Dogmas, esquemas y creación intelectual

El dogmático es el fabulador de incierta certidumbre o el ansioso y perezoso mental necesitado de valores infalibles y totales. Hay principios más o menos duraderos, que no llamaríamos dogmas, sino aprobaciones más o menos perdurables.

Luis Cardoza y Aragón

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El dogmático es el fabulador de incierta certidumbre o el ansioso y perezoso mental necesitado de valores infalibles y totales. Hay principios más o menos duraderos, que no llamaríamos dogmas, sino aprobaciones más o menos perdurables. Las definiciones de estas comprobaciones parecen correctas en el enunciado. No a lo largo en la práctica de ellas, donde van desgastándose al contacto con la realidad.

Al no permitir pluralidad de entendimientos en estas afirmaciones o definiciones, irrumpe el dogma. Este fantasma niega la posibilidad de diálogo, de discusión, de interpretación y, por supuesto, de contradicción. Y, así, de conocimiento.

2

El dogma nos ha de parecer día o nos ha de parecer noche. Nos ha de parecer ello, y nada más. Debemos ignorar que el día y la noche están en nuestro movimiento; y que el sol de la razón se mueve y establece la relatividad del dogma inmóvil. Por definición, el dogma no es relativo. Es totalidad totalitaria. El dogma engendra el culto y el culto el dogma. Sistema cerrado. La razón es adversa a todo culto. La razón hecha diosa pertenece al dominio del culto. Se la disminuye, se la niega. Todo culto es oscurantista. Se aproxima el dictador. Aquí está ya.

3

Cuando teorías o métodos considerados científicos se dogmatizan —lo cual es olvidarlos— aparece el culto a la inexactitud. ¿Cómo es posible que tal usurpación ocurra? Aparece el dogma precedido del mito. Todo lo que implique retardo, superstición, oscurantismo, es soporte de la injusticia. Lo mágico encubre una angustia. El dogma, una debilidad. Siento en la literatura con esta dirección nostalgia tribal y literario prurito mítico, que a veces considero hermosos y reaccionarios siempre. El humanismo es crítica, es imaginación,
es coraje en la intransigencia lúcida. Se ha llegado a decir, cuando un planteamiento se vuelve dogma, que es mejor estar equivocados con aquellos que así creen, que tener la razón opuestos a los creyentes. A tal conducta llegó a llamárse-
le “oportunismo heroico”.

4

No había heroísmo alguno en esa conducta o postulación. Había irracionalismo. El pensamiento científico había dejado de serlo al volverse religioso. Diría que el humanismo establece la supremacía de la razón sin el abatimiento de lo nada más intuido; tampoco postula preferir lo imaginario. La razón suele ser más lenta que la intuición. El hombre está hecho de tiempo humano, hecho de días y noches. De luces y sombras. De razones y sueños.

Carta de Luis Cardoza y Aragón para Alfonso Reyes. © Capilla Alfonsina / INBA / Secretaría de Cultura

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Acatar un dogma es una debilidad, una capitulación. Hay verdades que nos parecen han de durar centurias. Las verdades resistentes y comprobadas, hasta nuevo aviso, no son ahistóricas.

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Frente a la duda se alza el dogma. No podemos razonar sino con las armas que nos da la razón de nuestros días, con la verdad  concreta de nuestros días; es decir: con la razón histórica. Por ello, un dogma es un mito. El mito estimula más a la razón que a la imaginación. No es dogmático aseverar que la razón no admite dogmas y reclama dudas. Grados de razón: el mito puede ser acotado en distintos espacios del entendimiento. Explica o muestra un hecho, un fenómeno. El dogmático descree de la razón. El dogma no consiente razones. Es punto de arribo por imposibilidad de partir. Desaliento disfrazado de energía.

“Al no permitir pluralidad de entendimientos… irrumpe el dogma. Este fantasma niega la posibilidad de diálogo, de discusión, de interpretación y, por supuesto, de contradicción. Y, así, de conocimiento.”

