El destierro guatemalteco

Eduardo Halfon

EL POETA Y NARRADOR GUATEMALTECO EDUARDO HALFON, DEL QUE LA EDITORIAL PRE-TEXTOS ACABA DE PUBLICAR LA PIQUETA, ANALIZA LA LITERATURA QUE SE HACE EN ESTOS MOMENTOS EN SU PAÍS Y SUS RAÍCES MÁS SOBRESALIENTES SIEMPRE CONDENADAS A ARRAIGAR EN EL EXILIO.

Uno

Cuando hace unos años le conté a un amigo fotógrafo que me mudaría a La Rioja, en España, él me respondió, sonriendo, no sé si bromeando, que finalmente escribiría yo algo sobre Guatemala. Me marché sin entenderle. Viví en un bello pueblo de La Rioja llamado Matute, en un antiguo y paupérrimo cuartel de la guardia civil española, entre viñas y huertas y zorros y la magnífica Peña de Tobía 3/4 y ni modo, finalmente escribí sobre Guatemala.

Dos

El modernista y bohemio guatemalteco Enrique Gómez Carrillo —nacido Gómez Tibie, hasta cansarse de su apodo: el «Comestible»-, escribió sus floridas estampas y crónicas sobre Guatemala desde París. Miguel Ángel Asturias escribió su versión de Guatemala, de los mitos y las leyendas de Guatemala, también viviendo en París. Ambos, Asturias y Gómez Carrillo, quedaron allá, sepultados en el cementerio Pére Lachaise. Augusto Monterroso fabuló su Guatemala desde la colonia Cuauhtémoc, en México. Mucha de la obra de Luis Cardoza y Aragón, de su poesía y sus espléndidas reflexiones sobre Guatemala, fue escrita en el exilio mexicano, en Coyoacán, donde vivió y falleció y fue sepultado. Mario Payeras, escritor y dirigente guerrillero, escribió y publicó toda su obra en México; sus restos, tras ser enterrados en un cementerio del sudeste mexicano, fueron robados y desaparecidos. Rodrigo Rey Rosa siempre será el guatemalteco en Tánger. Dante Liano aún narra sobre Guatemala en su hogar en Milán, Italia, donde vive y trabaja desde los años setenta. Francisco Goldman escribe sobre la política guatemalteca desde la distancia, incluso desde otra lengua, en su buhardilla de Brooklyn. Una de las novelas guatemaltecas más importantes de las últimas décadas, El tiempo principia en Xibalbá, fue publicada por el escritor kaqchiquel Luis de Lión desde el destierro más lejano: el postumo. En 1984, Luis de Lión fue secuestrado, torturado durante veinte días y luego asesinado por los militares, dato que sólo se supo hasta quince años después, en 1999, cuando su nombre y asesinato apareció en la lista del llamado Diario Militar, documento tenebroso de guatemaltecos desaparecidos por las fuerzas de seguridad entre agosto de 1983 y marzo de 1985. En esa lista, Luis de Lión, nacido José Luis de León Díaz, es el número 135.

El hombre, según Aristóteles, sólo puede crear sus obras, su poesía, su arte, desde la distancia.

Tres

Hace poco, de vuelta en Guatemala, visité un taller de carpintería en el barrio conocido como Ciudad Vieja. El carpintero, un anciano canoso cuyo nombre no recuerdo, abrió el portón, me saludó con una mano astillada y rugosa, y me invitó a pasar adelante. Todo allí dentro se sentía apretado. Olía a sudor, a éter, a bosque rancio. La única decoración, en una pared, era un póster medio roto de un Jesús áureo y estilizado. Me senté en un banquito y, mientras le hablaba de la estantería que quería hiciera para almacenar mis libros, el carpintero se hincó en el suelo y continuó lijando los bordes de un nuevo camastro de roble o quizás de caoba. Casi sólo escuchaba. No decía mucho. Lo observé lijar concentrado, con más oficio que orgullo. Observé sus manos destruidas, secas, completamente ingenuas al propósito final de su labor: igual podrían estar trabajando madera para una vanidosa estantería literaria que para la puerta de un burdel. Observé los detalles tan sublimes de esa cama de roble o caoba, y me sentí no sólo incapaz de producir yo algo semejante, sino de poder describir con palabras la belleza de ese trabajo, la perfección de esos detalles. Y en medio de ese sentimiento de impotencia, de inutilidad, recordé la metáfora griega de las tres camas.

