Volver Americanah/Guatemala

Mónica Albizúrez

Volver al lugar de origen se realiza de distintas maneras, adquiere marcas y tonos diversos. No hay un solo camino para volver. Utilizo el verbo volver porque, en efecto, para el migrante que vuelve, esa acción implica varios de los sentidos literales de la palabra: dar vuelta, encaminar algo a otra cosa, hacer girar una puerta para cerrarla, amarrar el hilo de la historia que se había interrumpido y, por supuesto, ir al lugar de donde se ha partido.

De ese proceso complejo de irse y volver quiero referirme en este primer texto con el que colaboro en gAZeta. Y quiero hacerlo desde la novela Americanah, de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (1977), quien forma parte de una generación que emigra desde los años 80 a Estados Unidos debido a las crisis sociales, económicas y políticas de Nigeria. Similar a las olas migratorias centroamericanas a partir de 1970, los emigrantes nigerianos son diversos: refugiados, perseguidos, profesionales, comerciantes y estudiantes. Así describe ese éxodo una de las voces narrativas: “un día levantaré la vista y todas las personas que conozco estarán muertas o en el extranjero.” La protagonista de la novela, Ifemelu, opta por el extranjero. Ella, una muchacha de clase media frustrada por la enésima huelga en la universidad, decide aprovechar los contactos de familiares y amigos emigrados para estudiar en Filadelfia. En la novela se describen los primeros meses de desadaptación y precariedad, el proceso de “integración”, los años de estabilidad y, finalmente, la decisión de regresar a Nigeria.

Pero, ¿qué hace volver a Ifemelu después de 10 años? Por un lado, la búsqueda de una manera de entender la realidad y, por otro lado, el amor, pues en la memoria de Ifemelu está Obinze, nigeriano del que se separó cuando ella fue incapaz de verbalizar las duras experiencias del inicio en el extranjero. Ella ignora que Obinze probó suerte como ilegal en Inglaterra y regresó esposado, en el último asiento de un avión. Pues bien, para Ifemelu, su proyecto de vida en el extranjero se agota. Lo percibe en el discurso de la multiculturalidad que encorseta tipos y borra los orígenes múltiples, con tal que para el propio sistema opere un discurso de la representación. Es el caso de su relación con Blaine, profesor afroamericano, que produce en Ifemelu una conciencia de su cultura negra africana. Ella no es una “afroamericana”, aunque se le intente encasillar como tal. Ifemelu se cansa asimismo del discurso de la bondad y de la cooperación de “progresistas blancos norteamericanos”, así como de la “seriedad lúcida” de una élite educada y bien intencionada que come saludable, cuida el ambiente, es políticamente correcta y vela por las causas del tercer mundo, pero nunca llega a entenderlo. Ifemelu dirá, por ejemplo, que cuando uno se ha criado en el tercer mundo, sabe que la sinceridad y la verdad dependen del contexto y que jamás se podría asumir la perspectiva de aquella élite, para la cual la pobreza de aquel mundo es “resplandeciente” y sus pobres nunca pueden ser malos.

El regreso de Ifemelu a Nigeria no es nada fácil, y siempre estará entre dos mundos. Sin embargo, Ifemelu en Lagos se sentirá “en paz”. Lagos no es una ciudad pacífica ni mucho menos. Esa paz de Ifemelu arranca, entonces, no de las condiciones sociales, sino de la conexión con una lógica a la que se siente llamada y que es presentada a través de un plato típico nigeriano: el surtido.

“Nigeria es una nación de personas que comen ternera y pollo y piel e intestinos de vaca y pescado seco en un único cuenco de sopa, y eso se llama surtido (…) aquí el estilo de vida es precisamente eso, un surtido.” Cerca de ese entrecruce de tiempos, cosas y personas que elude clasificaciones y un orden clausurado, es donde Ifemelu se vuelve una Americanah, nombre este utilizado para denominar a quienes regresaron de Estados Unidos. Al lado de ella, está Obinze. Para él, el regreso fue brutal. Ante la parálisis y la tristeza, una amiga lo empuja: “¿Acaso eres el primero que tiene este problema? Levanta y búscate la vida.”

Como Ifemelu y Obinze, aproximadamente un 30 por ciento de la fuerza laboral centroamericana con educación universitaria reside fuera. Cada experiencia es distinta, pero indudablemente las rutas imaginarias y reales de la vuelta – temporal o definitiva – marcan. Es la sensación que se deriva al leer el comunicado suscrito por “guatemaltecos y guatemaltecas en la diáspora”, a raíz de la grave crisis institucional de las últimas semanas en Guatemala. El estar atado a una historia que reclama más fuerte.

Fuente: [http://gazeta.gt/volver-americanahguatemala/]

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