Tres despachos sobre el gas

Maciek Wisniewski

Máscara. Un día, durante su exilio en París, Walter Benjamin (1892-1940) se compra una máscara antigás. Puesta en la mesa de su pequeña habitación, le parece una desconcertante réplica de cráneos que decoraban celdas de monjes estudiosos; cuando deja la ciudad tratando de huir de Francia se la lleva consigo (H. Eiland y M. Jennings, W. Benjamin: a critical life, 2014, p. 657). La Primera Guerra Mundial de manera inédita puso los avances tecnológicos al servicio de la muerte (tanques, aviones, gases venenosos). Según Peter Sloterdijk, el primer ataque con gas (Ypres, 22/4/1915) marca el nacimiento no sólo de atmo-[sfero]-terrorismo, sino del siglo XX y de la modernidad como tal, que en su esencia era “un ataque a lo que antes ‘fue dado’” [en este caso, el aire] ( Terror from the air, 2009, p. 10). Todo esto deja una profunda –y ambigua– huella; ningún otro objeto que la máscara antigás representa mejor esta mezcla de temor y fascinación. En los 20 y 30 se da por sentado que el próximo conflicto se decidirá mediante masivos bombardeos aéreos de ciudades con gases. La guerra química –véase el drama Los últimos días de la humanidad (1922), del gran escritor vienés Karl Kraus (1874-1936)– domina la literatura de Weimar y Austria. Benjamin, gran admirador de Kraus, también está fascinado (y aterrado) con nuevos armamentos que influyen su pensar sobre la tecnología, que no es neutral, sino enraizada en la política y en las relaciones de producción, y tiene que ser liberada del poder de la industria. La disyuntiva según él es: “socialismo o ‘la última guerra’”. La que sigue –al contrario de los pronósticos– termina sin el uso de gas (aunque sí de la bomba atómica), al menos no del modo que se anticipaba.

Cámara. En el periodo de entreguerras los gases son rempacados para el uso civil: el ácido prúsico, con nombre Zyklon –para fumigar casas y ropa–, entra al mercado en 1924, el mismo año en que Estados Unidos introduce la cámara de gas como método humano para la pena de muerte (Sloterdijk, p. 29); al mismo tiempo, el Servicio de Salud Pública de EU usa Zyklon B para fumigar a migrantes mexicanos (goo.gl/k5CsF8). Pero la cámara de gas para la exterminación masiva de seres humanos ya es un invento exclusivo de la Alemania nazi (N. Wachsmann, KL: a history of the nazi concentration camps, 2016, p. 243). Las primeras cámaras –que usan monóxido de carbono– disfrazadas de duchas aparecen a finales de los 30 en programa de eutanasia (T-4); después entran en la arquitectura de campos de concentración (Konzentrationslager, KL). Sus primeras víctimas: los prisioneros de guerra soviéticos y reos incapaces de trabajar; luego judíos y gitanos. A Rudolf Höss, comandante de Auschwitz-Birkenau, le gusta el Zyklon B; Odilo Globocnik a cuyo cargo están Majdanek, Treblinka, Sobibór y Belzec, prefiere el CO (ambos gases suministra el consorcio químico IG Farben). Cada uno quiere matar más gente; la cuestión cuál gas es mejor está en el centro de su rivalidad (p. 325). Al final gana Auschwitz, que pasa a la historia como la más grande fábrica de muerte y a la vez el modelo de cooperación entre la SS y la industria (p. 545). Posible sólo en el capitalismo.

Suicidio. A mitades de 1939 Benjamin comparte con amigos una siniestra anécdota (le hubiera gustado a Kraus): la compañía de gas de Viena deja de suministrárselo a judíos por consumir grandes cantidades y no pagar sus cuentas, ya que –dice Benjamin– lo usan para suicidarse (Eiland/Jenings, p. 638). La historia es espeluznante; también poco clara (y no corroborada). Aparte de suicidios masivos –años antes de la solución final–, los cortes pueden ser parte de un conjunto de políticas antijudías; tal vez a algunos, acosados por las mismas, ya no les alcanza para pagarlo. Curiosamente, en aquel entonces (1938-39) el Gauleiter de Viena es ningún otro que… Globocnik, que orquesta allí una brutal campaña antisemita de desposesión. Quién sabe. Pero Tadeusz Borowski (1922-1951), poeta polaco y autor de uno de los más importantes testimonios literarios del Holocausto, el tomo Pasen al gas, señoras y señores (1948, goo.gl/mCE6kr), sí encarna la anécdota benjaminiana (incluso ya después de sobrevivir a Auschwitz y Dachau): una tarde abre el gas en su casa y mete la cabeza al horno. Uno de los temores de Benjamin –y razones detrás de su suicidio en Port Bou ante la posibilidad de ser transferido allí por los franceses– es ser apresado en un KL. Su hermano menor, Georg (1895-1942), médico, comunista, miembro de la KPD, que no quiere exiliarse, es internado en uno ya en 1934. Muere en Mauthausen. Su certificado de muerte dice suicidio (¡sic!). Pero otros dicen que un día, junto con un grupo de prisioneros, es acorralado por guardias de la SS y empujado a un alambre de púas electrificado.

La Primera Guerra Mundial de manera inédita puso los avances tecnológicos al servicio de la muerte (tanques, aviones, gases venenosos).

Coda. Desconfiando casi de todo, Benjamin –curiosamente– decía “confiar ‘sin límites’ sólo en IG Farben y en las fuerzas aéreas [y su perfeccionamiento pacífico]” (Eiland/Jennings, p. 264), dos cosas que –¡qué ironía tan oscura!– en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial llegaron a ser sinónimos de la destrucción.

Su ingenuidad (¿error, equivocación?) no le quita los méritos, pero es desconcertante, sobre todo hoy, cuando: a) los bombardeos de Alepo, Saná o antes Belgrado evocan imágenes de Guernica, Varsovia o Dresde (Sloterdijk enfatiza la conexión íntima entre el uso de gas para combate/exterminación y bombardeos [e incendios] de alfombra, o la bomba atómica en Hiroshima/Nagasaki, donde la “fuerza aérea [ per se] estatal” era central para todo esto, p. 50-51); b) el uso de gas (sarín) por Assad o Saddam (goo.gl/QOiQs) sigue siendo una excepción que confirma las reglas en el moderno campo de batalla y a la vez un cordón umbilical que une el siglo XXI con el XX; c) la compra de Monsanto por Bayer, antes parte de IG Farben (goo.gl/xG2ZqB), cuyas pruebas clínicas de medicamentos en los KL trajeron innumerables muertes (Wachsmann, p. 440), marca el creciente “cercamiento de los commons” y de las tecnologías.

La combinada ofensiva del terrorismo de Estado y del capital en contra de lo dado (aire, agua, semillas) va por doble vía de guerra y acumulación por desposesión. Acorrala y empuja a la humanidad a un abismo. Luego dirán que fue un suicidio.

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Fuente: [http://www.jornada.unam.mx/2016/10/21/opinion/018a2pol]

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