Lucha Libre

Lucía Escobar
@liberalucha
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La conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la mujer tiene su origen cuando 146 obreras en el Nueva York de 1908 fueron encerradas y quemadas por defender sus derechos labores. Con el tiempo, se ha convertido en un espacio de reivindicación feminista desde la diversidad que reúne a millones de mujeres alrededor del mundo para demandar equidad en todos los espacios a través de marchas, manifestaciones, charlas, jornadas, fiestas, etc.

Un triste ejemplo de que aún es tan necesario recordarle a la humanidad que nacer mujer no nos hace inferiores en derechos, es que más de un siglo después de la tragedia de las obreras neoyorquinas, en Guatemala también un 8 de marzo del 2017, 56 niñas y adolescentes institucionalizadas reclamaban durante varios días por los malos tratos en los hogares del estado y aseguraban ser víctimas de trata sexual. Ellas fueron mandadas por jueces a esos hogares para “protegerlas” en muchos casos de familiares abusadores, pero encontraron algo peor: ahí eran sacadas por los guardias penitenciarios en las noches y prostituidas. Además de ser abusadas sexualmente, no las dejaban comunicarse con sus familiares. Algunas se encontraban embarazadas, producto de las violaciones. Días antes, muchas niñas y niños habían intentado escaparse pero fueron atrapadas y de castigo, las adolescentes fueron encerradas durante muchas horas en un cuarto donde tenían que hacer sus necesidades fisiológicas. Una niña, desesperada por la situación, le prendió fuego a uno de los colchones, quizá pensando que así las sacarían de ahí. Nunca se imaginó lo poco que valían sus vidas para quienes eran responsables de cuidarlas, ni lo poco que importó que gritaran durante 11 minutos. Las llamas las consumieron vivas como en el peor cuento de miedo. Cuarenta y tres niñas murieron quemadas ante la impasibilidad de policías y custodios. Gritaron, suplicaron, lloraron y nadie les abrió la puerta.

La madre de una de las 56 niñas me dijo una vez que ella había nacido en el feminismo un mes después de la muerte de su hija. Estando rodeada de otras mujeres que sin conocerla le brindaron la mano, entendió la sororidad no cómo un concepto abstracto ni académico, si no como un abrazo universal entre mujeres que la acompañan desde ese día en la búsqueda de justicia para su hija.

La muerte tan prevenible, horripilante e injusta de las niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción es un doloroso recordatorio de que aún falta mucho para que sea reconocido nuestro derecho a una vida libre de violencia. También a decidir sobre nuestro cuerpo, a construirnos libres de prejuicios, a usar todos los colores, a soñar con ejercer cualquier profesión u oficio, a amar en formato libre o convencional y hasta a renunciar al género con el que se nació. Construirnos a nuestro antojo, hacernos a nuestra manera, reclamar un espacio sano para crecer, que termine la violencia, y la justicia gane terreno, apostar por un mundo más humano, más amable; eso quiere el feminismo, la revolución más importante de todos los tiempos.

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

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Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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