“Voltear la página” y Ríos Montt

No comprenden que (como ya se ha dicho) no se le puede dar vuelta a la página de un libro si no se ha leído

Marcela Gereda

Tras la muerte de Ríos Montt, se desató un debate en las redes sociales que recuerdan cuál es el estado psicológico de nuestra sociedad y el bajo nivel de capacidad explicativa de los sucesos históricos del país.

En el Museo de Memoria Histórica de la Ciudad de México, el genocidio hacia la población ixil en nuestro país, aparece junto al genocidio de Ruanda, Camboya y hacia los judíos. Y sin embargo aquí la mayoría de la gente niega el genocidio y gran parte de la elite económica defiende a Ríos Montt. Es entendible, pues Ríos Montt fue el defensor y protector de los intereses de las clases dominantes del país.

La semana pasada estuve en Chajul, Quiché. Ese pueblo ixil e indígena, que como tantos otros en Guatemala fue colocado en un tiempo sombrío. Felipe, es uno de esos sobrevivientes que promueve conocer esos pasajes de nuestra historia. Ahí, desde la nada, él junto a su mujer y su cofradía, construyen en el Museo Maya Ixil, una visión sobre el pasado de un Estado que promovió las violaciones, masacres y desapariciones de población indígena. Dice: “queremos que los niños de la aldea conozcan lo sucedido para que nunca más vuelva a pasar”.

Guatemala es el país atravesado y engendrado por las violencias múltiples. Hay violencias históricas, de Estado, cotidianas y hay violencias silenciadas, invisibles. ¿Cómo las nuevas generaciones podrían aceptar y asumir que este país cuenta con una de las historias de dolor e injusticia más hondas del planeta? masacres a poblaciones indefensas, secuestros, desapariciones, violaciones a manos del Ejército son hechos que se inscriben en el cuerpo, imaginario y en la memoria de un pueblo que a pesar de ser mayoritario ha sido históricamente marginado por el Estado y la sociedad.

Entre 1980 y 1996, salieron de Guatemala un millón 415 mil 650 personas (13 por ciento de la población total del país), las cuales buscaron refugio en México y Estados Unidos. Si a estos emigrantes se le añaden los desplazamientos internos (188 mil) que se dirigieron a la ciudad capital y a las plantaciones de agroexportación en la bocacosta, tenemos que cerca del 15 por ciento del total de la población se vio inmersa en procesos migratorios en esta época. Hasta 1970 la población era predominantemente rural (76 por ciento).

Con el estallido de la guerra, la crisis económica y los procesos migratorios, Guatemala padeció (y padece) una violenta recomposición poblacional y una violenta ruptura en el estado mental y emocional de muchas poblaciones, tanto por el número de muertes que se produjo, como por el tipo de procesos sociales y económicos que se generaron: la destrucción del tejido social y el desaparecimiento y expulsión de la vida.

Entre todos los hechos de violencia denunciados ante el Ministerio Público y a más de treinta años de todos aquellos crímenes, vemos a hombres, y también mujeres y niñas que (fueron obligadas a la esclavitud sexual), pidiendo justicia, pidiendo que no se olvide lo que padecieron miles de aldeas.

“No hay que revolver el pasado porque apesta”, “Hay que voltear la página” vociferan muchos, sin comprender el significado que tienen esos procesos oscuros en la conciencia y memoria colectiva. No comprenden que (como ya se ha dicho) no se le puede dar vuelta a la página de un libro si no se ha leído. No se puede dejar de revolver el pasado mientras sigan abiertas las heridas en la conciencia de la gente que padeció las consecuencias de una guerra entre hermanos.

Bombardear aldeas indígenas es un acto que debe ser castigado y punto. Que las mujeres y hombres valientes y sus voces de testimonio de los pasajes más oscuros y bajos que somos capaces en esta tierra donde la justicia amparó a un ser oscuro, sean el puente y vaso comunicante para seguir en la búsqueda y lucha por la justicia de otros pueblos en búsqueda de justicia para que ya no sigan guardando silencio. Que la voz de estas abuelas y abuelos sobrevivientes sea el testimonio vivo para surcar y marcar por fin la memoria de una sociedad que no quiere asumir su historia, que no se quiere verse a sí misma. Pero si no vemos la página de ese pasado oscuro tal como fue, los muertos nos seguirán persiguiendo.

La omnipresencia de las pandillas, del crimen organizado y de la corrupción desaforada tiene sus orígenes en la negación de lo que realmente sucedió aquí. El psicoanálisis muestra cómo la neurosis y la degeneración provienen del hecho de reprimir y de negar la realidad, echándola al inconsciente, desde donde nos enferma. Por eso, la terapia consiste en traer a la luz los hechos y mirarnos de frente. Mientras no podamos ver nuestra historia a los ojos –aunque duela– nos mantendremos en una sociedad descompuesta.

Ríos Montt murió impunemente porque no cumplió la condena que se le imputó.

Huyó de la justicia, y sin hacerse responsable por las decisiones que tomó en su calidad de dictador. Algo de lo que él representa sigue vivo en nuestra sociedad. Nuestro reto como sociedad es que expulsemos para siempre la posibilidad de la violencia y la instrumentalización del terrorismo de Estado como un dispositivo para imponer proyectos políticos. Nunca más a las masacres y a llegar a esos niveles de bestialidad, nunca más al terrorismo de Estado como un recurso para eliminar nuestras diferencias.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/2018/04/09/voltear-la-pagina-y-rios-montt/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
Marcela Gereda