Lucía Escobar

Puede que sea culpa de Mercurio que anda retrógrado, pero últimamente siento que para vivir en Guatemala y no deprimirse, se necesita ser demasiado cínico, ingenuo o como diría Asturias; hay que pasarla borracho o drogado. Cuesta no enojarse con las noticias que empañan los días y salpican de sangre todo. Cansa ver repetirse las campañas electorales de la peor calidad, calaña y sentido común. Decepcionan que nos quieran vender la violencia, la represión, la restricción de derechos humanos como una solución al caos en que nos tienen años de violencia, represión y restricción de derechos humanos.

Los mismos que quieren amnistía por crímenes de lesa humanidad imperdonables, hablan de castigos ejemplares, de mano dura, de pena de muerte para delincuentes de poca monta. Venden odio y miedo como quien ofrece manías con chile.

Lo peor de todo es que el gobierno está saturado de familias enteras de narcos, corruptos, vividores del Estado por décadas y que encima heredan curules, negocios y partidos políticos, pero eso no los satisface pues siempre andan detrás del siguiente hueso. El poder es una de sus drogas favoritas. Son puras aves de rapiña que sobrevuelan sobre un pueblo desnutrido y explotado saboreando comérselos vivos.

Guatemala me tiene de mal humor, me deprime lo dìficil que se vuelve hacer cualquier cosa aquí. Cada día también pierdo un poco más de esperanza en que las elecciones vayan a mejorar el panorama. Siento que la belleza en la vida desaparece. Vivir aquí, a veces se siente como andar de excursión por un infierno mitológico surrealista. Arden los cerros con toda su fauna y su flora. Arde un basurero en el corazón de una ciudad “moderna y vibrante”. Una mujer es asesinada por negarse a pagar una extorsión de Q400 mensuales. Se llamaba Ana Pacheco y hacía tortillas para sobrevivir. ¿Cómo es posible llegar a eso? Tener que pagar para poder vivir, tener que romperse la espalda trabajando y torteando para regalarlo todo al fin de mes, tener que vivir con miedo que la próxima en vez de dinero, quieran a tu hija de 14 años. ¿Y qué haces? Nadie quiere llamar a una policía que transmite más terror que seguridad. Esfuerzos de décadas para darle una mejor cara a la fuerza policiaca para que con la administración actual a cargo de Degenhart todo se vaya a la mierda.

Tampoco es casual que en época preelectoral vuelvan a aparecer los linchamientos, ese fenómeno de hartazgo social que convierte a la víctima en victimario, al hombre cansado en delincuente organizado. Los malos políticos aman los linchamientos. Son gasolina para su carrera ascendente. Como no saben pensar, gritan. Como no tienen soluciones efectivas, construyen falsos enemigos que siempre son jóvenes y pobres. Estos ladrones de cuello blanco, narco/kaibiles, la clica de los diputransas con sus pensamientos retrógradas y su voracidad eterna son los culpables de que exista un ejército de niños dispuestos a matar por unas monedas. Y encima de eso, muchos buscan la reelección.

En estas condiciones y con las elecciones encima ¿cómo no estar de mal humor?

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/lacolumna/2019/03/27/mal-humor/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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