¿Si el “sistema” somos “nosotros”, a qué nos oponemos?

El Gato tiene razón cuando dice que el sistema somos nosotros.

Marcela Gereda

Si algo nos han revelado estos últimos días con una claridad contundente es que aquí (como en el resto del mundo), las elecciones siempre han sido y serán un jugoso negocio para los ladrones disfrazados de políticos y para algunos de sus socios; ciertos empresarios dispuestos y afanados en amarrar millonarios contratos con dinero público.

El pago de favores políticos con fondos públicos es una aberración que hay que sancionar, pero más allá del encarcelamiento que exigimos como ciudadanía, lo que verdaderamente necesitamos transformar es el sistema.

El Gato tiene razón cuando dice que el sistema somos nosotros. Y es que hoy, casi todos hablamos de la urgencia de transformar ese sistema, pero cuando decimos esto ¿a qué transformación nos referimos en concreto?, ¿o es que acaso estamos acostumbrados a hacer como en la casa, que cuando decimos “limpiar” solo movemos el desorden de un lugar a otro?

Y si el sistema somos nosotros, entonces a qué nos oponemos. Nos oponemos seguro a un caos del que somos no solo parte sino consecuencia. El caos con el que necesitamos acabar no es solo un “sistema corrupto” es decir un sistema político, sino más bien transformar el sistema económico que permite, alienta y alimenta dicho sistema político.

Nos oponemos a una economía basada en la concesión de privilegios para que todos seamos sujetos económicos, capaces de producir y consumir en igualdad de condiciones, para ello ya la realidad demostró que la teoría del derrame no funciona, por lo que abogamos porque todos podamos producir y consumir.

Desde un nosotros (consciente de su sentido sistémico) nos oponemos a la estructura del país; es decir las relaciones y bases sobre las que se fundamenta este edificio a punto de derrumbarse al que llamamos sociedad: todo ese andamiaje sobre el que edificamos día a día las relaciones con los otros. Para ello este ejemplo:

Don Cruz es un campesino de una aldea de Patzicía, de unos sesenta años, y quien trabaja como guardia de un condominio en La Antigua. Sin prestaciones laborales, con un salario de miseria, Cruz es despedido por no saber leer. A su alrededor Cruz, observa que no hay seguridad para la gente, pero que para quien le paga y su gremio, hay todo un séquito de guardaespaldas armados con carros blindados. Y helicópteros. Todos los días, Cruz se enfrenta con los altos precios de los alimentos, electricidad, combustibles, etcétera y con la poca capacidad de acceder a esos productos.

Y si el sistema somos nosotros, entonces a qué nos oponemos. Nos oponemos seguro a un caos del que somos no solo parte sino consecuencia. El caos con el que necesitamos acabar no es solo un “sistema corrupto” es decir un sistema político, sino más bien transformar el sistema económico que permite, alienta y alimenta dicho sistema político.

El telón de fondo en el que se mueve Cruz, es un sistema, un andamiaje (del que somos parte y consecuencia), una telaraña en el que el tipo de relaciones que se establecen están orquestadas por una desigualdad ante la ley, los aranceles, la protección al tipo de cambio y la preservación de los monopolios que explican el problema. Unas bases de ese andamiaje en el que los políticos no llegan a donde llegan sin el bestial e interesado apoyo de ciertos empresarios, una economía incapaz de llevar la libre competencia a sus últimas consecuencias.

Cuando decimos transformar el sistema entonces nos referimos a acabar con todos estos abusos que impiden que las clases más pobres (que son la mayoría) se incorporen a la economía de producción y de consumo, y que las clases medias puedan mejorar sus condiciones de vida a través de oportunidades de educación, salud y empleo.

Esto quiere decir que transformar el sistema implica ensanchar la clase media, fortalecerla, que hayan oportunidades para Don Cruz y para todas esas amplias mayorías que no viven sino sobreviven. Nos oponemos a la estructura básica de esta economía extractivista.

Y sin embargo, nosotros mismos estamos dentro de esa estructura. La alimentamos. Decimos ser “buenos chapines” y que son “ellos” los “malos” que han quebrado el país. Pero nosotros como sistema, hemos rezado y predicado los diez mandamientos, nos hemos golpeado el pecho diciendo “amarás a tu prójimo”, pero hemos dado solo las limosnas que nos sobran sabiendo que ningún ser se puede desarrollar con limosna. Decimos aplaudir la justicia pero hemos votado por los militares que han saqueado y sangrado al país. Salimos a manifestar a la
Plaza en contra de la corrupción y a favor de las reformas legales, pero por qué no hemos salido a manifestar por un pueblo que se muere de hambre, mientras su elite y funcionarios públicos engrosan diabólicamente cuentas bancarias con dinero que llora hambre, salud y justicia.

Decimos ser “buenos chapines” y que son “ellos” los “malos” que han quebrado el país. Pero nosotros como sistema, hemos rezado y predicado los diez mandamientos, nos hemos golpeado el pecho diciendo “amarás a tu prójimo”, pero hemos dado solo las limosnas que nos sobran sabiendo que ningún ser se puede desarrollar con limosna.

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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