Servicio al cliente

Tres postalitas sobre la bendición de los servicios privatizados.

Mario Roberto Morales

Primera postal
El viernes 6 de junio, el servicio de cable dejó de funcionar. El martes 10 y miércoles 11 empezaron a verse algunas imágenes irreconocibles. El jueves 12, se veían todos los canales pero punteados, con rayas o distorsionados. El lunes 16, por la mañana, el servicio de cable seguía sin verse y, además, dejo de funcionar el servicio de internet, el cual, por suerte, se normalizó dos horas después. El “paquete” que me vendió la compañía Claro se llama “triple play”, y sus cobros llegan más puntuales que un kaibil a sus masacres.

Cuando uno llama al número de “servicio al cliente”, le recetan cinco o diez minutos de estridentes y pueriles anuncios comerciales de la misma compañía y, luego (si es que alguien responde), un telefonista con pésima dicción recita la misma letanía sobre que llegarán los técnicos a ver lo que ocurre con el servicio y bla bla bla. El miércoles 11 de junio me dijeron que vendrían en 24 horas. Y esta es la hora en que no ha llegado nadie, a pesar de que he llamado a diario para reportar una y otra vez el daño, oyendo los desesperantes comerciales y la vuelta a empezar con cada nuevo telefonista que responde con su letanía incomprensible de saludos. Eso sí, los cobros de Claro llegan más puntuales que un oligarca a sus sesiones para financiar las masacres de los kaibiles.

Desde el lunes 16, uno llama a “servicio al cliente” y le recetan los ruidosos anuncios comerciales de Claro sin que ningún telefonista levante el auricular. Saben que el servicio está colapsado y ya no quieren atender las quejas. Pero sí dejan que el tiempo de la llamada corra a cargo del cliente, quien se ve obligado a escuchar los absurdos comerciales cantados, cuyo análisis semiológico arrojaría el dato de que se trata de mensajes embrutecedoramente intelicidas. La noche del lunes 16, ya no se vio ni un solo canal. Y el martes 17 no existe la señal de cable Claro. Pero el cobro de mi “triple play” no tarda en llegar.

Segunda postal
¿Que la telefonía es mejor desde que es privada? Los neoliberales ofrecen como “prueba” de esto el que en este país “hasta los mendigos tienen celular”. Según esa lógica, deberíamos ampliar esta lista de privilegiados usuarios. Porque también lo tienen los ladrones, los asesinos y los violadores de arrabal; igualmente los mareros, los secuestradores de pobres, los robacarros y los inválidos que estiran la mano en los arriates de los bulevares elegantes; no digamos los niños acróbatas y sus padres payasos y tragafuegos. Todos ellos tienen celular gracias a la privatización de los servicios públicos. Aleluya. Vivimos en un sistema que produce la proliferación de todos los personajes enumerados (no me olvidé de los oligarcas que hacen limpiezas sociales, lo que pasa es que en ellos es “normal” y “natural” que tengan todo tipo de juguetes electrónicos, bendito sea Dios), pero eso no importa. Lo que importa es que todos tienen celulares. Grande es Jehová de los Ejércitos, pues permite que haya tantos mendigos aquí, ya que de ellos es el reino de la privatización.

Tercera postal
Ha llovido sobre mojado en Guatemala. El sol casi no ha salido. Si cuando lea estas líneas la luz solar lo bendice con su aliento, mire al cielo, lector amigo, respire todo el esmog que su Muni le permita, y pídale a su marca de dios favorita algo más de aguante para soportar la impunidad de su oligárquico “servicio al cliente”.

Mario Roberto Morales

Mario Roberto Morales

Mario Roberto Morales es escritor académico y periodista. Autor de novela, ensayo, cuento y poesía. Es doctor por la Universidad de Pittsburgh y profesor en la Universidad de Northern Iowa. Es Premio Nacional de Literatura en Guatemala.
Mario Roberto Morales