Niñez en la boca del lobo

A la sociedad acaso se nos olvida que lo que el país dé a los niños, los niños darán a su sociedad.

Marcela Gereda

En el aeropuerto La Aurora, en la caótica entrada, observo a dos niñeras uniformadas que cargan pañaleras y maletas de mano, ingresando para tomar un vuelo, van corriendo persiguiendo a dos niños, mientras la madre lejana y cubierta de joyas, habla enajenada por celular y pega de gritos prepotentes a las niñeras, esos gritos tan característicos de esa gente que se cree dueña del país y de su gente. No me sorprende.

A pocos metros, dos niños lustradores de zapatos permanecen sentados en el piso y en silencio con los ojos abiertos observando esta absurda y común escena de nuestra sociedad.

Niños sobreatendidos y otros desatendidos viven en mundo separados que apenas se roza en esta fragmentada realidad. Al presidente Jimmy la sobreatención de algunos niños y la carencia de la mayoría, con criminales condiciones de desnutrición infantil, pobreza, violencia que acorrala a huír al Norte, matrimonios tempranos, marginación, exclusión, falta de educación y oportunidades para la niñez, lo tiene sin ningún cuidado.

¿Qué se puede hacer en un país feudal dominado por “elites” irresponsables, incapaces de ver más allá de su propia realidad. Elites que sirven solo a sus propios intereses a cuesta de la población y de la niñez de este país. Sin oportunidades, con una injusticia estructural, se siguen produciendo inmensas condiciones de miseria, que empujan a la mayoría al precipicio de la vida diaria, o al escape a los ‘yunai’.

A la sociedad acaso se nos olvida que lo que el país dé a los niños, los niños darán a su sociedad. ¿Qué se puede esperar del futuro de una niñez abandonada que se enfrenta todos los días a una elite económica que vive de espaldas a una población que es mayoría?

Según datos del ‘Informe Nacional de la Encuesta Mundial de Avances’ del Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo 2014 (CIPD), cada día nacen más de mil niños en el país.

El informe ‘Estado de la Población Mundial’, divulgado por el Fondo de Población de la Organización de las Naciones Unidas (UNFPA), sitúa a Guatemala con la tasa de fecundidad más alta de América Latina.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, las tasas de fertilidad (3.6 niños por mujer) y mortalidad infantil (30 muertes cada mil nacimientos de bebés vivos) son unas de las más altas en la región.

Sumado a la alta tasa de natalidad, preocupa la edad de las niñas que dan a luz. “Todos los días en Guatemala más de diez niñas menores de 14 años dan a luz y muchas incluso de diez años de edad”, señala UNICEF.

Aquí, el mapa de pobreza coincide con el mapa de violencia. Nuestra tasa de natalidad, además de hablar de desestructuración familiar en la gran mayoría de casos, nos vuelve a la implacable realidad de preguntarnos por qué los gobiernos no han implementado políticas y programas reales de salud reproductiva. Aquí muchas veces son las iniciativas de la Cooperación Internacional quienes atienden las necesidades de la población infantil que los diversos gobiernos no suelen atender.

¿Por qué a los ciudadanos nos cuesta tanto ver la relación directa entre nuestros índices de corrupción, desigualdad, fecundidad, pobreza y violencia? Aquí, las políticas de control de la natalidad han sido excluidas de los planes de desarrollo, más por dogmas religiosos que por análisis demográfico.

¿En nombre de qué aquí solo los niños de clase alta y media alta tienen derecho a ser niños, a crecer en (falsas) burbujas de paz?, ¿en nombre de qué solo las clases medias y altas –gracias a la información y el acceso a la educación– son quienes pueden planificar sus vidas, sus familias, el número de hijos, y de cuándo tenerlos? ¿En nombre de qué seguimos reproduciendo un sistema económico monopolista que produce inmensas pobrerías desinformadas y descalificadas?

Aquí los niños casi no tienen derecho a ser niños; poder jugar, soñar, imaginar, inventar, ser y estar, porque ello solo es posible en una economía democrática (incompatible con el oligopolio) capaz de incorporar a las mayorías al condiciones de vida, educación y trabajo dignas. Y esto solo se puede sembrar en familias con medios afectivos y materiales para posibilitarles a los niños crecer en una sociedad en paz y democracia en la que no haya esa abismal desigualdad.

Desnutridos, desatendidos, migrando, trabajando, buscándose la vida, así siguen mal viviendo o sobreviviendo miles de niños aquí.

¿En nombre de qué aquí solo los niños de clase alta y media alta tienen derecho a ser niños, a crecer en (falsas) burbujas de paz?, ¿en nombre de qué solo las clases medias y altas –gracias a la información y el acceso a la educación– son quienes pueden planificar sus vidas, sus familias, el número de hijos, y de cuándo tenerlos?

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
Marcela Gereda