Infancia y violencia

“La muerte es segura, la vida no” decía un chavo ex pandillero.

Marcela Gereda

Entre las vendedoras de frutas del mercado los vi sorprendidos leyendo la nota de Nuestro Diario. Como si lo conocieran o algo así. Hablaban de la noticia del niño sicario que mató a un piloto de camioneta el fin de semana pasado.

Entre la crisis y caos actual que nos atraviesan, entre los asesinatos de líderes campesinos, un presidente que cada día hace una idiotez peor que la del día anterior, una sociedad polarizada, las violencias múltiples y las injusticias en tantas esferas de la vida humana, la niñez aquí se convierte en la víctima número uno de una sociedad desbocada y sin rumbo.

“De tanta marginación y falta de oportunidades a los niños se le va llenando el corazón de maldad y desesperanza” dice un especialista en violencia y juventud.

“Lo que pasa es que como aquí no hay trabajo los niños tienen que irse para el norte, ahí casi siempre los deportan, y como la calle es casi la única alternativa se meten a las pandillas” señala una investigación sobre niñez y juventud.

“Shushain amigo” se le escucha decir a Martín, de San Antonio Aguas Calientes, en el parque de La Antigua con su cajita para lustrar zapatos al hombro. Sus manos bañadas en shinola. Esos niños sin trabajo y sin horizontes de vida son el caldo de cultivo para la delincuencia o para el crimen organizado.

¿Qué significa y representa para el imaginario colectivo que la noticia de un niño que mata esté normalizada en nuestra sociedad?, ¿qué nos dice sobre nosotros como sociedad?

Este fenómeno urbano subalterno que se repite por todo el país  es definitivamente el espejo de un subproducto de las abismales desigualdades de Guatemala. Un contexto de economía monopolista en la que ni la derecha ni izquierda tienen un plan para incorporar a millones de guatemaltecos al empleo.

Más allá de las explicaciones del “rito de iniciación” para ser admitido en la mara y del reclutamiento de niños menores a los que no se puede imputar penalmente, hay aquí una radiografía de lo que somos como sociedad: una geografía oscura donde los niños no pueden ser niños. Donde los niños sobreviven, y sobrevivir a las calles muchas veces implica entrar al negocio de la muerte, del sicariato.

Un sistema en el que los niños trabajan y los adultos no consiguen trabajo precisa atenderlo. A pesar de ser mayoría, históricamente la niñez y la juventud han sido excluidas de la agenda pública y de la participación política. Absolutamente desatendidas. Sin trabajo. Sin oportunidades económicas. Son esos los signos bajo los que navegan por mares sin oportunidades las juventudes condenadas al abandono y a la muerte en un país que nunca ha visto de frente a su futuro, es decir a su niñez y su juventud.

En redes sociales y en los diarios del área rural se habla de  “niñas sicarias”. Reclutadas por bandas criminales. Extorsiones y balas. Crack y tolvas. Asesinatos y sangre se convierten en cotidianidad y normativa para muchos niños privados de futuros de esperanza.

“La muerte es segura, la vida no” decía un chavo ex pandillero. Aquí nacen y nacieron amplios conglomerados de niños sin futuro posible. Caldo de cultivo puro y duro para las maras y el sicariato.

El sociólogo Carlos Figueroa Ibarra, señala cómo con el Conflicto Armado las desapariciones familiares, el miedo y el sufrimiento de los familiares han sido transmitidos de una generación a otra. Argumenta que hay una “cultura del terror”, es decir que la guerra dejó en la sociedad en general una moral, una ética y otra forma violenta de entender y estar en el mundo.

Con esta resaca que dejó el conflicto armado interno en Guatemala, se entra en otro tipo de cotidianidad para cierta juventud y para futuras generaciones, en las que las fracturas sociales obligan a otro tipo de socializaciones o de formación de referentes.

Para generar niños sicarios se requiere de un entorno social y cultural suficientemente podrido de impunidad e injusticia, de facilidad de acceso a las armas y de una atmósfera amargamente violenta.

Juan Pablo Romero, es el fundador de Los Patojos y de la metodología el patojismo, como proyecto de educación popular, educar para liberar: “mi país es históricamente violento. Las pandillas están por todos lados y los niños se exponen a drogas, violencia y pocas oportunidades para su vida”. Los Patojos es un proyecto de educación popular en el que se busca una propuesta de organización comunitaria, con proyectos desarrollados con “amor y diálogo social”.

¿Cuándo entenderán esto los fabricantes y gestores de políticas públicas para la niñez y la juventud?

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/2018/05/14/infancia-y-violencia/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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