7

El hombre necesita comprender, explicar las cosas. Quiere salir del caos, de la sombra. Quiere poner las cosas, los fenómenos, él mismo, en la luz. Si en el principio está la fábula, ya no queremos estar en el principio. Seguimos fabulando para salir del principio. Y cada día hay nuevas razones y nuevas leyendas. La sensibilidad es una suerte de pensamiento abstracto. Goya nos dice: “El sueño de la razón engendra monstruos.” Me atrevo a replicarle: “El sueño de la razón engendra maravillas.”

8

El mito responde a una pregunta. Dios es una respuesta total a una duda total. Lo que existe y lo que imagina el creyente es Su manifestación. El mito sacraliza. La razón es democrática. El mito no se refiere a lo humano: es intemporal. Teogonías. Para Mallarmé, el elemento poético en la mitología tiene supremacía sobre el elemento puramente religioso. Explicar el origen del universo, lo impensable del universo, del hombre y su condición. El dogma afirma sin preguntarse: parece olvidar la pregunta que lo originó. El pensamiento mítico no da fundamentos, razones para sus afirmaciones. Responde no a lo hecho por los hombres, sino a lo hecho por los dioses. Responde a lo que los hombres no pudieron hacer. Cuando el pensamiento mítico, la leyenda, la fábula se relacionan con el testimonio, con la noción del tiempo, con la experiencia humana, empieza el esbozo de la ciencia.

9

El hombre suelta a los dioses. Se aparta de ellos. Los arrincona o los pone en cuarentena. Los olvida. El dogma postula un conocimiento fijo, inmutable, eterno. Se mantiene en una
edad divina sin edad. El hombre le da noción de muerte con su razón, con su sabiduría, con su mutabilidad, con su efimeridad. Para él, en oposición a lo mítico, nada está hecho de una vez por todas. Y si discute interminablemente es porque no acierta a salir de la ambigüedad. Una cosa que no podemos nombrar no existe.

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Dejar los esquemas. Concretar. Sentimos a veces que la razón se detiene frente a obstáculos que no sabe librar. La razón no tolera la existencia de lo inconcebible. Lo que imaginamos inconcebible, por el hecho mismo de imaginarlo, ya es tenue y real punto
de apoyo, como el del ave kantiana que no puede volar en el vacío.

11

La creación intelectual desemboca en el mar de las hipótesis o de las certidumbres, formando delta inmenso. Estas ramificaciones son también nuestro tema. Para conocer el río hemos de comenzar a partir de su nacimiento. El dogma nos incita a la fe; a algo peor, el esquema: a la simplificación, a la vaguedad del “más o menos” y otras cobardías. ¿Un conocimiento esquemático es más nocivo que un “conocimiento” dogmático? Se crea con
la razón, que es el río, y con cada una de las ramas del delta. El mito es una creación de la razón. Como el dogma lo es de una razón enloquecida de tanto verse el ombligo.

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El dogma nace del terror de no tener razón. De la impotencia de la razón. La razón se encierra en sí misma. Se enrosca, pierde su naturaleza, su esencia. Ya no pregunta. Ya no dialoga. Ya no escucha. Ya no es. Si un dogma no protege una imposibilidad, un absurdo grandioso, diríamos que es un dogma de segunda. Su poder reside en la dimensión de su absurdidad. En lo perentorio de su afirmación. Con el dogma sabemos mejor a qué atenernos. Con el esquema, por su propia nebulosidad, se está en el vacío. El dogma es compacto. Diría que es cúbico. El dogma es satisfacción. La razón, agonía.

“El dogma nace del terror de no tener razón. De la impotencia de la razón. La razón se encierra en sí misma. Se enrosca, pierde su naturaleza, su esencia. Ya no pregunta. Ya no dialoga. Ya no escucha. Ya no es.”

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La necesidad de lo mágico, del milagro, del sueño, de lo sagrado, de lo legendario, de lo mitológico, de lo irracional… Los caminos para tener fe, para tener razón, ¿se han modificado? ¿Contamos con mejores armas para someter las cosas, los fenómenos o, al menos, para explicarlos con menor inexactitud? ¿Para una política de la inteligencia en el porvenir mediato e inmediato, de la creación intelectual, entendidas como busca de la plenitud de la nobleza humana?

14

El dogma va unido a la infalibilidad. Al poder absoluto. Para ello se hizo. Para lo arbitrario, para la imposición, para encender las hogueras. Para estorbar que se enriquezca la diversidad.

