Galletas para ser feliz un día

Lucha Libre
Lucía Escobar
@liberalucha

Para Nico, Claudia y mi tía Lourdes

Le prometí a N que hornearíamos galletas. En cuanto termine de escribir la columna, dije. Entonces como que no vamos a hacer nada…como te tardás tanto, me contestó el niño. Estuve a punto de enojarme por el reclamo pero tiene razón; todos los martes corro para terminarla a tiempo. “Mamí, ¿y si la escribís mientras hacemos las galletas? así te inspirás haciendo algo rico”.

Así que ésta va una de harina y una de letras. Algo así. No soy mucho de la cocina. Me gusta comer rico, puedo gozar cocinando pero odio lavar los trastos. Suelo evitar cualquier actividad que implique ensuciar más de lo normal. Pero también tengo debilidad por los niños hambrientos y comelones; los que son felices chupando las sobras de las espátulas me transportan inmediatamente a mi infancia. Y aunque mi mamá nunca fue mujer de hacer pasteles, tuve la suerte de tener a mi tía Lourdes quien llenó mi infancia con el olor del pastel de banano, de las masas de pizza y de otras delicias. También mi hermana Claudia hacía galletas y pasteles desde que tengo memoria. Esperar su canastita de galletas de Navidad es parte de una tradición que no quisiera que terminara nunca.

De chiquita, alguna vez también hice mis experimentos gastronómicos. Tenía un librito que se llamaba; Mis primeros 24 pasteles que usaba la misma receta pero en diferentes moldes y con diferentes formas. Traté de hacerlos todos y la prueba es que ese recetario se llenó de masa de pastel por todas partes.

Este año cambié estufa y una de las razones principales fue que necesitaba imperativamente tener un horno. Descubrí que hacer postres puede ser un antidepresivo que me relaja. Cuando tengo mucho que hacer o voy a entrar a un trabajo que me va absorber por largo tiempo, me pongo a experimentar en la cocina, como si la vida se tratara solo de eso: de comer rico y engordar y hacer felices a los que nos rodean con nuestro arte efímero pero delicioso.

Cocinar implica poner en práctica muchos conocimientos. Se empieza con un poco de economía. Los precios de la canasta básica están por los cielos, así que gastar en mantequilla o chocolate amargo es un lujo que no todo el mundo puede darse.

Nos ponemos manos a la obra. Escogemos dos recetas sencillas; galletas de mantequilla y chispas de chocolate. Limpiamos y ordenamos nuestros ingredientes. Hacemos cálculos matemáticos para convertir gramos en tazas. Improvisamos un poquito con las cantidades y mezclamos algunos ingredientes entre las recetas. Azúcar y mantequilla, harina, batidora, agregar los otros ingredientes, seguir batiendo, chuparse los dedos y las paletas, limpiar con la lengua los trastos, sacar los moldes del horno, calcular los espacios entre galletas, limpiar la regazón. Siento que terminamos demasiado rápido. Prendimos al horno y nos sentamos a esperar.

Me pongo a terminar de escribir esta columna mientras la casa se va llenando de un olor cálido y dulce. Las palabras se resbalan de mis dedos como galletas cayendo del molde a la lata. Las noticias del día no entraron hoy a mi cocina, no permití que los binomios en publicidad anticipada absorbieran mis preocupaciones. No caí en la tentación insultar a los mercaderes que trafican con la fe de las personas. No boté templos, ni gobiernos. No intenté componer un mundo que ya no tiene remedio.

Solo hice galletas pero quedaron riquísimas.

laluchalibre@gmail.com

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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