Pobres niños

lucha libre

Lucía Escobar

Aún es oscuro cuando los niños y niñas guatemaltecas se levantan de sus camas para ir a estudiar. Despertador, reloj, los ruidos de la casa o los gritos de mamá han puesto fin al tibio mundo de la noche. Tiritan del frío mientras se meten el desayuno un poco a la fuerza. Se visten con capas de suéteres y salen al hielo de la madrugada. Jalan su mochila llena de libros nuevos y cuadernos recién forrados. No olvidan su refacción. El color del cielo comienza su transformación de azul oscuro a naranja o rosado fuerte.

Los más favorecidos irán con el chofer desde la periferia de la ciudad a un colegio de muros grandes y anchos. Antes de llegar a su destino pasarán un buen rato en el tránsito. A los de la clase media los llevará el padre o la madre o los mandarán en bus escolar. Ellos también vivirán el infierno de las interminables colas de carros que avanzan por la ciudad a paso de tortuga. A los que les tocó sentarse en la ventana tendrán la suerte de poder dormir un rato más cabeceando sobre el vidrio mientras el tráfico intenso de la mañana se manifiesta en todo su esplendor.

Los pequeños que viven en los barrios populares o las aldeas alejadas saldrán de sus casas incluso más temprano. Caminarán un tramo y el otro quizá usarán el Transmetro o un bus destartalado de esos que asaltan un día sí y el otro también. Sortearán humo, carros, intrépidas motos y bocinazos en un país que no piensa en los peatones y mucho menos en los niños. A la orilla de casi todas las carreteras, poniendo en riesgo sus vidas, veremos cada mañana a cientos de pequeñitos caminando a la escuela. A algunos de ellos, los acompaña y va cuidando un perrito sucio y desnutrido.

Los más felices y dichosos van en bicicleta. Son la minoría. Les deseamos sabiduría y suerte al atravesar las calles de éste país.

La claridad finalmente llega. Suena el timbre que anuncia la entrada a clases y por un segundo se callan los gritos de tanto güiro. Panzas llenas y panzas vacías estarán a las siete y pico de la mañana listos para comenzar un día más de estudio. No importa en qué colegio o escuela estén inscritos, en la gran mayoría se entra tempranísimo y no se ve en el horizonte cercano un intento de modificar ese horario de esclavos. Más de alguno dirá que es una virtud madrugar. Tengo mis dudas.

No importa cuánto se pague de colegiatura, no hay centros de aprendizaje, casi todos son negocios de la educación. En la mayoría de instituciones, públicas o privadas, se llega a aprender un papel en la sociedad: a ser patrón o a ser empleado.

Durante catorce años, intentarán matar cualquier rastro de rebeldía o libertad en el infante. Los uniformarán, los educarán, los entrenarán a hacer caso. Obedecer, callar, no reclamar, no alegar, no correr y no reír son algunas de las órdenes que recibirán.

A eso mandamos a nuestros hijos. Y tener acceso a ello, resulta ser un privilegio que hay que agradecer a Monsieur Creador. ¡Ña!

En la mayoría de instituciones, públicas o privadas, se llega a aprender un papel en la sociedad: a ser patrón o a ser empleado.

@liberalucha

Fuente: [http://elperiodico.com.gt/2016/01/20/lacolumna/pobres-ninos/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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