La revolución política, único camino

Manuel Villacorta
manuelvillacorta@yahoo.com

En toda sociedad existen y existirán siempre diversidad de intereses. Algunas veces la dinámica social permite una convivencia natural entre los mismos —la dinámica de un orden espontáneo—, en otras y en casos extremos, los intereses pueden llegar  a enfrentamientos políticos exacerbados y violentos. En Guatemala hemos fracasado rotundamente al respecto. 1. Porque no existe cultura de negociación, acá se instituyó la cultura de la imposición.  2. Las instituciones del Estado no son propiedad privada de los diversos grupos de poder, que creen tener el derecho ilimitado de cooptación. Grupos que crearon un perverso sistema político del cual se nutren y que, bajo rituales electorales periódicos, justifican su presencia y sometimiento de nuestras instituciones. Como sociedad —paralelamente— no logramos evitar el canceroso crecimiento de estos grupos, que destruyeron la función social del Estado y degradaron todo su andamiaje institucional. 3. En Guatemala el autoritarismo despiadado heredado desde la Colonia se ha mimetizado, se ha encubierto mediante toda clase de recursos, pero sigue vigente. Acá la figura del ciudadano común ha sido exterminada. Ante la ausencia de una verdadera democracia, se ha instaurado una parodia trágica que anula, neutraliza y aniquila. Guatemala no es un Estado, ha sido  un territorio fragmentado dominado por las mafias y sus feudos.

Es inaudito que un país dotado de extraordinarios recursos naturales y una población mayoritariamente trabajadora y responsable sea considerado hoy como uno de los países más pobres, violentos y corruptos del mundo. Y no es nuestro pueblo el responsable de ello, los responsables directos son esos grupos inescrupulosos y poderosos que bajo insaciables intereses económicos, políticos e incluso religiosos jamás creyeron en la filosofía de un verdadero Estado, jamás creyeron en la democracia, jamás respetaron los derechos de todos los guatemaltecos. Y he allí el resultado: un país frankestein, plagado de armas, anárquico, desordenado, degradado y conflictivo. Un país a punto de estallar. ¿Algún gobierno de la “era democrática” se interesó realmente por las necesidades y demandas de los millones de indígenas y campesinos del país? ¿Algún gobierno de la “era democrática” se interesó por la institución de un verdadero modelo educativo que velara por la creación de una legión magisterial excelsa y comprometida y el cuidado minucioso de nuestros niños y jóvenes? ¿Algún gobierno de la “era democrática” veló por el cuidado y la dignidad de los ciudadanos que merecían ser atendidos con la calidad y el compromiso que exige un verdadero sistema de salud? No, porque no eran realmente gobiernos, fueron todos alianzas de rufianes que mediante el asalto al poder privatizaron, robaron y destruyeron el carácter originario de las instituciones del Estado. A cambio de verdaderas políticas públicas instituyeron mecanismos de saqueo y extorsión, disfrazándolos como programas, proyectos, fondos y fideicomisos, entre otros.

En la ruta de esa revolución política que nos urge, es imprescindible el surgimiento de un contingente humano que dirija el cambio profundo que necesitamos. Un empresario íntegro y visionario puede ser revolucionario. Un académico comprometido puede ser revolucionario. Todo político verdadero debe ser revolucionario. Sigo pensando que a pesar del poder de las mafias y su temporal envalentonamiento en nuestro país, el mismo se acerca a su fin. Ánimo y fuerzas para aquellos que saben que lo que hacen se enfila por la ruta correcta. El tiempo pronto volverá a estar a nuestro favor.

Fuente: [http://www.prensalibre.com/opinion/opinion/la-revolucion-politica-unico-camino]

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Manuel R. Villacorta O.

Manuel R. Villacorta O.

Doctor en Sociología Política. Universidad Pontificia de Salamanca, Summa Cum Laude. España. Licenciado en Ciencia Política. Universidad de San Carlos de Guatemala, Guatemala. Es autor de varios libros y publica una columna semanal en Siglo 21.
Manuel R. Villacorta O.