15

La razón, cuando encuentra verdes las uvas, se vuelve mito. Ya no es razón. Toda mitología tiende a una explicación del universo, del destino humano. El dogma nos dice que el hombre deseó conocer y fue castigado por ello con la mortalidad. Muerte por el conocimiento. Muerte a cambio del conocimiento. El egocentrismo del dogma arrastraba en su culpa a todo lo viviente. ¿Por qué los animalitos, que no desearon la sabiduría, no son inmortales?

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Creer porque es absurdo. Los contrarios se engendran recíprocamente. El dogma creó la razón, etcétera. Tenemos tanta fe en la razón que creemos razonable razonar. Se ha adelantado por la duda que guarda siempre la razón, aun cuando está más cierta. Esta fragilidad de la razón es su fortaleza: creer que no es razonable creer sin dudar. El dogma dispensa de pensar. Nos instala en su comodidad.

17

Dogma y esquema. Lo primero se toma o se deja; arena movediza es lo segundo. No hay dogmas esquemáticos. El dogma es un círculo; una espiral, la razón. El esquema encierra impotencia; el dogma, soberbia. Ni con impotencia o soberbia se piensa bien. Aunque lo esconda, mi divagación ha tenido puestos los ojos en lo político. Estamos tratando de salir de donde estamos; tratando de saber qué queremos, adónde debemos ir. Petróleo a la vista. Los emiratos árabes. No queremos bacinicas con diamantes.

18

El dogma. El esquema. Proseguir en la mar alta de la razón.

Sábado, núm. 452, 7 de junio de 1986. Cardoza corrigió una errata sobre el impreso.

PASEOS DE SONÁMBULO

Mi vida ha sido: el amor, la libertad, la poesía. El orden de estos factores no altera el producto. He escrito sobre arte, especialmente sobre arte mexicano, porque el reto de intentar vencer la imposibilidad de escribir sobre arte lo he recogido. La obra extensa, más allá de la “información”, situada en la capacidad que pueda tener de percepción y
de lectura de lo oscuro, de lo secreto y mágico del pintor o poeta.

En lo relativo a lo político, desde que tengo uso de razón, mi partido ha sido el pueblo de Guatemala. El más pueblo, principalmente: el ciudadano indígena, discriminado, hambriento, asesinado, esclavizado, hace más de cuatro siglos y medio.

Tuve amistad con varios de los surrealistas franceses. Me entusiasmaron en sus comienzos, cuando representaban la refutación violenta de la repugnante burguesía que había originado la Primera Guerra Mundial, en la cual ellos ya participaron.

De esa gran guerra, con los antecedentes teóricos y políticos (La Comuna de 1871) surgió la Revolución de Octubre de 1917, encabezada por Lenin. Acontecimiento mundial de profundísima significación, motor de la historia moderna y contemporánea, con la controversia constante de crítica fecunda y crítica de diversas sacristías.

El surrealismo degeneró rápidamente. Su deterioro fue total y lamentable. La protesta —el rechazo— se volvió bufonería, comercio, snobismo de tercera. Cuando se presentó en México, en la Galería de Arte Mexicano que dirigía mi inolvidable Inés Amor, escribí denunciando esta claudicación del surrealismo.

Fragmento del mecanuscrito de Cardoza y Aragón.

A la primera oportunidad que tuve de entrar a mi patria, lo hice con un fusil en la mano. Algo narro de ello, sucintamente, en el primer capítulo de Guatemala, las líneas de su mano. Me he relacionado con la izquierda mundial sin pertenecer a partido
político alguno. Recusé el llamado realismo socialista, norma stalinista, desde siempre. Tal vez usted ha oído de mi polémica con la
LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), en 1936. Fue un linchamiento intelectual, un acto de inquisición para quemar al hereje. Hay testimonio sobre ello de Octavio Paz y Efraín Huerta.

Sobre André Breton tengo un libro en prensa en la UNAM [André Breton: Atisbado sin la mesa parlante, 1982]. Lo discuto con nostalgia, con acuidad —supongo— y con afecto. Al surrealismo le he definido como un movimiento anterior a su nacimiento y posterior a su muerte. Esto del sueño, de la escritura automática, viene de los profetas, del Antiguo Testamento. De Juan en Patmos.

