No, no, no. Sí, sí, sí.

lucha libre

Lucía Escobar

Nace, abre los ojos, alza sus manos, busca, llora, ríe, toca. Le dicen: No. Le vuelven a decir: No. Camina. Aprende el No. Dicen que la construcción de nuestra personalidad se fortalece con el no, que es bueno decirles no a nuestros hijos. Les cae bien NO tener todo lo que quieren. Ciertas frustraciones y negativas los hacen más fuertes. No mirés a las ojos a los desconocidos. No subás el tono de voz. No corrás. No te arriesgués. No chingués. No opinés. El niño o niña se ve podado por cientos de noes. No. No. No.

El No nos protege de lo desconocido. Negarnos al cambio, reconforta. Colombia, nuestra querida nación hermana recibió el No más importante de su historia reciente. Colombia, el país con la guerra más larga de Latinoamérica le ha dado largas a la paz.

En los noventa se hablaba mucho de la Colombianización de Guatemala, ese proceso irreversible (como la película) en donde rápidamente nos acostumbramos a la espiral de violencia que el narcotráfico va dejando a su paso. Decían que nos convertiríamos en un narcoestado. Y creo que eso ya sucedió. Hemos tenido narcodiputados, narcoministros, narcojueces, narcopresidentes y somos un narcopueblo.

La droga corre libre, tanto en las míseras calles como en las avenidas de lujo. Pobres y ricos, capitalinos o pueblerinos, encuentran más rápidamente droga que libros. Hay más “dealers” que buenos maestros. Así es aquí y allá. El dinero del narcotráfico transita libre por América, no así las personas.

Con razón el surrealismo tuvo sus mejores exponentes en Colombia y Guatemala. Somos países intensos, hechos de pólvora y droga, abusados por la violencia. Países que actúan como niños golpeados y maltratados, acomplejados, temerosos a la vida, a lo nuevo, a los retos. Preferimos quedarnos en nuestra horrible zona de confort que arriesgarnos a participar en un mundo nuevo.

En Colombia ganó el No quiero esta paz. Pero quiero pensar que eso no representa el espíritu del pueblo colombiano. Estoy segura que hay miles de colombianos, adentro y afuera de sus fronteras, que desde hace años dejaron la guerra atrás, y han dedicado su vida a construir un mundo más amable, a sentar las bases para una sociedad más incluyente y pacífica. Estos retos sociales incluyen la defensa sistemática de la libertad de expresión y la lucha por los derechos humanos, que aunque parezca absurdo, se venconstantemente vapuleados por los prejuicios de la extrema derecha (mundial), que ve en ellos una amenaza a los privilegios a los que se aferra.

Los derechos humanos son acuerdos mínimos que tenemos como seres vivientes en este planeta. Son en el marco común de humanidad en que merece vivir cada ser humano y sirven para construir civilizaciones más amorosas, más empáticas, más agradables.

Y estoy segura que este No, solo le dará fuerzas e impulso a un sentimiento, una energía y un movimiento de paz que ya no parará.

Espero que el pueblo colombiano sea necio, y que entre más les digan que No los dueños del poder, más griten y construyan ellos el Sí.

Sí a la paz, sí a la vida, sí a la justicia. Sí, sí, sí.

Preferimos quedarnos en nuestra horrible zona de confort que arriesgarnos a participar en un mundo nuevo.

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
Lucía Escobar