El antepasado más antiguo

Jaime Barrios Carrillo
fotoarte: Jorge de León

Veo en un catálogo titulado Guatemala ante la lente 1870-1997, publicado hace tiempo por Cirma, la fotografía mortuoria de un infante en su féretro blanco. Fue tomada en el estudio Yas-Noriega en La Antigua hace más o menos cien años. Recuerdo ahora un día de mi propia infancia, en esa misma ciudad colonial. Estoy mirando a una mujer indígena que llora desesperadamente, en las puertas de El Calvario, frente a una cajita blanca que ha dejado por un momento en el suelo empedrado. Mis padres me toman de la mano y entramos al templo donde me asustan las figuras de Antonio Montúfar o de Merlo y se me clavan como puñales invisibles, los ojos cristalizados e inverosímiles de la Virgen de la Piedad.

Hoy, al rememorar aquella imagen me invaden las palabras de un poeta olvidado, el cubano Rubén Martínez Villena (1899-1934) que decía: “aunque la muerte es algo que diariamente pasa, un muerto inspira siempre curiosidad.” Y enseguida uno nunca olvidado: “…hoy me gusta la vida un poco menos pero siempre me gusta vivir”. Es César Vallejo reelaborando la angustia hasta la lucidez. El gran poeta peruano hablaba con frecuencia del dolor pero desde una perspectiva que reclamaba siempre vivir. El ”siempre siempre” vallejeano.
¿Qué es la vida? Se pregunta Calderón, siglos antes, para luego bañarnos con su cascada incontenible en la voz de Segismundo: ”Una ilusión, una sombra, una ficción”. No muy lejos, convergiendo en el fondo, Shakespeare en boca de Macbeth responde a la misma pregunta: “la vida no es más que una sombra que pasa…”.

Podría citar a Octavio Paz citando a Buda, pero prefiero ahora el proverbio chino que advierte desde épocas inmemoriales que para vivir feliz hay que prepararse para la muerte. Lo retomaron los existencialistas franceses. Pero supeditados al fragmento: la vida como un espacio de conciencia individual entre dos hechos inevitables, nacimiento y muerte. Algo distinto a las conexiones universales de antiguas civilizaciones de Oriente, donde el fragmento era parte de una gran totalidad. De ahí que la muerte resultaba una vuelta a una unidad mayor y absoluta. Aquí el origen de todas las religiones universales. La fe cubre lo que no entiende la razón.

Tanto la poesía como la religión nos dicen que todo pasa pero todo vuelve, y que nada es eterno sino la misma eternidad. ¿Dónde está la eternidad? La división tajante de vida y muerte quebró siempre la conciencia del ser humano, obligándolo a recurrir al sueño. Los muertos volvían en los sueños y la separación del alma y el cuerpo cobró forma en las primitivas ideas animistas, como lo señala certeramente el antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941). De ahí la “existencia” de todos los  aparecidos y las almas penitentes de todos los tiempos y culturas, inclusive el fantasma del padre de Hamlet, que obligan a meditar sobre el ser y el no ser.

El dilema shakespereano estaba ya planteado en la concepción del mundo dual de los mayas. Con la marcación del inicio de la historia en la memoria de los muertos. Los shamanes eran sus intermediarios con los  dioses. Y los dioses habían sido creados por un Dios impersonal y único (El corazón del cielo) en el principio de la historia, que en el Popol Wuj es también “el principio de la vida”. Esos dioses coinciden con los antepasados. Son  historia y a la vez eternidad. Como el espíritu de Kukulkan (Quetzalcóatl en náhuatl o el mismo ah tepehual de los antiguos mayas). Personaje legendario de la historia antigua de Mesoamérica y también mito.

Frente al principio de la vida se levantaba su negación en Tohil y su versión mexicana Huitzislopochtli, nombrado por el poeta náhuatl como ”guerrero que apunta su flecha hacia el sur”. Miguel Ángel Asturias recoge esta oposición mítica de contrarios en su novelística. Antagonismo milenario y lucha constante en que Asturias toma partido por la vida:
…los mitos de la época precolombina enfrentaban ya desde entonces dos fuerzas bien definidas en el arte de manejar a los pueblos…que ahora se repiten en nuestros pueblos latinoamericanos: las sanguinarias formas bajo el signo místico-militarista, y las que atienden el orden basado en la convivencia, en el diálogo…se trata en el caso de las primeras, de mitos actuantes, que con el apoyo de la pólvora, que con apoyo en ideas religiosas y en el terror, pueden gobernar como en las épocas más atrasadas del mundo.

La poesía ha venido acompañando al ser humano, ayudándolo a entender lo que no se puede entender, es decir la destrucción del templo de la vida: el cuerpo. Por eso no hay tantos temas. Rubén Darío lo proclama en el prólogo a su Canto Errante: “La poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de la muerte”. La poesía, acorde a Darío, como respuesta no como solución pues la muerte no la tiene. Asumirla es la proclama dolorosa de Darío, anticipándose cien años al sicoanálisis lacaniano: “lo que no conocemos y apenas sospechamos…y no sabes adónde vamos, ni de dónde venimos!…

En una pintura medieval un artista anónimo europeo pintó la Capital de los ángeles. Son las almas de los niños muertos sin pecado, que van ascendiendo como en un río blanco hacia el cielo. ¿Qué había visto aquel artista anónimo? ¿Qué quiso decir con ese lenguaje simbólico reflejado en su lienzo?

Visualizo otra obra, el maravilloso cuadro de un pintor español. El título es Muchachos comiendo uvas y melón. Los niños pobres pero alegres de Murillo que vio seguramente en el sueño, o era quizá lo que recordaba de su infancia idealizada. Bartolomé Esteban Murillo nos habla desde un rincón de su siglo de pestes y guerras y miseria, para repetirnos con colores y formas, lo que dijo otro maestro: “Dejad que los niños vengan a mí”.

Pero continuamos hoy viendo procesiones de almas blancas que ascienden trágicamente a esa simbólica Capital de los ángeles. Los niños sin infancia y sin pecados, ni culpa alguna, en un época de acciones violentas que se desarrollan en las bolsas de las grandes capitales, en las bolsas infladas y cerradas que no saben que el camello no pasará por el ojo de la aguja. Los niños muertos que no serán adultos en la fruta podrida, porque la piedra se nutre tan solo de la piedra. La impiedad y la inconciencia se dan la mano en el banquete de los asesinos.

Vuelvo a mi recuerdo de infancia: el ataúd blanco a la entrada de un templo católico en La Antigua. Los ataúdes blancos en Guatemala que continúa produciendo la injusticia. Mi recuerdo de infancia es trágicamente una realidad: siguen muriendo niños y niñas condenados por el hambre, las enfermedades curables y en los últimos años por la violencia. Nunca esté demás entonces el repetir el verso de Otto René Castillo, el poeta quemado por la horda fascista: ”El antepasado más antiguo que tengo es el amor”.

Por todas las reflexiones anteriores, que considero suficientemente humanitarias, se puede creer que cuando la Capital de los ángeles sea solo un cuadro medieval que alguien pintó en una época oscura para dejar testimonio de su tiempo, no habrá más necesidad de despertar a nadie de sus sueños, pues la pesadilla de la pobreza y el abandono serán parte de un archivo prehistórico de la memoria.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/domingo/2018/08/26/el-antepasado-mas-antiguo/]

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