcela Gereda

Es siendo mamá cuando más mamífera me he sentido. Y ha sido también al ejercer y practicar la maternidad que siento tan latente y viva mi relación con la tierra y con toda forma de vida, es ahora que veo la inmensa importancia de enseñar a los pequeños a amar el planeta y por ello empleo tiempo en ello. A la vez me pregunto cómo es que cuando era niña no existía asignatura para aprender a amar y conocer desde el amor el planeta que habitamos y a todos los seres en este.

A pesar de no haber recibido educación medio ambiental como asignatura, tuve la suerte de haber entablado amistad con Sister Kim, la bibliotecaria del colegio, y acompañarla por caminatas entre los árboles.

A ella le debo en gran medida mi relación con la naturaleza, se detenía a contemplar árboles, flores, insectos. Nunca caminar tan lento fue la más grande de las aventuras. Cada breve y delicado pasito junto a Sister Kim, era una conquista de aprender del mundo natural.

Ella era una misionera de Maryknoll que venía de Brooklyn, venía de esa década de los sesenta, de Woodstock, y Beatles, justo cuando Estados Unidos lanzó una intensa campaña de penetración pentecostal con el fin de frenar el avance de la Teología de la Liberación y la correspondiente tendencia por la opción preferencial por los pobres y la acción política. Ella se instaló en el colegio con su lucha teológica definida, recogía troncos y hojas secas, abría su alma irredenta a algunas de nosotras.

Hoy veo a muchos niños atados a las tablets y videojuegos. Veo cómo algunos centros educativos en lugar de dejar los bosques, construyen grandes planchas de cemento para que los niños jueguen y pienso en cómo nos vendieron la falsa idea de que el cemento es sinónimo de desarrollo y modernidad. Hoy hay suficiente evidencia científica que demuestra que el contacto de los niños con la naturaleza debe ser cotidiano y que también que es el amor por el mundo que hará que cuidemos de él. La infancia es la etapa de la vida del ser humano en la que se construye su vínculo con el entorno natural.

La nueva Pedagogía verde habla de la necesidad de forjar una nueva cultura centrada en la vida y enraizada en la tierra. Si queremos futuro para el planeta y para nosotros, debemos (además de reducir la tasa de natalidad) establecer como política de educación pública el amor por el planeta. Nuestra salud y nuestro bienestar depende de los árboles, de los bosques, de los ríos y océanos. Guatemala, tierra de bosques, de una frondosidad y espesura indecible; “la latitud de la flor y del granizo”, donde florece todo el año, hoy se enfrenta a tristes ecocidios, a deforestaciones masivas, 95 por ciento de ríos contaminados, 95 por ciento de nuestra agua desperdiciada en aguas residuales, extinciones de especies, quema y tala de bosques, y un lamentable etcétera.

Nuestras municipalidades parecen estar lejos de comprender la estrecha relación que existe entre el cuidado del ambiente y de sus espacios y la salud y el bienestar de los ciudadanos. El ecologista senegalés Baba Dium desde los sesenta dijo: “protegeremos solo lo que amamos, amaremos sólo lo que entendemos y entenderemos sólo lo que nos enseñaron” . Enseñar a amar el planeta es uno de los grandes desafíos de este siglo sobre enseñar a los niños el cuidado del ambiente, dice la pedagoga y educadora ambiental Heike Freire: “lo más es importante es acompañar a los niños en el desarrollo de su conciencia ecológica, partiendo de los sentimientos de amor y cuidado al planeta con los que todo niño y toda niña vienen al mundo.

Si les ofrecemos entornos adecuados donde puedan estar en contacto con la naturaleza cada día, desarrollar su sensorialidad, su capacidad de movimiento, observar, explorar, descubrir, arriesgarse, correr aventuras y vivir experiencias mágicas, estaremos contribuyendo a fortalecer su vínculo, a ampliar su capacidad de empatizar con las demás formas de vida, de percibirlas como compañeras de viaje e incluso como parte de ellos mismos. Con el tiempo, integrarán y defenderán estos valores que habrán vivido y practicado: sentirán la tierra como una extensión de ellos mismos, la cuidarán y la defenderán. Si cargamos las tintas en la culpa por lo que nuestra especie está haciendo al planeta y el miedo a las previsibles consecuencias desastrosas para nosotros, les transmitiremos esos sentimientos, además de una sensación de impotencia, y tenderán a evitar la cuestión para no sentirlos. Hay que favorecer en ellos el amor al planeta, antes de pedirles que lo salven”.

A veces en mis sueños vuelvo a caminar junto a Sister Kim y a los árboles que tanto le gustaba contemplar, vuelvo a sentir el olor del ciprés llenando la atmósfera de una humilde y serena lección de amor.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt]

Marcela Gereda
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