lucha libre
Lucía Escobar 
@liberlucha

Puede ser desesperante la monotonía con que se repiten algunos ciclos. Podemos sentirnos en una obra teatral que se presenta infinitas veces, con mínimas variaciones cada vez. Estas situaciones nos permiten casi prever el futuro y saber con mucha seguridad qué va a pasar. Por ejemplo, si me duelen los ovarios y siento que quiero llorar cada vez que veo el noticiero, es muy probable que esté por venirme la menstruación o que viva en un país llamado Guatemala.

Así también sabemos que cada cuatro años, el Tribunal Supremo Electoral convoca a elecciones presidenciales. Ya solo con ese detalle, es posible saber que vendrá una escalada de violencia. Las bombas ya empezaron a tronar. Las piezas en el ajedrez político se mueven con más rapidez a medida que se acerca la fecha de cambio de gobierno. Los peones comienzan a caer. Cada movimiento es crucial. Se está jugando una partida en la que se decide el futuro del país, y los ciudadanos apenas somos espectadores con poca visión global del tablero y ninguna participación real en el juego.

A medida que se acerca la “gran fiesta cívica electoral”, el ruido y la basura se van a multiplicar. Veremos desfilar lo peorcito del país: los mañosos de siempre, los caradura que sueltan bendiciones a diestra y siniestra pero son más turbios que el agua del lago de Amatitlán, los que besuquean bebés mientras disimulan el asco, aquellos que buscan quedar bien con Dios y con el Diablo, y los vividores del terrorismo, los amigos de la impunidad y la amenaza. Entre todos ellos, debemos saber encontrar a aquellos y aquellas que sí tienen intenciones de trabajar por un mejor país. No dudo que hay gente así.

No todos son malos en Guatemala. Aunque a veces parezca que hay gorilas sueltos y que regresamos a los años ochenta, o que nos gobiernan cavernícolas, eso no es así.

Hay todo un país que entiende y valora los ciclos naturales de la vida. Hay toda una generación de guatemaltecos que luchan cada día por hacer las cosas bien y por cambiar lo que está mal. A través de pequeños gestos, hacen grandes diferencias, dan pasos hacia el futuro. No se aferran a ideas obsoletas, no se escudan en disque valores disfrazados de privilegios.

Admiro a tantas guerreras y defensores de esta tierra temperamental que entienden y aceptan que aferrarse al pasado no tiene sentido. Los cambios suceden querramos o no querramos. Nada permanece estático, todo se mueve, evoluciona, cambia. En cada nuevo ciclo, avanzamos un poquito, aunque parezca que retrocedemos.

Los volcanes me lo recuerdan. Parece que son eternos, inamovibles y estáticos. Pero todo el tiempo están mutando. Se abren nuevos cráteres de la noche a la mañana, se desvían o acumulan ríos de lava modificando el paisaje, que también recibe la mano invisible del viento y el tiempo. Así también, las personas crecen cuando amplían sus pensamientos. No hay nada que permanezca inmutable. También cambian los gobiernos, de derecha a izquierda y viceversa. Caen gobiernos, sistemas de pensamiento y hasta grandes imperios pierden su poderío de la noche a la mañana. Nada es para siempre.

Ni la menstruación.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/lacolumna/2019/01/23/volver-al-futuro-o-al-pasado/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

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Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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