El jugoso negocio de la política

Somos producto de un país de historias de fraudes…

Marcela Gereda

Malos días para los libertarios. Malos tiempos para defender a los voceros del discurso seudo “anti populismo” del Movimiento Cívico Nacional.

No es lo mismo la corrupción en España que la corrupción en Guatemala. En un país con los índices de pobreza, desigualdad, desnutrición, falta de educación, etcétera, como el nuestro, el desvío de fondos para usos personales se vuelve un crimen de una bajeza humana indecible.

La noticia de la semana pasada del Movimiento Cívico Nacional recibiendo cantidades estratosféricas de dinero de sobornos disfrazados en donaciones es la revelación para quienes guardábamos cierta esperanza de que la política aún podía ser una herramienta para la emancipación de las clases subalternas, de que aquí la política es un jugoso negocio en el que intereses espurios pactan con intereses oscuros. Sale a la luz algo que muchos ya sospechaban: MCN es una organización dedicada a difamar movimientos sociales y a realizar campañas negras con dinero acusado por el MP de ser ilícito.

Una camarilla de mafiosos se ha dado a la tarea de manipular de manera consciente las opiniones de las masas, constituyendo de esta forma una especie de “gobierno invisible” que es el verdadero poder de mafias que rige nuestro país.

Y es que en esos juegos discursivos asumidos por muchos y cuestionados por muy pocos sobre la lucha contra la corrupción, no hemos sido capaces de preguntarnos con honestidad: ¿si la corrupción es condición básica y parte inseparable del sistema, por qué asumimos como bandera e insignia la lucha anticorrupción como si con eso se pudiera acabar con la mentada corrupción que aplaudimos que se persiga?, ¿por qué no cuestionamos que es el sistema el que produce la corrupción y no la corrupción la que produce al sistema?

Más allá del impacto que tendrán las capturas realizadas por MP y CICIG de alto impacto, hay todo un sistema perverso que necesita de esa corrupción para que el andamiaje se sostenga a sí mismo.

No queremos ver que para que el sistema sea posible, es decir que para que este se mueva, es necesaria la corrupción, porque la corrupción es la esencia misma del sistema. Y hay detrás de esa corrupción un deseo inacabable de poseer más. Un deseo insaciable de “tener” antes que de “ser”.

En este proyecto de imbecilización humana en el que nos ha embaucado el neoliberalismo salvaje, vivimos inmersos en un mundo en el que gozamos de manera alienada nuestra propia autodestrucción y a eso tenemos el tupé de llamar “modernidad”.
En las ansias de consumir y tener para esa prometida “modernidad” a cambio de nuestro tiempo y dinero, enfrentamos un proceso de autodestrucción, alienación y vaciamiento del ejercicio de la política. Y en medio de esa ceguera o encandilamiento que nos produce tal proyecto de imbecilización no vemos que hay ciertas luchas (y ausencia de ellas) a las que solo a unos cuantos pocos les conviene que asumamos, sin ver que hay todo un mar de fondo que estamos dejando de ver.

La lucha contra la corrupción no va a cambiar el problema de fondo de este país. Porque el problema sigue siendo un país en manos de un puñado de familias rentistas que tienen controlado a un país construido como un saqueo permanente. Esas familias pusieron las reglas del juego, hicieron sus corruptelas antes de que existiera la CICIG, y ahora se dan aires de pureza.
Este sistema corrupto en el que estamos inmersos todos es una economía basada en la concesión de privilegios, de monopolios en la que no hay igualdad de condiciones, y en la que la realidad ya demostró que la teoría del derrame es un engaño.

Si fuéramos sinceros con nosotros mismos saldríamos de ese letargo que nos atraviesa para empezar a ver y aceptar que el sistema que intentamos transformar somos nosotros y que las capturas no solucionan el problema de fondo, fungen solo como una advertencia hacia las nuevas camadas de delincuentes de cuello blanco.

La primera transformación para salir de nuestra ceguera pasa por reconocer la imagen del sistema que el espejo nos devuelve, pasa por destajar ese entramado sucio de dinero mal  habido, pasa por reconocer que sin corrupción no hay sistema. Pasa por rehacer el sistema político para que busquemos el interés de las mayorías y para que este deje de ser el jugoso negocio que se ha convertido. Somos producto de un país de historias de fraudes, mentiras, y en el que aunque la justicia esté llamada a reprimir la corrupción, ella misma era corruptible.

Necesitamos rehacer el sistema político y para ello es imprescindible organizarnos como sociedad civil porque en el pueblo está la soberanía. Urgente es que desde la autonomía fiscalicemos al Estado y lo pongamos al servicio de las necesidades de las mayorías.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/2017/08/14/el-jugoso-negocio-de-la-politica/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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