La histórica tragedia de negarnos unos a otros

Manuel Villacorta
manuelvillacorta@yahoo.com

Históricamente los guatemaltecos hemos vivido en constante confrontación. Y las confrontaciones dividen e incluso pulverizan a la sociedad. La confrontación se nutre de intolerancia, intransigencia, ignorancia y violencia.  Toda confrontación implica reglas impuestas por quien o quienes consideran que el objetivo de la vida es la aniquilación de lo opuesto. León Gieco desnudó esa realidad: “Quien pone reglas al juego se engaña si dice que es jugador, lo que le mueve es el miedo de que se sepa que nunca jugó”. He hablado en torno a ello con tres amigos, doctores e historiadores: Eduardo Velásquez, Jorge Solares y Fernando González Davison. Ojalá pueda hacerlo con don Francisco Pérez de Antón, a quien he leído pero aún no conozco. Coinciden los mencionados en que en el siglo 19 la confrontación entre liberales y conservadores fue enconada, teniendo como principales protagonistas a Rafael Carrera y Francisco Morazán, en donde los conflictos estuvieron ligados a disputas económicas, territoriales e incluso étnicas. Asimismo, que el siglo 20 incubó una época de prolongadas pugnas, a partir de la Contrarrevolución y el levantamiento militar del 13 de noviembre de 1960.

Esa historia violenta jamás pudo dar espacio para una cultura de paz y negociación. En igual forma condeno la muerte de Alberto Habie Mishaan o de Alberto Fuentes Mohr. Me indignan los asesinatos a sangre fría de Luis Canella Gutiérrez o Manuel Colom Argueta. Debieron vivir y morir de viejos, abrazados por sus nietos. Pero ya lo expresó Isaac Asimov: “La violencia es el último recurso del incompetente”. Y nuestra patria ha estado plagada de incompetentes. Recuerdo que cuando trabajaba yo en Diario El Gráfico, recién cumplidos mis 19 años, siendo las 2 de la tarde, estando en la cafetería del edificio, entró Jorge Carpio Nicolle. Se me acercó y me dijo: “¿Puedo almorzar contigo?”. Hablamos mucho, para entonces ya avanzaba su intento político (UCN). “El PGT —me dijo— debe ser legalizado. Debe dejar la clandestinidad y otorgarse seguridad plena a sus miembros”. La URNG estaba por nacer. El tenía simpatía con la transición española y la legalización del Partido Comunista en ese país, dirigido por María Dolores Ibarruri y Santiago Carrillo, a quien conocí posteriormente en Madrid, en el Palacio de Congresos. Sus últimas palabras antes de terminar la conversación fueron: “Nunca olvides, Manuel, que en Guatemala levantar la cabeza puede tener un alto precio. Acá los enemigos están atentos para decapitarte”. Y un 3 de julio de 1993 se cumplió lo que me expresó: un puñado de cobardes le arrebató la vida.

Y no hemos avanzado. Ser miembro de Codeca o de Cacif es un estigma; jamás habrá aproximación. Cicig navega en aguas turbulentas entre simpatizantes comprometidos y detractores declarados. La confrontación por sí misma no es mala si los enfrentados anteponen la intención y el compromiso de arribar a la negociación. Condenar la confrontación irracional no es carecer de ideología o posición política. Incluso la posición ideológica más extrema puede y debe ser sustentada en las ideas. Negarnos unos a otros ha sido el núcleo de nuestra tragedia. Llevamos mucho tiempo ya en ello, lo que me recuerda el final de la película Apocalypto, en donde la confrontación vernácula termina debido a la súbita llegada de los nuevos conquistadores. Y aunque hoy los nuevos y poderosos conquistadores “no entienden que no entienden”, están allí, prestos para marcar las pautas de nuestro próximo futuro. Un círculo se cierra pero otro de idéntica tendencia se anuncia, amparado en nuestra propia culpa.

Fuente: [https://www.prensalibre.com/opinion/opinion/la-historica-tragedia-de-negarnos-unos-a-otros]

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Manuel R. Villacorta O.

Manuel R. Villacorta O.

Doctor en Sociología Política. Universidad Pontificia de Salamanca, Summa Cum Laude. España. Licenciado en Ciencia Política. Universidad de San Carlos de Guatemala, Guatemala. Es autor de varios libros y publica una columna semanal en Siglo 21.
Manuel R. Villacorta O.