La jaula, el nido y el cuco

lucha libre
Lucía Escobar
laotralucha@gmail.com

En una exposición de arte llamada Te amo, te odio, sin ti no puedo vivir, vi una jaula como de pajaritos pero con la forma de Guatemala. En la expo, la jaula estaba vacía, pero en mi imaginación la poblaba toda una fauna mitológica con unicornios, sirenas, chupacabras, cangrejos, cadejos y variedad de nahuales.

Guatemala es una hermosa cárcel. Sus volcanes son potentes imanes que seducen y atrapan, pero como toda prisión; es asfixiante y perversa. Las patrias son jaulas de barrotes invisibles, nidos inolvidables de nuestra infancia.

Por mucho que se intente, no es fácil olvidarse del lugar donde se nace, desenraizarse y andar por los caminos sin ver atrás. Aún así, 65 millones de personas en el mundo, están migrando de su país de origen por causa de una guerra. ¡La mitad de estos desplazados tienen menos de 18 años! Jóvenes y niños en distintas partes del mundo no encuentran un lugar para ellos. Las fronteras se cierran, las oportunidades se acaban; el desarraigo es su única opción. Según la Agencia de la ONU para los refugiados hay más de 10 millones de personas apátridas, a quienes se les ha negado el derecho a la nacionalidad, la identidad, educación, salud, empleo y a movilizarse libremente.

Nadie se va del todo del país en que nació. Tengo amigas con más de una década fuera de su tierra natal pero que lo primero que hacen cada día es meterse a leer las noticias locales; saben y opinan de todo lo que sucede en la política nacional. El espacio físico que han puesto de por medio, no les ha servido para distanciarse emocionalmente, cargan la nacionalidad encima como pesadas cadenas invisibles. Empezar una vida nueva y dejar atrás el ombligo requiere mucha fortaleza.

Hay países que expulsan a sus hijos con el brazo fuerte de la violencia, otros que lo hacen con la suave y cotidiana indiferencia, y otros más con la presión y el contubernio de países más grandes que reprimen, violentan e invaden, escudando sus intervenciones con la máscara de la democracia.

Venezolanos, cubanos, sirios, colombianos, somalís, salvadoreños, hindús, por mencionar solo algunos, viajan con su país a cuestas, con sus costumbres, su idioma, su comida, sus nostalgias y sus sueños en busca de una vida mejor. Se topan con la incomprensión o los prejuicios, pero también, con la solidaridad mundial.

Cada minuto, 24 personas huyen de su lugar de origen. Nada ni nadie podrá detenerlos. No hay muros, ni leyes, ni sanciones que impidan que un ser humano cumpla sus sueños de libertad.

La historia está llena de ejemplos de seres extraordinarios, que traspasan fronteras y nacionalidades. Sus luchas no saben de banderas, ni de ideologías ni de políticas.

Y es que en realidad, no importa mucho eso; todos amamos, odiamos, sufrimos, gozamos, luchamos y estamos aquí hoy en este planeta.

¿Qué huella dejaremos? ¿Kilos de basura? ¿Un bosque? ¿Amigos entrañables? ¿Un mejor planeta? ¿O solo una jaula vacía?

@liberalucha

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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