Noel y el trabajo infantil

Aquí siguen siendo las manitas pequeñas las que tienen que hacer aquel y este oficio.

Marcela Gereda

“La necesidad de los alimentos es lo que me inspira a trabajar y estudiar” dijo el niño de doce años Noel Gómez Sarat la semana pasada a Emisoras Unidas. Cualquiera que conozca donde Noel vive, Cantel, en Quetzaltenango sabe que es uno de los lugares más fríos del altiplano guatemalteco. Estar a 2 mil 300 msnm le convierte en paisaje donde a veces la tierra amanece con escarcha de hielo. A pesar de no contar con qué cubrirse del frío, Noel dice que no le da frío porque se va corriendo al trabajo donde pega suelas de zapatos y luego se calienta un ratito al sol. Trabaja para poder ayudar a su mamá y hermanos. Gana entre veinte y treinta quetzales semanales. ¿por qué aquí los niños trabajan por menos de tres dólares semanales y los adultos no tengan empleo?

Sara tiene ocho años y el mundo en la sonrisa. Camina por el parque de La Antigua Guatemala vestida con el colorido traje de Nebaj, Quiché, ofreciendo lustre o comida para las palomas. Sus mejillas coloradas de frío. Su padre albañil en Houston. Su madre vendiendo fruta en las esquinas. Después de un rato de conversar, me contó que su papá la abandonó.

Sara y Noel son niños, que, como muchos en Guatemala no pueden ser niños. Van marcados por una piel de niños soportando cargas de adulto. ¿Cuántos niños trabajando con su machete en la zafra de la azúcar?, ¿cuántos niños trabajadores desempeñando tareas prohibidas por el Código de Trabajo, la Ley de Protección de la Infancia?

Diversas variables sociales, históricas, culturales y sobre todo económicas y demográficas hacen que aquí los niños no pueden ser niños, sino desde tempranas edades se impliquen en actividades productivas, lo que les hace desvincularse de la posibilidad de educación formal, desarrollo cognitivo. Dado que el salario por el cual realizan estas actividades productivas es muy bajo, la pobreza se perpetua y entran en interminables ciclos y culturas de pobreza.

Es cierto que La ley nacional otorga una excepción para el trabajo de menores de edad, siempre que sean “trabajos livianos” y que tengan autorización del tutor y de la Unidad de Protección al Menor Trabajador del Ministerio de Trabajo, pero ¿cómo es que aquí los niños no pueden ser niños?

El economista Andrely Cisneros explica que “el poco acceso a la educación, que afecta en mayor grado las áreas rurales e indígenas de Guatemala da como resultado una marginación al Sistema Educativo, que se explica por la baja inversión pública a la educación. La educación pública es gratuita, pero para las familias pobres es demasiado costosa y es un enorme esfuerzo enviar a sus hijos a la escuela por los gastos de libros, cuadernos, uniformes y transporte. Razón por la cual los padres ven en el trabajo una opción de desarrollo para sus hijos. Elevadas tasa de fecundidad que se traduce en elevadas tasas de natalidad. La existencia de enfermedades que incapacita a los jefes del hogar para el trabajo. Desarticulación familiar ya sea por mortalidad, violencia o migración contribuyen a la permanencia del trabajo infantil. El trabajo infantil reduce las oportunidades de salir de la pobreza y reproduce los
esquemas de organización familiar”.

En medio de este cielo azul y profético de comienzos de este 2018, la belleza se cruza con el cruel peso de la realidad: niños realizando tareas pesadas de adulto, un pacto de corruptos que a todos nos tiene de rodillas, un Congreso comprado por los de siempre.

Aquí siguen siendo las manitas pequeñas las que tienen que hacer aquel y este oficio, ganarse los centavos entre la caña, el cardamomo, el café, llevando la leña o lustrando zapatos, cosechando, tirando fuego por la boca, picando piedra, ofreciendo la nada en los semáforos, etcétera. Esos mismos semáforos que colindan con todos esos centros comerciales donde los niños comen y juegan. Y luego van hacia sus camas nítidas y cálidas, hacia el futuro asegurado, la salud asegurada, el amor…

¿Cómo es que seguimos reproduciendo un modelo económico en el que los adultos no consiguen trabajo y los niños tienen que trabajar?, ¿cómo hacer entender a los políticos que lo que ahora le toca a cada niño del país no es otra tarea más que la de jugar soñando y soñar jugando y desarrollarse plenamente física y psicológicamente? No dejemos que tantas pequeñas manitas y su potencial y dignidad se queden sin futuro.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/2018/01/15/noel-y-el-trabajo-infantil/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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