Yo he oído voces, he visto visiones, he soñado sueños, he tocado fantasmas. Sobre todo cuando fui niño. Los románticos alemanes. El folclore mundial, las teogonías, las mitologías. Estoy pensando en nuestras artes precortesianas, más allá de un cacareado realismo mágico: en un realismo México.

Del surrealismo quedan algunas buenas páginas de Breton, Éluard, Aragon, en primer término. Yo siento que la plástica surrealista se me va desbaratando. A Picasso lo quisieron sumar al surrealismo por su gran prestigio de pintor. Fue de todo y, más que nada, fue Picasso. El pintor más inquietante de nuestras décadas. Un genio.

Los surrealistas de las últimas décadas no representaban ni siquiera a la decadencia vertiginosa del surrealismo. El surrealismo creador, no el académico y misérrimo, de receta y estupidez, no abarca más de quince años.

Los surrealistas, el surrealismo, no se caracterizan por la escritura automática, el azar objetivo, el onirismo, lo que usted quiera, sino que influidos por la revolución soviética, al salir de la Primera Guerra Mundial, quisieron ser revolucionarios y no pudieron serlo muchos de ellos, burgueses hasta el fondo más recóndito de sus pantuflas y escritorios.

“Me molestan los tibios, los indiferentes, los eclécticos, los oportunistas, los acomodaticios, los conformistas, los atentos al público para el renombre… A toda esa vanidad que comprueba una inmensa pequeñez de ánimo.”

La nostalgia política de Breton le duró toda la vida. Su antistalinismo visceral lo comparto. Buscando participar, vino a México y se encontró con Trotsky. Publicaron un manifiesto intrascendente, en el fondo dirigido nada más contra la iniquidad del llamado realismo socialista.

Eso del “compromiso” no lo entiendo todavía. Yo tengo la terrible manía satánica de escribir. Escribo sobre mis paseos de sonámbulo, sobre mis visiones y las voces que oigo, sin olvidar que en Guatemala existe un genocidio. Quien no siente a su pueblo, quien conoce las causas de lo que acontece en su pueblo y no participa en defensa de su pueblo, con el pretexto de la cursilería infinita del “arte puro”, de la poesía “pura”, de desprecio a sus orígenes, a su infancia, a su paisaje, a su intrahistoria, a la dignidad del hombre, a la evolución histórica, puede ser lo que usted quiera, pero es un pobre diablo. Un paupérrimo diablo.

Me molestan los tibios, los indiferentes, los eclécticos, los oportunistas, los acomodaticios, los conformistas,  los atentos al público para el renombre… a toda esa vanidad que comprueba una inmensa pequeñez de ánimo. Muchos de mis amigos piensan en lo político lo contrario a mi pensamiento. Los estimo, los quiero. Me complace que no sean ranas congeladas.

Artaud fue un poeta. En la segunda posguerra mundial, Artaud, con Malraux, son los dos escritores franceses que más han interesado a las generaciones que les siguieron. Sobre Artaud aparecieron volúmenes en los cuales se le estudia, se le discute. Fue una hoguera. Vivió en llamas. Le interesó el surrealismo mientras éste no fue retórica. Dejó una gran obra que es como fue: un poeta incalculable.

Ha tenido imitadores que no le llegan a la planta de sus calcetines, cuando Artaud, que vivió en la miseria, los tuvo. Sus textos sobre teatro, que son muchos, tienen una gran imaginación, una gran fuerza, una gran imposibilidad y otros tesoros. Las teorías sobre el
actor, la dirección, la primacía sobre el texto, la comunión, se renuevan. Todo el mundo fracasa, sobre todo los genios. El “fracaso” de Artaud, en lo relativo al teatro, es el triunfo de un poeta. De un gran poeta.

