El autogolpe de Jimmy Morales

Virgilio Álvarez Aragón

Cuenta la leyenda urbana que hace algún tiempo, nadie sabe cuándo, hubo en Guatemala un Ejército Nacional formado por los mejores hombres, honestos a carta cabal, defensores de los intereses del país (que, en consecuencia, son los de las grandes mayorías de la población), dispuestos a sacrificarse por la patria, dignos, honrados.

Pero eso, al fin y al cabo, es leyenda. La alta jerarquía del Ejército de Guatemala se ha construido a través de la trampa, la traición, la violencia contra los débiles y, obviamente, la corrupción. Con raras excepciones, que lamentablemente confirman la regla, la inmensa mayoría de los ministros de la Defensa y de los jefes de Estado Mayor o de brigada han salido enriquecidos por el manejo discrecional de los fondos públicos y manchados de sangre de ciudadanos tachados de opositores, a quienes no enfrentaron abiertamente y en igualdad de condiciones, sino generalmente en mazmorras, atados y sin mayor posibilidad de defenderse.

Si públicamente se venden como fieles y leales entre ellos, solo es de ver la lista de intentos de golpes de Estado y las amenazas públicas del asesinado Byron Lima para entender que, conforme los jefes se fueron corrompiendo y considerando eternamente impunes, las luchas internas, los manejos personalistas de los fondos públicos y hasta la vendetta han sido el pan de cada día. Desde la época de Castillo Armas y mucho antes.

El presidente Jimmy Morales entró de lleno en esa maraña no para modificar en algo la calidad ética y ciudadana del Ejército, sino todo lo contrario. Se alió a lo más violento y corrupto de la alta oficialidad y junto con ella ha gobernado estos dos años. La obligó a compartir el botín de los altos e ilegales bonos. Y si bien perdió el suyo porque un medio de comunicación hizo públicos los cheques, la alianza y el control espurios de los recursos públicos han continuado.

Por ello destituyó al ministro Francisco Rivas en Gobernación, a pesar de que hace un año le cubrió las espaldas con el crimen de Estado contra las 41 niñas del hogar (nada seguro) Virgen de la Asunción. Los negocios de la seguridad privada y los vueltos que dejan a muchos oficiales tener soldados estorbándoles a los policías eran cuestionados por Rivas, quien intentó varias veces regresar a los soldados a los cuarteles.

Pero vino por unos minutos la exgobernadora de Carolina del Sur, actual intendente para los países del traspatio estadounidense del gobierno de Trump, y lo que era miel sobre hojuelas se convirtió en rancio vinagre para el presidente Morales y sus cómplices militares. La señora Haley vino, ordenó y se fue. Y lo que más impactó en el régimen jimmysta fue la cuestión del Ejército.

Para los estadounidenses, el control férreo de las fronteras guatemaltecas, particularmente en el Petén, es indispensable porque, siendo incapaces de entender la enorme adicción de su sociedad a las drogas como un asunto de salud pública, culpan a los productores y comerciantes de estupefacientes de su mal ya endémico, incapaces de aceptar que si durante más de 40 años no han solucionado su problema es porque las causas no están afuera de sus fronteras, sino adentro.

Haley exigió retirar los soldados de las calles y concentrarlos en el combate de las drogas. Y, como donde manda capitán no manda marinero, Morales debió cumplir, tal y como lo expresó, entibiando el asunto cuando informó públicamente de este. «Les pido a todos que comprendamos», ya que, agregó, «son compromisos que tenemos no solo a nivel internacional, sino con nuestras propias instituciones».

Lo anterior evidencia que dentro del Ejército hubo críticas y oposiciones a este cambio radical en el comportamiento del presidente, quien de ser casi opositor al retiro de tropas de la calle pasó, en una fracción de día, a defender lo que muchos hemos reiterado desde hace años.

Tal parece que el primero que brincó y opuso resistencia fue el jefe del Estado Mayor, pues negocios y ganancias seguras se venían al suelo. Y fue tal el conflicto que Morales tuvo que destituir, en minutos, a su gran amigo del alma, el general Érick Cano Zamora (promoción 108), a quien dejó a menos de 24 meses de la jubilación jugosa.

Pero todo hace suponer que el grupo de aliados de Cano también entró en rebeldía, por lo que a Morales no le quedó más remedio que nombrar en su lugar a un oficial que, aunque más antiguo (promoción 106), no es general de división, con lo cual obligó a que todos los que por bondad de la amistad habían sido ascendidos recientemente a ese grado tuvieran que pasar a retiro también (lo que finalmente afectó a casi todos los compañeros de Cano).

Morales debió moverse rápida y firmemente, protegido apenas por la seguridad israelí que ahora lo protege, porque el golpe afectó muchos y varios intereses. Algunos dicen que de esta Jimmy ha salido fortalecido, y él ya piensa en modificar la Constitución para ser reelecto, al estilo de Hernández en Honduras. Pero otros, más informados, dicen que este grupo de militares tiene canales comunicantes con los empresarios que han comenzado a decir basta y quieren tratar de salir medianamente limpios del lodazal en el que Ejército y Gobierno están metidos.

Fuente: [https://www.plazapublica.com.gt/content/el-autogolpe-de-jimmy-morales]

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Virgilio Álvarez Aragón

Virgilio Álvarez Aragón

Doctor en sociología, formado en la Universidad de Brasilia. Ha sido docente universitario en Guatemala, México y Brasil. Interesado por los temas educativos, ha investigado sobre la política educativa y el magisterio, pero también sobre la democracia y sus riesgos en las sociedades post conflictos. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran “Conventos Aulas y Trincheras, Universidad y movimiento estudiantil en Guatemala” (dos tomos, segunda edición 2013) y “La revolución que nunca fue: un ensayo de interpretación de las jornadas cívicas de 2015”. Publica sus opiniones en Siglo 21 y Plaza Pública
Virgilio Álvarez Aragón