Todos somos Marco Antonio

Edgar Celada Q.
eceladaq@gmail.com

En su 71 sesión plenaria, del 21 de diciembre de 2010, la Asamblea General de la ONU acordó “declarar el 30 de agosto Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, que comenzará a observarse en 2011, y exhorta a los Estados Miembros, el sistema de las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales y regionales, así como a la sociedad civil, a que observen este Día”.

En esa misma fecha, la Asamblea General de la ONU se congratuló por la entonces inminente vigencia (a partir del 23 de diciembre de ese año) de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, instrumento que Guatemala suscribió el 6 de febrero de 2007, pero que sigue sin ser ratificado.

Nada extraña esa incongruencia, propia de esa práctica de “candil de la calle” que caracteriza al Estado guatemalteco: suscribir cuanto documento o compromiso internacional se le ponga enfrente, a sabiendas de que internamente seguirá siendo papel mojado.

Pero por encima del cinismo de la impunidad y de la complicidad burocrática del Estado y el gobierno de turno, el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas estuvo marcado ayer en Guatemala por la acción tenaz, valiente y ejemplar de las y los familiares de las víctimas directas de ese crimen de lesa humanidad.

Con ese telón de fondo, que remite a la suerte no aclarada de unos 45 mil detenidos-desaparecidos en nuestro país a partir de 1966, alcanzó su mayor simbolismo la batalla legal que libra la familia Molina Theissen en relación con la captura ilegal del niño Marco Antonio Molina Theissen, realizada por efectivos castrenses el 6 de octubre de 1981.

No hay un solo día en el que no recordemos a Marco Antonio con dolor y rabia, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. A treinta años de su desaparición, seguimos buscando lo que haya quedado de él. Ya no esperamos que vuelva. Lo único que, quizá, podría acercarse a una compensación por lo sufrido, sería encontrar sus restos y que se aplique la justicia”, escribió su hermana, Lucrecia, en una de sus conocidas Cartas a Marco Antonio.

El proceso legal por la irracional desaparición forzada de un muchacho ajeno al conflicto, sigue por sutiles vericuetos en los cuales la defensa de los ex altos mandos militares acusados acudirá a cuanta triquiñuela pueda, para librarlos de sus evidentes responsabilidades penales y mantenerlos en la impunidad.

Aunque el viento de la justicia sopla en sentido positivo, en Guatemala nada es irreversible. Por eso es tan importante la lucha de la familia Molina Theissen, porque en ella se libra también una batalla por la democracia: mirar hacia otro lado es condenarnos a seguir en el fondo de Xibalbá.

Por eso, ¡todos somos Marco Antonio! Alerto quienes creen que el caso no les incumbe, con una frase de Dante Alighieri en La divina comedia: “Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que, en tiempos de crisis moral, mantienen su neutralidad”.

Nada extraña esa incongruencia, propia de esa práctica de “candil de la calle” que caracteriza al Estado guatemalteco: suscribir cuanto documento o compromiso internacional se le ponga enfrente, a sabiendas de que internamente seguirá siendo papel mojado.

Fuente: [www.s21.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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Edgar Celada Q.

Coeditor at Revista Análisis de la Realidad Nacional
Periodista e inconforme; guatemalteco sin Suchiate. Labora en el Instituto de Problemas Nacionales de la USAC, de cuya revista Análisis de la Realidad Nacional es coeditor. Colabora en el diario Siglo Veintiuno.
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