No me atrajo nunca el futurismo del fascista Marinetti ni su repercusión mexicana con el estridentismo, que nunca fue fascista. El estridentismo es un futurismo para los pobres. La influencia del surrealismo, de esa gran ola legendaria y milenaria de la imaginación que en nuestros días llamamos surrealismo, tuvo una influencia universal libertadora. Fue pronto domesticada por el capitalismo, por la sociedad burguesa, que tanto aparentaba detestar. Mi querido Breton terminó de león de alfombra. Sus tardíos amigos compartieron con él no poco de lo que yo detesto; pero nada de la refutación crítica, iracunda, analítica del sistema basado en la opresión.

HAY best-sellers por su calidad, buena calidad; hay best-sellers por su calidad, pésima calidad. El fenómeno de la literatura de interés masivo es buen tema para reflexiones. Hay calidad; también hay mercadotecnia. Publicidad de acuerdo con hegemonías políticas. Me interesa lo que para mí es intrínsecamente valioso. Valéry decía con acierto que es más fácil gustar a cien mil que a cien. Créame que en verdad no sé si escribo para el público. Para un público. Escribo porque no puedo evitarlo. Me descifro, me doy respiración artificial, divago, y con perdón de quienes me lean, me importa un demonio el público. ¡Ah la comunicación! Entretener puede ser una noble misión. A mí me importa un rábano. Escribo lo que no puedo escribir. Lo que no puedo comunicar. Me doy cuenta de que mis glosolalias tienen sintaxis, pero son glosolalias.

Mecanuscrito para el segundo tomo (inconcluso) de Tierra de belleza convulsiva.

ANDRÉ GIDE Y EL COMUNISMO

Algunos de mis mejores amigos de México consideran inmunda la conversión de André Gide al comunismo. Y lo que es peor: inexplicable. No me es difícil comprender la vehemencia de tal opinión de viejos admiradores del admirable autor de La puerta estrecha. Ahora, por mi parte, busco algunos indicios que me expliquen esa conversión.

Un artista como Gide —la inteligencia crítica más lúcida y aguda de Francia—, no podía hacer fe pública de una doctrina sólo por el gran prestigio que Moscú ejerce sobre el artista o por mantener franca y decidida cordialidad con la nueva generación, por hacerse solidario con las ideas de ésta, en particular con el grupo “superrealista”, integrado como toda minoría de valor por elementos diferentes entre sí, ajenos a todo espíritu de rebaño y semejanza que caracteriza a las mayorías. El grupo superrealista es el único que Gide sigue y trata con asidua atención. Nada tiene que ver el romanticismo con este caso. No fue tampoco por sentimentalismo, por falta de trabada secuencia de ideas, por falta de mesura y sensiblería barroca. En él hay que explicárselo como paso natural de su propia evolución. No sólo por la honradez y la justicia que entraña la doctrina, sino por esperanza desesperada de poder operar un cambio en la vida del hombre. Gide piensa ya dialécticamente, en formas que superan las soluciones que propone ahora el comunismo, acaso las mejores por el momento, no por la gideana herejía constante —virtud de grandes místicos— que, como Kierkegaard le habría conducido a probar que Cristo era una invención del diablo, sino por su misma necesidad de verdad, fortalecida siempre por la duda. Naturalmente, él no puede ser ortodoxo ni puede estar dentro del partido, acaso como los verdaderos católicos de hoy tampoco lo son ni pueden estar en el seno de la Iglesia. Pero la conversión de Gide es la aceptación de una doctrina por un alto
representante de la más refinada cultura. No es, pues, una pequeña victoria. Gide, dice él mismo, no entiende de asuntos económicos. Ramón Fernández cuenta, en algún ensayo, que
El Capital es el libro de cabecera del autor de la Sinfonía Pastoral. Los grandes lineamientos morales que constituyen la doctrina son los que le han cautivado. En ellos se encuentran los nexos naturales que reúnen sus ansiedades de siempre. En Los cuadernos de André Walter [y] hasta en las páginas más recientes de su Diario encontramos las mismas preocupaciones. Unidad perfecta de su sentimiento y de su razón realizada, entonces, con ese lirismo que después se hizo más persuasivo, más sobrio y más profundo. Evolución de estilo, sobre el valor de la palabra y fines de la expresión.

“Naturalmente, no puede ser ortodoxo ni puede estar dentro del partido… Pero la conversión de Gide es la aceptación de una doctrina por un alto representante de la más refinada cultura.”

