¡Alto, país en construcción!

lucha libre

Lucía Escobar

Nos cayó encima septiembre en plena efervescencia política. La situación es caótica en las altas esferas del poder. En esta coyuntura me surgen tantas dudas ¿somos en realidad un país? ¿De qué hablamos cuando decimos independencia? ¿Y la soberanía a qué sabe? ¿Existe la identidad del guatemalteco? ¿Estuvimos alguna vez unidos? o ¿siempre hemos estado divididos?

Las calles se llenan de banderitas en azul y blanco, en varios tonos disponibles. Me siento invadida por un falso patriotismo con el cual no me identifico. Veo la bandera e intento encontrar algún elemento que me haga sentir parte de algo, que toque alguna fibra de mi identidad. El azul cielo de la bandera, ciertamente es hermoso y representa la belleza de las nubes corriendo en la inmensidad del cielo. Pero Guate es más que un bonito paisaje, siempre se ha jactado de su primavera infinita, de su diversidad desbordante. Pero esa diversidad, no se ve reflejada en la identidad cívica. Me sentiría mucho más a gusto con una bandera que tuviera los cuatro colores del maíz que a la vez representan a los cuatro grandes pueblos que viven aquí; mayas, xincas, garífunas y los otros: (nosotros) esa amalgama sin identidad que algunos llaman; blancos, otros ladinos, mestizos, kaxlanes o criollos. Criollos los llamó Severo Martínez, en ese imprescindible texto que nos invita a descubrir críticamente cómo se ha intentado construir este remedo de patria.

Vuelvo a la bandera. Me gustaría más un códice maya que un pergamino colonial. Los rifles y las bayonetas son obsoletas en la construcción de cualquier democracia, yo los cambiaría por lápices y crayones o incluso por el machete, instrumento de labranza nacional. Las dos espadas cruzadas que supuestamente simbolizan el honor, no me dicen nada al respecto, pero de eso sí me hablan las varas edilicias que utilizan los cofrades o autoridades indígenas en el altiplano. La corona de laurel simboliza la victoria y la paz preferida sobre la guerra (aunque Tonatiuh Arzú nos amenace con volver a la guerra) y yo la cambiaría por una hermosa milpa, esa sí, tan representativa de la cultura, la comida y la cosmovisión de todo un pueblo. Por último, me gusta el quetzal pero es completamente utópico en su existencia. Sería más sincero reconocer al zope como ave nacional. Es un carroñero, un zopilote, la mejor representación del papel que ha jugado el Estado en la vida de los guatemaltecos.

Guatemala es un país aún en construcción que intenta anular a los pueblos que aquí existían y existen aún. Pero por más que se intente uniformar, ladinizar y militarizar. Por más que intenten blanquear: la piel, el dinero, el pasado o el apellido, y por mucho que repitan que dejemos el divisionismo y que mejor seamos todos “guatemaltecos”, aquí eso ni se entiende.

Aquí, falta mucho para que seamos un país de verdad. Falta que nos veamos en el otro, que juntemos nuestras palabras y nuestro espíritu, y nos reconozcamos como hermanos viviendo bajo el mismo cielo azul.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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