Poemas irlandeses: en el país del ruido haciendo un poco de silencio

Juan Calles

Calladito entrás a los primeros poemas de este libro marcado en su portada por adornos celtas, obviamente verdes; son suaves, son tristes y silenciosos, el temor por la vejez y la soledad humedece las páginas que se te resbalan entre los dedos.

En el fogón se cocina un colcannon, oloroso y caliente, toda la tradición culinaria irlandesa se resume en esta olla llena de col blanca, ajo, puré de papas, mantequilla, sal y pimienta. No hay nadie en esta casa, el silencio y la nostalgia son los únicos que se perciben en el ambiente, ya lo dice el autor en uno de sus poemas “La casa muere antes de desplomarse/ en el corazón de un viernes,/ la pasión repite mentiras,/ <últimas veces de mendigar>, escribió Beckett.”

Así como el Colcannon, simple y fragante, así parecen “cocinados” los poemas irlandeses de Gerardo Guinea Diez, un autor guatemalteco que se presenta desolado y profundamente melancólico en esta compilación de poemas cortos, simples, callados y sobre todo tristes, tristísimos, el autor no se cansa de escribir su tristeza.

“El arte de la vida y su asedio tenaz”, con ese verso nos da la bienvenida, con ese verso nos adelanta lo que experimentaremos a continuación, página por página, un silencio atroz, una tremebunda habitación oscura, húmeda y desolada. La habitación de su cabeza, sus ojos llenos de vacío, “el sitio de los desafectos”.

El Colcannon casi está listo, lo anuncia su fuerte olor, el que inunda la casa, el jueves, todos los jueves de ahora en adelante, Guinea Diez se acerca a la olla, observa su contenido, no parece tener hambre, acerca los platos adecuados para la comida, mientras la sirve piensa en Dublín, en el ejemplar de Ulises que extravió, en Yeats sentado comiendo Colcannon, reflexiona sobre sus poemas irlandeses, en los adjetivos que eligió para darle perpetuidad a los sentimientos que se repiten en cada uno de los poemas, se repiten obstinados, para hacernos sentir aplastados, así exactamente cómo se siente el autor.

En la página catorce se registra un gran texto, “El gran vendaval de amor y odio, / el filo de las cenizas./ El silencio corona los escombros./ Ya no más la secretísima e inviolada rosa, / la cal de la noche/ y un vestido en llamas.

Algo se quema; las llamas se elevan varios metros sobre el suelo, podés sentir el calor en las mejillas, en el pecho; pero no escuchás sonido alguno, todo es silencio, la crepitación del libro en llamas únicamente la imaginás. Guinea Diez te propone silencio en sus textos, vos te imaginas los sonidos de las imágenes, el metatexto, los tropos ligosos y brillantes.

Ya servida la comida, la mesa continua vacía, solo Guinea Diez sentado observa como el vapor que emana de la comida desaparece en el aire; se sirve una Stout en un vaso de vidrio verde, la cerveza es fuerte y oscura, como sus poemas, el alcohol allí contenido le endulza las sienes, nos endulza las córneas. Ya está lista la puesta en escena para hacerle coro a la tristeza, a la tristeza por una juventud ida, callada, desperdiciada y una vejez que no logra evitar la decadencia, la inexorable decadencia.

El gran vendaval de amor y odio, / el filo de las cenizas./ El silencio corona los escombros./ Ya no más la secretísima e inviolada rosa, / la cal de la noche/ y un vestido en llamas.

Las referencias al pasado, a la música vieja, Woodstock y Van Morrison, los poemas de Yeats, ese aferrarse a la juventud, a esos textos que parecen geniales pero citados en un poema solo son un triste epitafio, una aceptación de orfandad o de paternidad, depende de qué lado del espejo imaginés al autor.

Guinea Diez nos prepara una típica comida irlandesa, amable, serio, fraternal; vos con el libro en la mano, no sabés por dónde empezar, tímidamente levantás el vaso lleno de Stout e intentás llevarlo a la boca para beber con cautela, sin saber que esperar de ese primer sorbo, el sabor dulzón y el espeso alcohol golpean tus sentidos. Éste es un libro lleno de silencios, te describe ojos llenos de raíces ¿Podés escuchar cómo crecen las raíces debajo de la tierra, dentro de los ojos? Los temas se repiten una y otra vez como un eco, no cansa, no aburre, las palabras son una voluta de humo en espiral que desaparece calladamente, solo queda su olor y una mancha de nicotina en la memoria. Como los poemas entrañables, como deben ser.

Ya casi para terminar, nos regala un texto que encierra el “espíritu” de todo el libro, a manera de expiación, “Un silencio con pies los habita, / días de comienzos./ Acto seguido es abril 25, / o mayo 16, / quizá un lejano agosto./ En la plaza, risas y gritos;/ a nadie le sienta bien leer cosas tristes,/ menos, verbos conjugados en pasado.”

Cuando Irlanda fue invadida y despojada por los ingleses, los pobladores se vieron obligados a dedicar sus cosechas y ganadería para el gigantesco ejército inglés, con ello el hambre y la pobreza diezmaron al pueblo irlandés, para sobrellevar el hambre, las papas y la col fueron el ingrediente principal de las comidas o lo único que los ingleses les dejaron, así nace el colcannon, comida tradicional en la Irlanda actual. Para sobrellevar la tristeza y el silencio de los años, de la vida, Gerardo Guinea Diez, nos preparó estos poemas irlandeses que son brecha para encontrar más silencio, más ensimismamiento, más soliloquio, tan necesario en el país del ruido y la estridencia.
Juan Calles. Periodista, documentalista, lector de tiempo completo, ha facilitado el taller de narrativa del Centro Histórico. Autor de “Triciclo”, libro de cuentos cortos. Nació en mayo del 73, pero no está seguro de ello.

¿Podés escuchar cómo crecen las raíces debajo de la tierra, dentro de los ojos?

Fuente: [http://lahora.gt/poemas-irlandeses-pais-del-ruido-poco-silencio/]

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