La mejor manera de ser religioso es ser hereje. En Gide —su educación, su talento, su niñez calvinista— no era posible la aceptación de una fe que se le daba hecha, aunque ésta fuese en sí una protesta; él, a su vez, por su propia experiencia, tenía que rechazarla y forjarse una propia, delineada en el discurso de su obra y de su vida. El autor de Los monederos falsos no escondió nunca sus aspiraciones éticas, acaso paganas, nacidas de su profunda preocupación religiosa. El aspecto místico de la nueva doctrina le cautiva por su mismo fondo cristiano, aun cuando esta doctrina luche abiertamente contra las formas sociales del cristianismo. En el movimiento comunista los extremos se tocan, forma cara a Gide. Paganismo y cristianismo están juntos en una síntesis que en muchos aspectos él —viejo burgués— representa, admirablemente, por su innegable importancia de moralista contemporáneo. Su comunismo es como una transformación de su fe, ya segura en la quiebra completa del cristianismo. En el comunismo encuentra una acción positiva que tiende a realizar la obra de Cristo que no pudo el mundo cristiano realizar. Tal vez la misma sencillez de esta razón es la que haya permitido su nueva creencia. El cristianismo y el comunismo son dos universos distintos; pero las ideas diversas, las ideas o sistemas de ideas opuestos, se encuentran, a pesar de todo, íntimamente ligados por su propia oposición. Gide compagina y ordena estas ideas en forma nada ortodoxa para ambas doctrinas, las armoniza gideanamente. Acaso por discutible influencia de Nietzsche siempre Gide ha pensado contra la masa; ahora, en la plenitud, se adhiere a una doctrina que le obliga a abandonar su soledad. Pero él sigue solo, seguro de que la pretendida opresión que ejerce lo social sobre el espíritu no podrá privarle nunca de su personalidad.

Preocupaciones del mismo orden son fundamento del Discurso a la nación europea, de Julian Benda. Pero opuestas en su base. Necesidad de dar determinada orientación a la enseñanza para formar un criterio social determinado y apresurar la solución de los más apremiantes problemas del hombre, no sólo como individuo sino como colectividad. Benda no trata de armonizar dos mundos tan diferentes como el cristianismo y el comunismo.

© Capilla Alfonsina / INBA / Secretaría de Cultura

El autor de La traición de los clérigos se decide por la creación de un nuevo sistema de valores morales y estéticos por encima de la economía y de la organización política. No es a Cristo, sino a Platón al que invoca, y pide que abandonemos a Marx para “convertirnos de los dioses del Norte a los dioses del Mediterráneo”. Pero, dentro de la oposición que hace Benda al comunismo, es fácil advertir que no sólo está de acuerdo en los propósitos de tal doctrina, sino que la propone y la defiende muchas veces, aun cuando la niega, sobre todo cuando la niega. Nos exige renunciar a las formas individualistas de la economía, crear una revolución moral, una revolución económica después. En síntesis, podríamos decir que son las naturales objeciones que un espiritualista hace a las concepciones materialistas. Benda cita, a menudo, el ejemplo de Rusia. El materialismo se ha transformado en una fuerza espiritual que crea la educación moral que tanto le preocupa. “Vuestra función es hacer dioses. Justamente lo contrario de la ciencia”. “Vosotros debéis ser apóstoles. Lo contrario de Sabios.” (Discursos a la nación europea).

Del Diario de André Gide:

