Marcos, el pescador

Marcela Gereda

¿Q tendrán los amaneceres que a muchos nos hacen conectarnos con la posibilidad de volver a nacer, de reencontrar o reubicar nuestro lugar en el mundo?, ¿qué es eso que se esconde detrás de las primeras pringas de luz que da inicio a la vida que nos hace creer que cada día puede ser el primer día del mundo?

Escribo lo que vivo, y vivo lo que escribo. No sé cómo volver a mí. Entre el calor del trópico, cien por ciento de humedad y un silencio casi eterno, amanece la aldea de los Macisos, en Chiquimulilla, Santa Rosa.

A la hora que escribo estas líneas, imagino vidas paralelas, me aparto sobre estas cuarenta teclas para detenerme a observar a mi derecha esa libélula casi sin vida.

Aquí, llueve sin tregua. Los sonidos no son de ecos largos. Son más bien ondas cortas e iterativas de lo mismo: las recias gotas de lluvia y el sonido de mis manos sobre este teclado cargado de historias y nombres: me llamo mar repite. Y de nuevo, los pescadores, miradas ausentes. Las redes y Marcos. Marcos y las redes. Laura y su risa ante la vida.

Laura, mujer de risa blanca, madre de Guti, vive dos vidas, la suya y la de su hijo que ya no está, “murió no sabemos de qué” dice.

Se escucha el sonido suave de las olas galopando sobre una playa apacible. “Dice que si, dice que no”. Unas cuantas garzas que anuncian el día. A esa justa hora del día en la que hasta el aleteo de los peces se hace eterno. Pasó quizás una hora hasta que Marcos, el pescador después de echar sus redes, vuelve su mirada al infinito. El cielo es gris y la humedad total.

Dos de las hijas de Marcos, el pescador, hablan de su sueño de ser cantantes cuando sean grandes. ¿Qué tipo de música te gustaría cantar, le preguntó a Alison de siete años, “más que todo alabanzas para Cristo”, responde.

Marcos habla de que lo que más ama en el mundo son sus hijos: Yonatan, Quique, Lilian, Yeimi y Alison. “A la Ali cómo le gusta salir a pescar conmigo, le gusta sobretodo que yo tire el trasmayo para luego buscar si sacamos algo”. ¿Qué es lo que más le gusta sacar? Pregunté. “jaiba para hacerla en caldo”, respondió.

El mar exige silencio. Para ver el mar por dentro hace falta la ausencia de las palabras. Permanecimos callados. Solo las olas y nosotros. Marcos parecía en su mundo, en sus redes, en su mar, en sus peces.

La forma en la que se para Laura ante la vida habla de una mujer que, como el amanecer recuerda que podemos nacer cada día. Por su manera de reír y de darle de comer a los patos, sé, me da la impresión que lo que da es una esperanza de vida. Una búsqueda y una conquista.

Entre la risa de Laura y la mirada de Marcos y un mar infinito tengo la sensación que nadie al lado del mar puede ser un mal ser humano. Será acaso porque el mar nos devuelve a nuestra esencia. Todos debiéramos poder clavar en la arena y frente al mar nuestra bandera libertaria.

Vivir al lado del mar pareciera hacer a la gente de aquí volar, nos hablan de la necesidad de no huir de la belleza del mundo. De contemplarlo siempre por primera vez y recordar en el azul democrático que acaso el amor solo puede ser libertad, tranquilidad.

Es esa hora del día en que todo parece languidecer. Los sonidos se hacen casi imperceptibles… Las gallinas suben su escalara para ir a dormir de nuevo, su árbol de siempre las espera. Y más atrás la voz dulce del mar: su oleaje continuo, lento, diciendo que sí, que no…Y Neruda sopla en viento “Oh mar, así te llamas,
oh camarada océano, no pierdas tiempo y agua, no te sacudas tanto,
ayúdanos, somos los pequeñitos pescadores, los hombres de la orilla,
tenemos frío y hambre, no golpees tan fuerte, no grites de ese modo, abre tu caja verde y déjanos a todos en las manos tu regalo de plata: el pez de cada día.. Padre mar, ya sabemos cómo te llamas, todas las gaviotas reparten tu nombre en las arenas: ahora, pórtate bien, no sacudas tus crines, no amenaces a nadie, no rompas contra el cielo tu bella dentadura,
déjate por un rato de gloriosas historias, danos a cada hombre, a cada
mujer y a cada niño, un pez grande o pequeño cada día“.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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