Réquiem por el sueño americano

Noam Chomsky

Una nota sobre el sueño americano

Traducción de Magdalena Palmer

La Gran Depresión, que soy lo bastante viejo para recordar, fue una mala época; desde mi perspectiva, mucho peor que la actual. Sin embargo, también existía la sensación de que saldríamos adelante, la esperanza de que las cosas mejorarían, la idea de que «quizá no haya trabajo ahora pero lo habrá mañana, y lucharemos juntos para crear un futuro mejor». Fue una época de radicalismo político que esperábamos que fructificase en un futuro distinto, un futuro más justo, igualitario y libre que acabara con las represivas estructuras de clase. Se vivía la sensación generalizada de que «de un modo u otro, esto se arreglará».

La mayoría de los miembros de mi familia, por ejemplo, eran desempleados de clase obrera. El desarrollo del sindicalismo fue tanto un reflejo como una fuente de optimismo y esperanza. Y eso se ha perdido. Hoy en día, lo que sentimos es que nada volverá; que todo ha terminado.

El sueño americano, como casi todos los sueños, comparte muchos elementos del mito. En el siglo xix consistió, en gran medida, en lo que ilustraban las novelas de Horatio Alger: «Somos pobres de solemnidad, pero trabajaremos mucho y saldremos adelante», lo que, hasta cierto punto, era verdad. Mi padre, por ejemplo, llegó en 1913 desde una aldea pobrísima de Europa Oriental, consiguió trabajo en una fábrica clandestina de Baltimore y su situación fue mejorando hasta el punto que consiguió estudiar en la universidad, obtener una licenciatura y finalmente incluso un doctorado. Acabó viviendo lo que se denomina «un estilo de vida de clase media». Era algo que estaba al alcance de muchos. En aquellos tiempos los inmigrantes europeos podían alcanzar un nivel de prosperidad, privilegios, libertad e independencia que habría sido impensable en sus países de origen.

Sin embargo, sabemos que ahora ya no es así. En realidad, la movilidad social es menor aquí que en Europa. Pero el sueño persiste, fomentado por la propaganda. Forma parte de cualquier discurso político: «Vótame y traeremos el sueño de vuelta». Todos lo repiten con palabras similares y hasta puede oírse en boca de aquellos que precisamente lo están destruyendo, lo sepan o no. Pero el «sueño» debe continuar pues, de lo contrario, ¿cómo van a enfrentarse los habitantes del país más rico y poderoso de la historia, con ventajas extraordinarias, a la realidad que ven a su alrededor?

La desigualdad actual no tiene precedentes. En términos absolutos se trata de uno de los peores momentos de la historia de los Estados Unidos pero, si se analiza en profundidad, es evidente que proviene de la extrema riqueza de un minúsculo sector de la población, la pequeña fracción del uno por ciento.

En otros períodos, como en la Edad Dorada* de finales del siglo xix o los locos años veinte, se vivió una situación parecida, pero nuestra época es un caso extremo. Un análisis actual de la distribución de la riqueza muestra que la desigualdad proviene principalmente de la superriqueza: literalmente, el uno por ciento de la población es inmensamente rico. Esta situación es el resultado de treinta años de cambios en la política económica y social. Durante este período, el programa del Gobierno se ha modificado completamente en contra de la voluntad de la mayoría para proporcionar ingentes beneficios a los superricos. Entretanto, para gran parte de la población, para la mayoría, la renta real lleva treinta años prácticamente estancada. En este sentido, en el particular sentido estadounidense, la clase media sufre un grave ataque.

La movilidad social es una parte esencial del sueño americano: naces pobre, trabajas mucho y te haces rico. La idea de que es posible encontrar un trabajo decente, comprarse una casa y un coche, y enviar a los hijos a la universidad…

Todo se ha hundido.