Las persecuciones han sido siempre, hasta la fecha, en nombre de una religión. Que el libre pensamiento persiga, a su vez, la religión lo encuentra monstruoso. Pero ellos llaman “persecución” a la prohibición hecha a la clerecía de deformar el cerebro de los niños. Es porque ellos saben que no se pueden borrar las primeras huellas sino con el más grande esfuerzo, del cual sólo es capaz un número muy pequeño… Yo quisiera gritar muy alto mi simpatía por la URSS y que mi grito fuese escuchado, que tuviese importancia. Quisiera vivir lo suficiente para ver el triunfo de ese enorme esfuerzo; triunfo que yo deseo con toda mi alma y por el cual yo quisiera poder trabajar… Odio el misticismo, sin duda. Y, sin embargo, mi angustia es de orden místico… Que las ideas de Lenin puedan triunfar de la resistencia que los Estados de Europa buscan oponerles, ya comienza a parecerles cierto; y esto les llena de terror. Pero que pueda desearse que estas ideas triunfen, he allí lo que ellos rehúsan considerar. Hay mucha tontería, mucha ignorancia, mucha terquedad en sus negaciones. Y, también, algunos defectos de imaginación que les retienen en creer que la humanidad pueda cambiar, que pueda una sociedad formarse sobre bases diferentes a las que ellos han conocido siempre (esas mismas que deploran) y que el porvenir no pueda ser ni retorno ni reproducción del pasado… Que la sociedad capitalista haya podido buscar apoyo en el cristianismo es una monstruosidad de la cual Cristo no es responsable, sino la clerecía… ¿Piensa usted que Cristo se reconocería hoy en su Iglesia? Es en nombre de Cristo que usted debe combatir la Iglesia. No es Él el odioso, sino la religión que se edifica según Él. Él no ha pactado con las potencias de este mundo, sino los clérigos; en nombre de Cristo, es cierto, pero traicionándolo… Lo que la URSS ataca a Cristo es que predique la sumisión. La religión es mala porque desarmando al oprimido lo entrega al opresor… ¿Mi convicción de hoy no es comparable a la fe? Por largo tiempo yo me Desconvencí de todo credo cuyo libre examen causaba la inmediata ruina. Pero es de este mismo examen que ha nacido mi credo de hoy. En ello no hay nada de “mística” (en el sentido en que se entiende comúnmente esta palabra). Simplemente, mi ser está tendido hacia un deseo, hacia un propósito. Todos mis pensamientos, involuntariamente, me llevan a él. Y si fuese necesaria mi vida por el triunfo de la URSS yo la daría inmediatamente como lo han hecho, como lo harán tantos otros… Han ligado la idea de religión y de patria tan bien, que es en nombre de Dios que se arman y movilizan y que toda pacificación no parece posible sino rechazando a la vez patria y religión, como lo hace  actualmente la URSS.

“Gran parte de la pintura mural ni es revolucionaria, ni es poesía… Poner la poesía al servicio de la revolución es dejarla al servicio de la inteligencia.”

Sólo en sus formas groseras de interpretación el comunismo puede aparecer como enemigo de las manifestaciones más altas y puras de la ciencia y el arte. “Un comunismo bien entendido —dice Gide— tiene necesidad de favorecer a los individuos de valor, de sacar partido de todos los valores del individuo.” En la propia Universidad de Oxford aconteció algo semejante a lo ocurrido en la Universidad de México. La necesidad de una orientación radical se manifestó, con enorme mayoría, en la Unión de Estudiantes, institución nacional, hace muy pocas semanas, en una gran asamblea en que se acordó que “bajo ningún pretexto se combatirá por el rey y por la patria”. Valéry trabaja por organizar lo que él llama una “política de la inteligencia” en el Centro Universitario del Mediterráneo que el autor de El cementerio marino dirigirá en colaboración con Maurice Mignon. Y acaso por el mismo camino, André Breton, por exceso de celo y necesidad de sinceridad, se ha dedicado a conciliar la naturaleza espiritual del hombre con la acción revolucionaria del comunismo,
que exige de sus adeptos una sumisión sin reserva a la interpretación materialista del mundo. También André Breton ha podido realizar su obra sin sacrificar su personalidad, no sólo en el terreno revolucionario del arte, sino en el campo de la acción directa. En Los vasos comunicantes se propone probar que las leyes que norman el encadenamiento de los actos de la vida real son idénticos a las leyes que norman las imágenes del sueño y que la interpretación materialista del mundo nada tiene que temer del estudio del sueño. Y como Gide, como Éluard (“Crítica de la poesía” en La vida inmediata), el autor de Nadja ha mantenido su pureza estética y realizado aquella poesía que, en su criterio, es absolutamente inevitable, como quería Wordsworth. Rimbaud, que desesperó de querer reinventar el amor, que nos exige ser “absolutamente modernos”, escribió: “La poesía no rimará más la acción. Estará adelante”. Es impureza dedicar un arte al elogio de una acción política determinada y así vemos que en muchos libros actuales, primariamente tendenciosos, se ha olvidado esa exacta sentencia de Rimbaud. En cambio, la obra de Mallarmé, por ejemplo, es verdaderamente revolucionaria porque está más allá de la acción, en el plano de la inteligencia, como la obra de Baudelaire en el plano moral. La obra que rima la acción (gran parte de la pintura mural) ni es revolucionaria, ni es poesía. Son simples narraciones pintorescas de anécdotas históricas. El mejor camino para poner la poesía al servicio de la Revolución es dejarla al servicio de la inteligencia, en su propia naturaleza, siempre restituida a sí misma.

