La paz, un bien común de la humanidad

Aquí y en otros lugares las comunidades indígenas y campesinas en resistencia son en sí los móviles y arquitectos de una paz que se conquista cada día.

Marcela Gereda

A veinte años de la Firma de los Acuerdos de Paz, ¿cómo estamos produciendo el conocimiento sobre aquello que es nuestra sociedad? Todas las sociedades son espacios sociales producidos y productores de un conocimiento específico, pero ¿cuál es la naturaleza de ese conocimiento, cómo y quién lo produce?, ¿qué papel están jugando las universidades para la producción de dicho conocimiento y qué relación tienen las mismas con la sociedad civil a la cual se deben?

A más de dos décadas de tener una paz firmada pero no construida y un Estado que no ha asumido la paz como desafío propio ni como un camino para ser construido, se constituyó el año pasado un encuentro para reflexionar en colectivo e intercambio con actores diversos en torno a ¿qué sociedad estamos modelando? Y ¿cuáles son los desafíos que tenemos como sociedad para la construcción de la paz?

Estas y otras amplias preguntas fueron parte de un conjunto de reflexiones sobre los avances en los procesos de paz en Guatemala y en Colombia en el encuentro celebrado a finales de octubre 2016 “La paz, un bien común de la humanidad”, convocado por el colectivo de Educación para la Paz en Colombia, la Universidad Ixil de Guatemala y la iniciativa de Mónica Mazariegos del Instituto de Investigación y Proyección sobre el Estado de la Universidad Rafael Landívar.

Hay un tipo de conocimiento ligado al colonialismo, ese es aquel que reduce lo conocido a un objeto. Existe también el conocimiento solidaridad, el cual reconoce lo conocido, al otro, como un sujeto. Desde un conocimiento como el de la segunda definición se llevó a cabo este encuentro en el que fui invitada a participar en la mesa de “Identidad y expresiones culturales” y desde la que comparto mi experiencia y mirada sobre el encuentro:

Primero, la riqueza de este encuentro fue la de abrir un espacio para el reconocimiento de los otros y para la coparticipación de crear nuevo conocimiento a partir del diálogo e intercambio de saberes.

Segundo, cuando desde las universidades se abren los espacios para dialogar e intercambiar experiencias entre académicos/as, autoridades indígenas, artistas, activistas y movimientos sociales (como en este encuentro) en el que se intercambió entre las experiencias de Colombia y Guatemala, se contribuye a la producción del conocimiento del mundo desde el mundo mismo para las transformaciones sociales. Es decir, que es desde estas experiencias de diálogo abierto no se habla “de los sujetos sociales”, sino “con y desde los sujetos” sociales.

Tercero, este tipo de encuentros son imprescindibles en una sociedad como la nuestra, porque es a partir del encuentro de saberes en la diversidad que se pueden ir tejiendo y encontrando lineamientos muy concretos de hacia dónde se puede caminar como sociedad en la construcción de acciones legítimas del bien de las mayorías y desde acciones comunitarias. Es también en el intercambio de experiencias que se puede construir aliados para establecer nuevas relaciones con el Estado y construir desde esas alianzas políticas que busquen aquello que no estamos ni cerca de cumplir en cuanto a la construcción del proceso de paz.

Cuarto, el encuentro es la manifestación de cómo las universidades puedes dejar de ser esos sitios acartonados de producción de conocimiento obsoleto y ser entidades vivas, que reconocen, valoran y divulgan la diversidad de saberes, la diversidad de formas de vivir y ver el mundo.

Quinto, los centros productores de conocimiento, léase las universidades y otros pueden adoptar una perspectiva de aprender enseñando y enseñar aprendiendo desde las realidades y experiencias comunitarias porque es ahí en gran medida donde radica la fuerza de resistencia para construir nuevos procesos de paz.

Sexto, el encuentro también nos reveló que son las luchas comunitarias las que dan sentido a la vida de muchas personas y que las acciones que se realizan en algún lugar pueden tener eco en otros lugares y mover nuevas voluntades, recursos, convertirse en plataformas para construir nuestros propios procesos de paz, al margen de un Estado ausente que se ha pasado los Acuerdos de Paz por el arco del triunfo.

Aquí y en otros lugares las comunidades indígenas y campesinas en resistencia son en sí los móviles y arquitectos de una paz que se conquista cada día. La agenda pública y gubernamental de paz sigue siendo entonces tarea pendiente.

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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