Hay tres camas, dice Platón en alguno de sus diálogos. Una cama existe como idea, hecha por Dios; otra cama, la segunda, hecha por el carpintero, por el artesano, al querer imitar la cama de Dios; y la tercera cama hecha por el poeta, por el artista, al querer imitar la cama del carpintero. La cama del artista, entonces, según Platón, está doblemente alejada de la verdad. El artista no es ni siquiera un artesano. El artista no es más que un imitador de imitadores. Las palabras de un poeta o de un escritor no reflejan la realidad en la que vive: reflejan, si acaso, sólo un pálido reflejo de esa realidad.

La realidad guatemalteca, según los platónicos, y pese a los esfuerzos de tanto narrador y poeta y dramaturgo local, no estaría en las páginas de sus escritos, de nuestros escritos, sino quizás, a lo mejor, en aquel lóbrego taller de carpintería.

Pero mi recuerdo de aquel carpintero anciano y canoso, de su taller de carpintería, es demasiado fuerte. Sé que había algo allí que contar mucho más importante que un aroma o un ambiente o una cama de roble o caoba, mucho más esencial que una simple anécdota platónica y lapidaria sobre la imposibilidad del arte. Había allí algo más real. No podría decir qué. Pero algo.

Cuatro

¿Será que, como guatemaltecos, nuestras obras, nuestros cuentos y poemas y novelas, pueden penetrar la realidad de un país tan complejo tan violento, tan fragmentado? ¿Habrá una sola realidad guatemalteca, una sola Guatemala? Es posible que las crónicas de Gómez Carrillo, o las leyendas indígenas de Asturias, o las fábulas tan acidas de Monterroso, o la poesía de Cardoza y Aragón, o las novelas de Rey Rosa y Liano y Goldman y de Lión y tantos otros, se acerquen a representar la realidad guatemalteca. Sí, es posible, supongo. Pero también es posible que cada autor, con cada libro, la esté inventando. Osear Wilde decía que la neblina de Londres no existía hasta que el arte la inventó. Esas «maravillosas neblinas pardas que se arrastran por nuestras calles, opacando las lámparas de gas y convirtiendo las casas en sombras», escribió Wilde, existen porque «poetas y pintores le han enseña- do a la gente la delicadeza de tales efectos.» Allí estuvo siempre la neblina londinense, durante siglos. Igual de espesa y parda. Igual de soberbia. Pero la gente no la vio, ésta no existió, hasta que los pintores la pintaron, hasta que los escritores la escribieron, hasta que los poetas la cantaron. Desde la lejanía de su desaparición, entonces, Luis de Lión, número 135, aún nos canta: «cómo sé que algún día yo moriré y tú también / como no quisiera que nuestro amor muriera / que al menos quedara de él un monumento / quisiera escribirte mis poemas con la más alta tecnología / para que tal vez fuesen un poco inmortales.»

Cinco

No sé cuál será la relación de los autores guatemaltecos y la realidad nacional. No sé si le huimos, si la imitamos, si la estamos inventando, o si sólo podemos verla o escribirla o tolerarla desde el destierro, yéndonos lejos. No sé si los escritores debemos saberlo, si debemos estar conscientes de hacer de nuestra literatura un compromiso social o nacional. No sé si la literatura debe ser algo más que sí misma. No lo sé. Sólo sé que, en mi estudio, en mi casa de Guatemala, aún tengo una hermosa estantería de caoba donde yacen mis libros.

Fuente: [http://data.cervantesvirtual.com/manifestation/290225]