Futuro, número 2, 15 de diciembre de 1933.

Conjuración de El Brujo

No son las simpatías sino las diferencias las que fortalecen las afinidades y los afectos sustantivos.

Somos más vulnerables a lo imaginativo y a lo imposible que a lo lógico. Tener la razón, aparte de espejismo, es tener efímera nube exigua. La razón nunca está inmóvil.

Piedad para los que fueron la perfección y el orden.

Las discrepancias me acercan al Brujo. Conociendo sus mitos, me acuerdo, en varios de ellos, con lo que no estamos de acuerdo; y nos acordamos no obstante las coincidencias, que no son pocas. El Brujo no procura convencerme (menos yo a él); aparte de lo nulo de la tentativa, no se nos ocurriría tal inepcia.

El éxito supremo del artista es ser mal conocido; su fracaso mayor, sufrir elogios siendo mal conocido.

Saltar de lago a volcán dentro de sí. Le ha cautivado al Brujo la castidad de lo erótico, fierecilla indomable. San Juan de la Cruz eyaculando poesía. El erotismo platónico, por demoniaco y ritual, es más cumplido que el de transgresiones. Tentación de infinito que se puede tocar, de infinito que se puede morder.

Las imágenes contradictorias entre sí configuran la imagen exacta.

El pensamiento se iza, se encrespa, se apacigua, se contradice, se afianza erecto y jamás vuelve y jamás se marcha, perra espléndida, hidra absoluta.

Explicar con el absurdo es razonable. La razón, émula de la llama, rosa puntual. El absurdo esconde una verdad jorobada que no sabe cómo asomarse a la luz. Es imposible naufragio la pluralidad de axiomas en un punto científico; en poesía, todo lo contrario, por cuanto en ella son vasos comunicantes la razón y el delirio.

El arte por el arte es imposible, aun en el Paraíso. Un poeta en el Paraíso escribiría poemas de evasión.

La poesía es fuga de lo irreal.

El arte no es ni racional ni irracional; es ambas esencias fecundándose. Inutilidad de escribir sobre pintura. ¿Has escrito, alguna vez, sobre pintura?, me preguntaba el Brujo. El vicio científico de las explicaciones del arte da soluciones y desciframientos ilusorios; la virtud artística de las interrogaciones da reales desafíos y móviles entendimientos.

No hay más tradición que la de la invención permanente.

Quienes no se explican que la obra sociopolítica de Valéry le agrade literariamente al Brujo es porque lo juzgan con el sectarismo y el gusto de sus propias limitaciones. Observar cómo arguye ofrece un espectáculo, para el Brujo emocionante, de una inteligencia presa de la pasión, caramboleando por cinco bandas, para golpear, finalmente, como lo esperábamos.

No hay poesía; hay poesías y épocas, valoraciones versátiles. La poesía pura es ideología tautológica, espiritualista y religiosa. Cuando el Brujo es rotundo se diría que no sabe de lo que habla, porque sus dotes imaginativas son superiores a su apreciación. En una obra vibra lo que uno es capaz de ver y desear.

Imaginación y sensibilidad ¿no son lo mismo?

Con aparente descuido, he manejado la exposición lógica de mis temas; y porque detesto el “fini” académico y amo lo inacabable, elimino lo intermedio. Que el lector, si lo precisa, ponga el relleno que le plazca.

En Luis Cardoza y Aragón: El Brujo, El Nacional, edición no venal, México, 1992, 117 p.

Fuente: [https://www.razon.com.mx/dogmas-esquemas-y-creacion-intelectual/]

 

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