Reto ineludible 2016: programas de educación sexual

Se necesita una urgente inversión en el horizonte de vida de miles de niñas.

Marcela Gereda

Según diversas fuentes, en Guatemala, de cada cinco adolescentes, tres viven en pobreza. Aunque el ala más prejuiciosa de la derecha guatemalteca cree que los embarazos tempranos en niñas y jóvenes se dan porque las “niñas se van con cualquiera” y no por falta de programas de educación y salud reproductiva, es un hecho innegable que el gobierno debe de hacer frente a esta realidad que golpea a miles de miles de niñas y adolescentes de todo el país.

Es un hecho irrefutable que las adolescentes no conocen sobre temas de salud sexual y reproductiva por la falta de atención y ausencia de los diversos gobiernos hacia la población joven.

Ante un Estado y una sociedad que no ofrece a su población joven educación, salud y los deja inmersos en la pobreza en donde nacen, su destino parece no tener alternativas. Muchas de ellas se convierten en objeto de abuso sexual, niñas madres, víctimas de violencia o son obligadas a hacer trabajos domésticos no remunerados.

Guatemala ocupa el triste primer lugar en Latinoamérica en número de partos en niñas entre los 10 a los 14 años. Además, es el tercero en embarazos de adolescentes -57 mil partos, aproximadamente, en 2012—, según cifras del Osar.

Y es que para explicar los embarazos tempranos es imprescindible comprender que las niñas y adolescentes tienen que tomar decisiones fuertes a sus prematuras edades, cuando alguien abusa o se aprovecha de ellas. Y entonces surgen muchos problemas porque no pueden nombrar esa violencia de la que son víctimas. Expertos trabajando en salud reproductiva señalan que muchas niñas no saben que pueden embarazarse en la primera relación sexual o las confunden los mitos de la eyaculación, o simplemente las violan.

Según el Consejo de Población, la proporción de mujeres entre 20 y 24 años de edad que contrajo matrimonio antes de los 18 años ha alcanzado cifras de 35 por ciento en Guatemala.

En respuesta a toda esta compleja problemática socio económico y estructural, hay diversos esfuerzos y programas que trabajan con lideresas comunitarias para la difusión y promoción de información sobre salud reproductiva.

Y es que los gobiernos no parecen comprender que las niñas mujeres jóvenes son la población más vulnerable e invisible y que la juventud es una etapa fundamental en la vida de cualquier ser humano. Es aquí donde se forma gran parte de nuestra identidad y de nuestra manera de sentir la vida y de posicionarnos frente a ella.

Hay quienes consideran que el matrimonio a temprana edad responde a patrones culturales. Según expertos en el tema, más bien esto tiene relación con la pobreza. Y es cosa sabida que a mayores recursos familiares, existe menos presión para casarse joven.

Marta es una niña de 12 años, ladina de la aldea Los Macizos, Santa Rosa, hija de madre soltera, Marta no recibió educación y con solo 12 años tuvo su primer bebé. Desde pequeña trabajó en las tareas del hogar y para cuidar a sus otros cuatro hermanos. Ante la ausencia de Estado, la falta de educación y tras no encontrar apoyo en ningún lado, sus capacidades de decidir sobre su vida y su cuerpo fueron nulificadas.

Laura es una niña de 13 años, sacó sexto primaria en San Juan La Laguna, y –al igual que sus compañeras– quiere seguir estudiando, pero la realidad la ata, la condena, la obliga. Como ella, hay millones de jovencitas en el país, atrapadas en esa situación que al entrar a la adolescencia se encuentran faltas de referencias, orientaciones en la identidad y sexualidad.

Si Jimmy Morales quiere que se le empiece a tomar un poco en serio, debe asumir el reto más grande de la población guatemalteca: la juventud invisible, esa que no cuenta y que aparece como marginal, y a partir de ahí, implementar políticas y programas de salud reproductiva.

Se necesita una urgente inversión en el horizonte de vida de miles de niñas: al aprender a postergar los embarazos, las adolescentes se vuelven más conscientes de las funciones e importancia de la nutrición, de la educación y aprenden a conocerse a sí mismas y al mundo que les rodea, para estar en condiciones de darles lo mejor a los hijos que
elijan y decidan tener. La vida es lo más sagrado, y para cuidarla serequiere información, auto-estima, educación, conciencia y las herramientas necesarias para hacer florecer la existencia en su máximo esplendor.

Y es que los gobiernos no parecen comprender que las niñas mujeres jóvenes son la población más vulnerable e invisible y que la juventud es una etapa fundamental en la vida de cualquier ser humano. Es aquí donde se forma gran parte de nuestra identidad y de nuestra manera de sentir la vida y de posicionarnos frente a ella.

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
Marcela Gereda

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