Sobre el destino de los pueblos que ignoran su historia.

Cualquier esfuerzo por fortalecer la identidad de un pueblo resulta inútil si ese pueblo padece de un sistema educativo que no le enseña su historia. Cualquier ley contra la discriminación y el racismo es vana si el pueblo al que se la aplica ignora los orígenes históricos de sus diferencias étnicas y culturales, económicas y políticas. Ninguna identidad nacional puede consolidarse en un país en el que la clase fundadora del Estado-Nación no ha hecho a las mayorías partícipes de las ventajas de ser ciudadano de ese Estado, es decir, si la mayoría no accede al empleo, a la educación, a la salud, a las pensiones y a los servicios que garantizan la base material sobre la que es posible erigir un civismo basado en el respeto a los derechos humanos.

Un pueblo como el descrito arriba carece de asideros históricos que le permitan construirse con la dignidad que la criatura humana se ha revestido a lo largo de todos sus procesos civilizatorios hasta ahora, pues un pueblo así es un pueblo sin memoria, y un pueblo sin memoria está condenado a no aprender de sus errores y a comportarse como una persona con deficiencias mentales. Es decir, mediante conductas erráticas, contradictorias y, a la larga, suicidas. La fuente de la memoria individual es la propia historia del individuo. La fuente de la memoria colectiva es la historia social, política, económica y cultural de un pueblo. Si se carece de cualquiera de ellas se está condenado a ser un individuo esquizofrénico y un pueblo de zombis.

Las formas de dominación antiguas prohibían a las masas aprender a leer y escribir, precisamente para mantener su poder sobre pueblos ignaros. Desde el siglo XVIII, con la Ilustración y el liberalismo, el individuo fue dotado de derechos inalienables e intransferibles, pues a partir de entonces el capitalismo necesitó sólo la fuerza de trabajo individual para reproducirse y, por tanto, el individuo –desligado del colectivo– tuvo un valor en sí mismo: el valor de su fuerza de trabajo. Esta es la base material del derecho a la memoria histórica, a saber de qué matriz venimos para comprender en qué situación nos encontramos e idear los derroteros a seguir en el futuro. Según la teoría clásica del capitalismo y de su ideología liberal e ilustrada, los individuos tienen derecho a la educación y, como parte de ésta, a conocer su historia para construir su memoria histórica. Es decir, su identidad.

Esta memoria está formada por el registro e interpretación de los hechos concretos que han forjado el presente de un pueblo. Y este registro puede ser literario, pictórico, escultórico, arquitectónico, cinematográfico, etc. En una palabra, es discursivo, ya sea que este discurso sea político, ideológico, religioso, militar, científico o técnico. Si este registro se desconoce, tenemos un pueblo infrahumano que sonríe ante su propia tragedia y que no alcanza la ciudadanía. Pues, según la teoría moderna de la democracia, un ciudadano es un individuo educado, ya que sólo este tipo de persona puede protagonizar la soberanía (que reside en el pueblo) frente al Estado. Una persona ignorante es incapaz de hacerlo y, por tanto, es también incapaz de ser ciudadana.

Sabiendo esto, pensemos ahora en los objetivos y las consecuencias de la decisión del gobierno de desorganizar los Archivos de la Paz, fuente de nuestra historia reciente y de la memoria crítica de la misma.

Mario Roberto Morales

Mario Roberto Morales

Mario Roberto Morales es escritor académico y periodista. Autor de novela, ensayo, cuento y poesía. Es doctor por la Universidad de Pittsburgh y profesor en la Universidad de Northern Iowa. Es Premio Nacional de Literatura en Guatemala.
Mario Roberto Morales